Comida

La pesadilla del hambre

Desde hace un tiempo he tomado conciencia de lo que supone poder elegir qué comer, que no es otra cosa que una bendición divina por la que deberíamos dar gracias cada día; he valorado que el simple hecho de comer varias veces todos los días es un lujo que no todos pueden permitirse

Para los que desperdician la comida

Mientras tu preparas o compras comida que al final no te comes, otros con mucho menos de eso podrían sobrevivir dignamente, pero tampoco podemos criminalizarnos por esto, lo que debemos es reflexionar sobre lo que compramos y lo que consumimos, ya que el problema es un asunto cultural.

Pobres vergonzantes, sociedad sinvergüenza

No acaba el día sin que veamos por estos pagos a una persona sin recursos encaramada a un cubo de basura para procurarse el sustento, pero también hay otra clase de personas que no se atreven ni a pedir porque su situación les produce impotencia y culpabilidad. Se llaman pobres vergonzantes.

Tengo hambre

“¿Qué hacemos con esto?”. A la basura sin contemplaciones, porque quien se va a meter en el cuerpo un arroz recalentado cuando hay gazpacho en la nevera y una ración de gambas recién pescadas en el chiringuito. “¿A ti no te sabe rancio este queso?”, preguntas al día siguiente zascandileando entre los envoltorios del embutido. “Tíralo”, sugiere tu mujer, y al cubo que va.

Comer y morir

Comer y morir

La gran industria azucarera constituye otro de los lobbies más influyentes reportando un beneficio de 47.000 millones de dólares al año, este dominio del azúcar es motivado por la falta de información a los consumidores sobre los efectos que este producto provoca en la salud como diabetes, hipertensión o fractura de huesos.

La cruda realidad

La cruda realidad

Cuando era pequeña y no quería terminarme el plato de comida mi madre, e imagino que todas, me repetía una y mil veces ‘hay millones de niños que se mueren de hambre y que apreciarían mejor los alimentos que tu puedes disfrutar’.

Mucho más que un pollo

Mucho más que un pollo

Hoy no como. Y no por estar a dieta –además tengo “buen saque”, que diría mi madre- sino porque tras contemplar esta inquietante imagen y lo que entraña, se ha esfumado mi apetito. Son patas de pollo.

Comiendo algodones

Comiendo algodones

Es que a mí ciertas ironías me dan mucha risa. Como la de esta foto. Porque ya me dirán si no tiene guasa el hacer desfilar a modelos de talla 34 por un supermercado. Aunque sea de un supermercado de mentira.

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