
No pasar, paraíso.
Una reflexión interesante acerca la moral, la soledad, los edenes manufacturados, las Arcadias impuestas y ese concepto tan subjetivo: el paraíso.

Una reflexión interesante acerca la moral, la soledad, los edenes manufacturados, las Arcadias impuestas y ese concepto tan subjetivo: el paraíso.

El baño de tu perro no tiene por qué ser una experiencia traumática para todos los involucrados. Sigue estos consejos y conviértelo en una fiesta.

En raras ocasiones vemos datos reales sobre lo que piensan los jóvenes. Es por eso que Varkey Foundation encargó a Populus que llevara a cabo una encuesta de opinión internacional —en 20 países desarrollados y en vías de desarrollo— de adolescentes y adultos jóvenes (todos ellos de 15 a 21 años) que forman la generación Z. Esto es lo que los jóvenes sientes, desean y padecen en secreto.

¿Ya conoces el algoritmo de la felicidad?

En el mundo hay dos tipos de personas: las que prefieren los perros y las que prefieren a los gatos. A simple vista puede parecer algo superficial que se queda en una cosa de gustos, pero la verdad es que va mucho más allá y refleja aspectos importantes de la personalidad y el estilo de vida de cada uno. La relación que existe entre perros y humanos no tiene nada que ver con la que existe entre gatos y humanos. No es ni mejor ni peor. De hecho, ambas son maravillosas. Pero sin duda, son diferentes. Y, como es de esperar, hay científicos que llevan años investigando este tema. Algunos aseguran, por ejemplo, que los dueños de perros son más felices que los dueños de gatos.


La relación entre perros y humanos es especial. Hay estudios científicos, como el desarrollado por el departamento de Ciencia Animal y Biotecnología de la Universidad Azabu, en Japón, que aseguran que la conexión es, biológicamente hablando, tan fuerte como la que hay entre padres e hijos. Puede parecer una exageración, pero no lo es. La clave está en la oxitocina. Una hormona que potencia las relaciones sociales, reduce los efectos del estrés y se relaciona con sentimientos como la empatía, la compasión y, por supuesto, el amor.

Hace ocho siglos ser, como era Mansa Musa (emperador del Tombuctú y de sus minas de oro), el hombre más rico de la historia del mundo te compraba: cincuenta y siete años de vida, doce mil esclavos vestidos de seda, veinte ciudades de lodo y el más esplendoroso Hajj a la Meca en la historia del Islam. Es decir, cosas mínimas. Hoy en día el mismo viaje que le tomó al rey Mali más de diez meses en completar (inmersos, no olvidemos, en las ardientes arenas del Sáhara, al ritmo del camello taciturno y sin Youtube), además de media tonelada de oro, la hago yo, por ochocientos euros, en seis horas y media de avión, con audífonos, un libro traducido y un bote de aspirinas. Y eso no siendo ni Bill Gates ni muchísimo menos, sino ganando el salario medio en España en este siglo veintiuno.

Entro siempre motivada de todo lo que voy a decir. Mientras me dan la acreditación y atravieso la pista de atletismo, hago repaso de las debilidades y bondades de mi hijo. Esta vez me han llamado ellos. Al parecer, el otro día no pudo más y se echó a llorar en clase, diciendo que iba a coger una ametralladora para acabar con todo el colegio. El chiquitín rubio que siempre sonríe, que hace chascarrillos, que saca dieces en las asignaturas más difíciles, el pequeño achuchable de ocho años que va a todas partes con su elefante de peluche, gritó: ¡voy a mataros a todos! Y por primera vez en siete años, no soy yo quien ha de llamar a la pedagoga para pedirle ayuda, para solicitar adaptaciones o ejercicios motivadores para mi hijo de Altas Capacidades que jamás he conseguido. Por primera vez es ella la que me llama a mí para preguntarme si mi hijo es feliz.

Los perros ven su cuenco, así como nosotros vemos el vaso. ¿Está medio lleno o medio vacío?

No recuerdo a mis padres preocupándose explícitamente por mi felicidad. Lo que querían es que yo fuese “un hombre de provecho”, que estudiase “para que pudiera presentarme en cualquier parte”, que cumpliera mis compromisos, etc. Daban por supuesto que hacer las cosas con pundonor sale más a cuenta que ser un baldragas. Ahora los padres quieren que sus hijos sean felices para que las cosas les vayan bien. Les gustaría que la felicidad viniera en el equipamiento de serie de sus retoños, pero como no es así, andan tanteando a ver cómo forman una familia perfecta.

Coja usted amor, libertad, coherencia, felicidad y mézclelas según la situación en un equilibro constante. Quiébrese la cabeza, dedíquele tiempo y desentiéndase. Esto, más o menos, será educar: Amor, para mí, es tener ratos y rutinas con ellos. Amor es conversar y contestar sus preguntas, interesarme por lo que les importa, querer escuchar sus invenciones, darles momentos de libertad, fomentar su libertad. “Si le quieres, déjalo libre”, no sé de quién es la frase, pero no puede ser más acertada. Amor es dejar al otro ser y crecer.

Noruega tiene más razones que nunca para celebrar el Día Internacional de la Felicidad. Después de ocupar el cuarto lugar en los últimos dos años, Noruega saltó tres lugares y desplazó al tres veces ganador, Dinamarca, para llevarse el título de “país más feliz del mundo” por primera vez.

¿Alguna vez te has preguntado si eres feliz? En tal caso, ¿qué es para ti la felicidad? ¿Un recuerdo? ¿Una canción? ¿Una persona? La felicidad es un término relativo y cada uno lo entiende de una manera diferente. Todos queremos sentirnos bien, queremos que nos quieran, queremos disfrutar en el trabajo y queremos dejar las preocupaciones a un lado, pero ¿qué hace que un día sea mejor que otro? La falta de incidentes, como perder el tren por milésimas de segundo o mancharte de café la camisa blanca, no vale.

Cada vez más vemos cómo las empresas intentan fomentar entre sus empleados la positividad y la felicidad. En algunas agencias de publicidad, por ejemplo, los creativos cuentan con lo que llaman “sala de pensar”, un espacio diferente y divertido para fomentar la creatividad. Y no solo pasa esto en las empresas: anuncios a todas horas nos recuerdan que debemos evitar la tristeza, buscar motivos para ser felices, para estar alegres.
Sin embargo, varios estudios científicos han demostrado que las emociones negativas despiertan mucho más la creatividad. Si no, que se lo digan a cantantes y poetas del mundo entero, que nos ofrecen constantemente sus letras más profundas sobre sus amores, o más bien sus desamores. Vamos, que si necesitas buenas ideas, mejor estar triste.

El monje, de 70 años, formó parte de un estudio durante 12 años llevado a cabo por la Universidad de Wisconsin. Richard Davidson, neurocientífico, descubrió que el cerebro de Ricard produce un nivel de ondas gamma, vinculadas a la conciencia, la atención, el aprendizaje y la memoria, nunca antes reportadas. “Los escáneres mostraron también un exceso de actividad en la corteza prefrontal izquierda de su cerebro en comparación con su homólogo de la derecha, lo que le permite una capacidad anormalmente grande de felicidad y una menor propensión hacia la negatividad”, apunta Davidson. A pesar de rehuir del título, Ricard ha escrito ampliamente sobre su filosofía de vida en libros como
Altruism, On the Path to Enlightenemnt, y Happiness. Además, también ha publicado varios álbumes de fotos.

A través de una encuesta realizada a casi 15.000 personas de 15 países diferentes, podemos observar cómo el 71% de las personas del mundo están satisfechas con su vida laboral. Las preguntas de la encuesta giran en torno a temas como el ambiente de trabajo, el nivel de aprecio que sienten como profesionales, y la satisfacción emocional que les brinda su trabajo. Los empleados de India son los más felices, seguidos de los mexicanos, estadounidensenses, chilenos, brasileños y alemanes. Los españoles son de los menos satisfechos en el trabajo, sólo por debajo de japoneses, italianos, turcos y franceses. Mientras que el 88% de los indios afirma estar feliz con su vida laboral, tan sólo el 44% de los japoneses dice estar satisfecho con su trabajo.

¿Quieres ser infeliz? Siéntate a esperar a que ocurran las cosas. Vete a buscar por todo el mundo lo que no has sabido encontrar dentro tuyo. Ponte a pensar. Sigue culpando a todo y a todos de lo que te ocurre o de lo que no te ocurre.
Todos queremos ganar. Nadie empieza una partida, un juego, una relación o un trabajo deseando lo contrario. Queremos sentirnos a gusto, felices, sentirnos aceptados, querer y ser queridos.
Tantas cosas se han dicho y se dirán acerca de si es posible llegar a ella, de que no, de que es imposible, de que si en soledad, que si mejor en sociedad, de que no existe, de que el camino es un poco éste y un poco aquel otro, que casi no nos sirve de nada todo esto.

Pero no me hagan caso. Quizá dentro de un par de años relea esta columna y me dé de ostias a mí misma. Quizá dentro de un par de años no sea tan feliz como ahora y vea con claridad ese agujero negro que me esperará al cumplir 45. Suerte que, a partir de ahí, llega la remontada. Lástima que el cuerpo no acompañe para entonces.

Quizá algún día en algún lugar del mundo alguien desarrolle una app que sirva para llenar estómagos, desbancar dictadores, desmantelar paraísos fiscales, encontrar curro, pagar hipotecas…

Es una prueba más de que un matemático, un médico, un ingeniero, un abogado, un analista de mercados o un administrador de fincas pueden ser las personas más brillantes en su campo, y al mismo tiempo, ser unos auténticos imbéciles.

Más que de asépticos números, la felicidad depende de emociones a las cuales empleamos una vida en domar. Ahora, quienes han rebasado en esto sus expectativas son las empresas de telefonía móvil. Otro cero más a su cuenta de beneficios.


¿Qué sería de la radio si no pudiese emitir música? La publicidad, un chiringuito, nuestro propio hogar con los discos de nuestra vida. Si no, díganme por que los monstruitos pequeños se duermen con una nana.

Los estudios son como los tertulianos, nada hay de lo que no vendan certeza y se deben a quien pagan. Menos mal que aún hay cosas que no están científicamente comprobadas. Que se lo digan a Mariló.

Pues yo no lo sabía. Ahora resulta que los elefantes asiáticos se cuidan casi más entre ellos que los propios humanos. Cuando uno de ellos se estresa, el otro lo consuela como harían grandes amigos.

Para los amantes el simple ´click´ del candado acelera el corazón y a partir de ese momento se supone que serán el uno para el otro por siempre.