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Pier Paolo Pasolini en la ciudad de Dios

Foto: Pasolini con Federico Fellini | Centro Studi Pier Paolo Pasolini di Casarsa della Delizia

“Pasolini mira a los ojos, sin pestañear, la miseria y la crueldad de Roma, pero también ensalza lo bueno que hay en cada persona”. —Martin Scorsese.

 

Pier Paolo Pasolini llegó a Roma a principios de los años cincuenta, en compañía de su madre y sin un duro en los bolsillos. Había partido desde la región de Friuli tras sufrir una doble condena: fue denunciado por corrupción de menores y por realizar actos obscenos en la vía pública, mientras que el Partido Comunista lo expulsaba de su engranaje en castigo por su pensamiento libre y heterodoxo.

Un intelectual homosexual y de provincias, con una modesta reputación como poeta en lengua friulana, que se refugiaba en una Roma que era entonces una ciudad de aluvión que acogía a miles de campesinos en un desarrollismo que hizo florecer las chabolas y la miseria en su extrarradio.

Si para Francisco Umbral Madrid constituía en sí misma un género literario, Roma, que ya era esto último, se convirtió por aquellos años en un género cinematográfico, en el que realizadores como Roberto Rossellini, Vittorio de Sica o Federico Fellini, con el que colaboró Pasolini en Las noches de Cabiria (1957) y en La Dolce Vita (1960),  retrataron esa vida romana que basculaba entre la pobreza, el ingenio y la majestuosidad decadente de un escenario único. El Neorrealismo, que aportaría tanto al cine mundial, acabaría acogiendo al joven Pier Paolo, que debutaría como director con Accatone (1961) y Mamma Roma (1962).

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Totó y Pasolini. | Foto vía Centro Studi Pier Paolo Pasolini di Casarsa della Delizia.

Pero antes de eso, Pasolini, intelectual total, se ganaría la vida colaborando con diversos medios escritos, retratando esa Roma que acabaría luego formando parte de sus novelas y de su universo cinematográfico. Estos reportajes y narraciones breves son ahora publicados por primera vez en España, gracias a la editorial Altamarea, en un delicioso volumen titulado La ciudad de Dios, en la que se muestra esa relación de encuentro y desencuentro entre el cineasta y la ciudad, una urbe repleta de contradicciones de orden existencial pues, en palabras del propio Pasolini, “la riqueza y la miseria, la felicidad y el horror de Roma son partes de un magma, de un caos”. Los escritos se fechan entre principios de los años cincuenta y mediados de los años sesenta, habiendo sido recopilados en italiano en 1995 bajo el título de Storie della città di Dio.

Una relación de amor y odio, de fascinación, que se va forjando en estos textos, premonitorios de sus primera novelas, como fue el caso de Muchachos de la calle (1955), y de sus primeras películas, anteriormente citadas, y de la que se irá alejando posteriormente cuando deja de reconocer a la ciudad, transformada, según sus propias palabras, en una ciudad burguesa más, alejada ya de su tradición popular y proletaria.

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Imagen vía Editorial Altamarea.

Con una belleza descarnada Pasolini pone la mirada en la clase obrera, especialmente en los más desfavorecidos, mientras critica ferozmente la moral burguesa y democristiana, ideología política preponderante en Italia durante aquellos años, apuntando al capitalismo y a la sociedad de consumo como culpables de buena parte de los males de aquellos pobres infelices que salen retratados en sus escritos de forma fiel, incluso a la hora de captar el habla particular de los suburbios romanos.

El título de la obra se debe a que el año en que llegó Pasolini a Roma, 1950, fue el elegido por el Papa Pio XII para celebrar en la ciudad un año santo, un jubileo en el que el intelectual italiano, quizás uno de los más importantes del siglo XX, se vió inmerso en las contradicciones de la ciudad, piadosa y sórdida a la vez, y frente a las suyas propias: un comunista homosexual contra la moral burguesa y católica (también en conflicto con el propio dogma comunista).

Después se sucederían éxitos como El Evangelio según San Mateo (1964), Pajaritos y pajarracos (1966), Teorema (1968), Medea (1969) o la llamada Trilogía de la Vida (El Decameron, de 1971, Los cuentos de Canterbury, de 1972 y Las mil y una noches, de 1974), por citar solo alguna de sus películas más reconocidas, a la vez que seguía publicando artículos, reportajes, novelas, ensayos o libros de poesía. 

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Poster de la icónica ‘Mamma Roma’.

Un creador comprometido y militante que acabaría siendo asesinado en 1975 en una playa de Ostia, en circunstancias aún no resueltas, y que, a pesar de las décadas pasadas desde su muerte, aún es objeto de debate y controversia. Más actual que nunca, solo en nuestro país se han reeditado en los últimos años numerosas obras suyas: relatos como La larga carretera de arena (Gallo Nero, 2018), libros de poesía como Las cenizas de Gramsci (Visor, 2015), novelas como Chavales del arroyo (Nórdica, 2015) o incluso un recopilatorio con sus textos deportivos: Sobre el deporte (Contra, 2015). 

Son numerosas también las biografías, documentales y películas que ponen el objetivo en el cineasta, como el largometraje que le dedicó Abel Ferrara en el año 2014, con Willem Dafoe en el papel del italiano, o los múltiples guiños y homenaje de otros autores, como el sentido recuerdo que le dedicó Nanni Moretti a Pasolini en Caro Diario (1993), donde recorría con su famosa Vespa el lugar de uno de los crímenes más célebres de Italia.

En Ro.Go.Pa.G. (1963), que firmó junto a Rosselini, Godard y Gregoretti, Passolini haría esta reflexión burlona sobre sí mismo, valiéndose para ello de la poderosa imagen de un Orson Welles que se convierte en su alter ego cinematográfico para dejarnos este guiño del pasado que explica tantas cosas.

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