Alejandra, hija de Alberto Cortina y Elena Cué: quiere escribir un libro y vive al margen de la fama
La joven cumple 20 años y lo celebra en un restaurante japonés de Madrid, ofreciendo una imagen, hasta ahora, inédita

Alejandra Cortina Cué y Elena Cué | Gtres
El pasado 1 de marzo Alejandra Cortina llegó a los veinte años y lo celebró a su manera: rodeada de quienes más importan, lejos del ruido mediático y con una cena en un restaurante japonés ubicado en el Paseo de la Castellana de Madrid, uno de sus locales favoritos en la capital. La velada, pensada como un momento íntimo con familiares y amigos cercanos, dio sin embargo un giro inesperado cuando la joven decidió salir al encuentro de los fotógrafos que esperaban en la puerta del local.
Lo que ocurrió entonces fue una sorpresa para todos: Alejandra posó junto a sus padres ante las cámaras por primera vez. Una imagen inédita hasta ese momento y que muchos calificaron como el mejor regalo de cumpleaños que ella misma pudo ofrecerle a quienes la seguían desde lejos. Amable y sin rastro de incomodidad, la joven demostró que cuando decide mostrarse, lo hace con naturalidad y aplomo.
El look de la noche: herencia del buen gusto materno
Alejandra no pasó desapercibida. Quienes la conocen destacan que tiene un gran parecido físico con su madre, Elena Cué, y que ha heredado de ella ese instinto para vestir bien sin necesidad de estridencias. Para su cumpleaños escogió un conjunto sobrio pero cuidado: pantalón y top en negro combinados con una blazer vintage de corte colegial, una apuesta elegante que reflejó su carácter sin artificios.
Su madre, por su parte, optó por un estilismo en marrón chocolate, la tonalidad protagonista de la temporada. Destacó en su atuendo un cárdigan tipo bomber de punto calado con detalles de lentejuelas doradas, al que añadió unos maxipendientes con forma de hoja en oro envejecido. Elena Cué, experta en arte y colaboradora habitual de publicaciones del sector, logró un equilibrio entre sofisticación y calidez. Aunque madre e hija suelen coincidir en sus elecciones cuando acuden juntas a actos públicos, en esta ocasión cada una apostó por un estilo diferente.
Formación internacional y aficiones creativas
Alejandra es la hija menor de Alberto Cortina, empresario con larga trayectoria en el mundo de los negocios en España, y de Elena Cué. Su padre tiene además tres hijos varones —Alberto, Pedro y Pelayo— nacidos de su primer matrimonio, por lo que Alejandra ha crecido en el seno de una familia numerosa y diversa. La pequeña de los Cortina completó su educación preuniversitaria en un colegio internacional de sistema educativo francés, un centro privado que combina rigor académico con una perspectiva global.

Cursa en The Open University, una reconocida universidad pública británica fundada en 1969 que ocupa una posición de referencia mundial en el ámbito de la educación a distancia y el aprendizaje abierto. Antes de ese paso, también ha estado vinculada a IE University de Madrid, lo que anticipa un recorrido académico con proyección internacional.
Más allá de las aulas, Alejandra ha desarrollado desde niña una pasión por la fotografía. No como actividad profesional —al menos de momento—, sino como una forma personal de mirar y registrar el mundo. Antes de cumplir los dieciocho años llegó incluso a dar forma a un pequeño proyecto propio: un conjunto de imágenes que quienes lo conocieron describen como una iniciativa muy cuidada y prometedora. Aunque ese proyecto quedó pausado con el tiempo, la fotografía sigue siendo una de sus aficiones más constantes. Le interesan los detalles, las escenas del día a día, esa mezcla de sensibilidad y discreción que también define su carácter.

Comparte también con su madre el interés por el arte y la ópera, así como la afición cinegética, aunque en su caso esta última la vive más como una conexión con el entorno rural y los espacios abiertos que como una práctica en sí misma. La música y la pintura son otros ámbitos que forman parte de su mundo, conocidos únicamente por referencias de su entorno cercano. Ninguno de ellos ha dado el salto a la esfera pública, y todo apunta a que así lo prefiere.
La puesta de largo en Mallorca y el despertar mediático
Uno de los pocos momentos en que Alejandra apareció en la crónica social fue el verano de 2024, cuando se celebró su puesta de largo en una finca familiar de la sierra de Tramuntana, en Mallorca, un enclave muy ligado a los veranos de la familia Cortina-Cué. El evento reunió a familiares y personas cercanas en un ambiente natural, aunque con muchos rostros reconocibles de la alta sociedad. Preparado con discreción, el acto no supuso un antes y un después en su relación con la exposición pública: Alejandra siguió prefiriendo mantenerse al margen.

Fue precisamente al alcanzar la mayoría de edad cuando su nombre empezó a aparecer con más frecuencia en los medios, aunque no por iniciativa propia. La curiosidad habitual en torno a los hijos de familias conocidas, especialmente cuando han pasado su infancia y adolescencia al abrigo de la vida pública, activó el interés mediático. Su educación, aquella puesta de largo y pequeños detalles de su vida privada comenzaron a ser objeto de atención.
Entre dos mundos: privacidad y notoriedad familiar
El entorno familiar ha sido decisivo en la forma en que Alejandra se relaciona con el mundo. Alberto Cortina y Elena Cué han convivido con la notoriedad durante décadas, pero han sido firmes a la hora de separar lo público de lo privado, especialmente cuando se trataba de la crianza y educación de sus hijas. Esa decisión ha permitido que Alejandra construya su identidad al margen del apellido que lleva, con la libertad necesaria para desarrollarse sin el peso constante del foco mediático.
Cumplir veinte años no ha modificado ese equilibrio. La mayoría de edad, en su caso, no ha traído anuncios, proyectos públicos ni cambios visibles en su manera de estar. Alejandra sigue estudiando, cultivando sus intereses y construyendo su propio ritmo de vida. Hay expectativas externas inevitables cuando se pertenece a una familia de perfil tan reconocido, pero también un respeto evidente hacia su privacidad. Ella no parece dispuesta a dejarse llevar por una exposición que nunca ha buscado.
La fotografía que dejó la noche de su cumpleaños, con ella flanqueada por sus padres ante las cámaras, es quizás la imagen más elocuente de ese equilibrio: una joven que sabe quién es, que conoce el mundo en el que ha crecido y que, cuando lo decide, puede moverse en él con total naturalidad. Pero que prefiere vivir desde la discreción, lejos de los titulares, y que a sus veinte años ya ha demostrado que esa elección es completamente suya.
