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Cultura

Ignacio Peyró en la corte del rey Arturo

Ignacio Peyró publica ‘Un aire inglés’ (Fórcola), donde reúne distintos artículos sobre estética, política y literatura inglesa

Ignacio Peyró en la corte del rey Arturo

Rita Álvarez Tudela

«La relación es profunda, rica, muy diversificada y –en una palabra- difícilmente mejorable», comenta Ignacio Peyró, que reside en Londres y ostenta el cargo de director del Instituto Cervantes. Lejos queda aquel desdén del viajero inglés hacia España, de la que únicamente parecía destacar sus tópicos. «Casi 18 millones de británicos han llegado a venir a España en un año. Al contrario de lo que pasaba en el siglo XIX, hoy los británicos tienen experiencia española de primera mano y han podido deshacer ellos mismos algunos clichés», apunta Peyró, que se ha interesado por estudiar la relación que ha mantenido nuestro país con Reino Unido, una relación que ha ido cambiando a lo largo del tiempo como ha ido cambiando también el perfil de los ingleses -de esos viajeros románticos del XIX hasta los jóvenes que atracan en Magaluf, pasando por los jubilados que encuentran aquí su retiro dorado- que llegan a España y de los españoles que encuentran en Reino Unido un país en el que prosperar. 

El análisis de Peyró de este intercambio cultural entre ambos países se enmarca en un estudio y, sobre todo, en un interés mucho más amplio, como él mismo reconoce. «Es difícil interesarse por la literatura sin que te pasme la literatura inglesa», confiesa Peyró, cuya anglofilia es indudable. Hombre de extraordinaria cultura, su interés por la cultura y la historia inglesa le ha llevado a firmar traducciones de autores como Evelyn Waugh, Louis Auchincloss, J. K. Huysmans o Rudyard Kipling, así como a embarcarse en la elaboración de un diccionario sentimental de la cultura inglesa al que puso como título Pompa y circunstancia (ed. Fórcola), un más que explícito homenaje al compositor nacido en Broadhead, Edward Elgard. Ahora reúne en Un aire inglés una serie de artículos, algunos de ellos publicados en prensa, otros, más extensos, como introducciones o prólogos a distintos títulos, que tienen en común la temática «british»: ya sea desde la historia política, ya sea desde la crítica literaria o el ensayo artístico, Peyró reúne en este volumen una serie de textos que, como él mismo dice en la introducción, hacen de este libro un complemento -una postilla, si se quiere- a Pompa y Circunstancia. A través de ambos títulos, de hecho, recorre la cultura, en el sentido más amplio de la palabra, de un país cambiante y, a la vez, en el que perduran como en pocos las tradiciones, afianzadas en una sociedad que se reconoce en ellas y no duda en reivindicarlas. 

Admitía en 2008 el escritor José Carlos Llop que, aún sabiendo que «está lleno el mundo de lugares mejores y más apetecibles», y que le «haría más bien, por ejemplo, una visita al monasterio de Santa Catalina en Egipto», nada le gustaría más que una velada en Ascot, sobre todo teniendo en cuenta que el Gran National se celebra muchas veces el día de su cumpleaños, coincidencia que no puede sino considerar «como un regalo más de Gran Bretaña, literatura, lengua y música aparte». En aquel artículo, Las inglesas y el amor, Llop citaba Cosas inglesas el libro del Patrick Mauries al que indudablemente remiten las páginas de Peyró que, como él mismo reconoce, también dialoga con el norteamericano Julien Green, que en Suite inglesa demostraba su conocimiento y entusiasmo hacia las letras británicas retratando a algunos de sus grandes literatos: Samuel Johnson, William Blake, Charles Lamb, Charlotte Brontë y Nathaniel Hawthorne. Los ecos de Mauries, de Green, pero también de Llop, al que Peyró ha reivindicado como maestro en más de una ocasión, demuestran que, si bien los artículos aquí reunidos se caracterizan por su aire inglés, estos trascienden los límites geográficos. Y ahí están, como maestros que dejan huella, junto a los ya citados, Valentí Puig, Azorín, Ortega y Gasset, Andrés Trapiello o Paul Morand. Es cierto que «solo hay una vida, y no puede escribir uno de todo lo que quiere», pero ¿cómo no amar a Italia, a Francia, a Alemania, a Portugal…?», se pregunta irónicamente Peyró, cuyos otros amores están contenidos en estas páginas. 

Ser más inglés que los ingleses

Julien Green nació en Francia, tenía nacionalidad norteamericana y nunca ocultó su entusiasmo por la literatura inglesa. Patrick Mauriès reniega de ese odio casi ancestral entre franceses e ingleses para dedicar páginas de admiración -admiración crítica, siempre, pues como dijo Javier Marías, Mauriès es alguien que intenta ser, y lo consigue, un árbitro sobre todo en temas literarios- al país vecino. Henry James nació norteamericano y murió inglés; con su país de acogida mantuvo siempre una relación compleja, como quedó reflejado en muchas de sus obras, empezando por Horas inglesas, donde muestra su entusiasmo por la campiña -sostiene, por ejemplo, que «Devonshire significa la perfección de Inglaterra», describe Londres, lugar en el que se siente vivo, pero que según él carece de estilo y describe con ironía a los británicos, sus gustos, sus costumbres, sus tradiciones. Todo ello demuestra que se puede ser más inglés que los ingleses, algo que, recuerda Peyró, «no solo les ocurre a los americanos. También, por imitación más que por emanación (como en el caso americano), a los continentales. Es célebre la anécdota del mayordomo italiano al que, nada más llegar a Londres, su señorito le pide que salga a la calle a ver cómo van vestidos los ingleses. El mayordomo sale, vuelve y le dice: «Signore! ¡Usted es el único que va vestido de gentleman inglés! »

Quizás, a Peyró le haya sucedido algo similar. De lo que no hay duda es que, escriba de política o de cultura, lo hace desde una admiración inteligente, es decir, con la mirada de quien no omite las contradicciones del objeto admirado, de quien sabe que, muchas veces, es en la imperfección donde radica la belleza. Y es precisamente la belleza lo que se reivindica a lo largo de todo el libro, en cada una de sus páginas, una belleza que evoca a través de Wilde, de Wordsworth, de Ruskin, de T. S. Eliot, pero también a través de Fussell y de los soldados de la Gran Guerra a los que, «allá en las trincheras ‘sólo el cielo podía decirles que no estaban ya en una fosa común’». A Peyró le bastan pocas páginas, como comprobamos con Brevísima historia del amanecer, el texto con el que se abre el libro, para establecer un nexo entre historia, política y literatura. Si bien los capítulos separan los textos por temáticas, no solo todos ellos dialogan entre sí, sino que en cada uno de ellos están contendida todas las dimensiones y aspectos del país retratado. No es de extrañar, por tanto, que uno de los nombres más citados a lo largo de todos los artículos sea el de Paul Fussell. «Fussell impresiona por erudición y por carácter. Por erudición, porque avergüenza a cualquiera: ¡ahí es nada escribirse un libro sobre teoría de la prosodia inglesa en el XVIII! », pero no sólo: también es el autor La Gran Guerra y la memoria moderna, así como de distintos ensayos sobre las Guerras Mundiales y sobre las letras inglesas del siglo XVIII y XIX. «Lejos de ser un académico caquéctico, transmitía una mezcla de fuerza e inteligencia casi físicas. Y le admiro por más cosas», reconoce Peyró, «porque escribe bien. Por una capacidad incisiva que no cae en el desprecio ni en el mal gusto ni en la puñalada. Por tener más orgullo que vanidad y no necesitar ni mostrarlo. Y por haber tenido la libertad de escribir de lo que quería y no solo de lo que la Academia demandaba. También es difícil no admirarlo por algo que él mismo señaló: entre un hombre que ha hecho la guerra –como él- y otro que no la ha hecho, siempre habrá una diferencia radical». 

Kipling, tradición y modernidad

«Todos los países cambian y quizá Reino Unido haya cambiado más que ninguno (junto, por cierto, a España). Y, además, hay que considerar que, si bien ha sido un país muy tradicionalista, también ha sido un país visionario y de grandes visionarios. Pensemos en el XIX, donde incluso una cierta reacción –del Movimiento de Oxford a Ruskin y Morris- se convierte en vanguardia», señala Peyró, quien reconoce al mismo tiempo de que si hablamos de Reino Unido lo hacemos de un país que, más allá de que tanto en el XIX como en el XX, estuvo a la vanguardia en distintos ámbitos, empezando por el artístico, «se siente cómodo con sus tradiciones». ¿Cómo se refleja dicha comodidad? En el hecho de «vivirlas con un punto de ironía y dramatización», contesta Peyró.  Y, efectivamente, pocos se han reído de sí mismos como los ingleses o, por lo menos, eso es lo que decía -tal y como lo recordaba en 2017 Màrius Carol- Augusto Assía, de cuyo libro Cuando yunque, yunque. Cuando martillo, martillo Peyró firmó el prólogo: «Los ingleses se ríen de los funerales y de las bodas, de ellos y de los demás, de sus creencias más serias o de sus prejuicios más estúpidos, de su heroísmo y de su egoísmo, de su patriotismo y de su cobardía». 

Sin embargo, más allá de las risas, los ingleses han sabido retratar la realidad tras esas tradiciones y, sobre todo, narrar de qué manera el país ha ido cambiando, a pesar de conservar algunos hábitos. Y, seguramente, no ha habido momento de mayor inflexión para Reino Unido, al menos en la historia reciente, que la Segunda Guerra Mundial, que lo cambió todo: «De país rico a país empobrecido, los impuestos a los grandes patrimonios y familias, la pérdida de las formas de vida tradicionales del campo inglés, las políticas –aplicadas por laboristas y conservadores- propias del consenso de posguerra y, más alejada en el tiempo, la crisis de los setenta…». Y si hubo alguien que bien supo retratar aquella transición fue Evelyn Waugh, que, señala Peyró, «cuando escribe Retorno a Brideshead, es para enterrar a esa Inglaterra inmemorial (y no demasiado inclusiva, todo sea dicho) anterior a la Segunda Guerra Mundial, aunque, irónicamente, en los cincuenta habría un cierto revival de esplendor aristocratizante». Y no solo Waugh; si pensamos en la ficción televisiva, series como Arriba y abajo y la reciente Downton Abbey retratan una vez más esa Inglaterra cambiante, esa Inglaterra que, tras 1945, ya no iba a ser la de antes. 

Y, quizás, por esto el escritor Rudyard Kipling pueda resultar incómodo hoy en día en cuanto, como señala Peyró, que firma un extenso ensayo sobre el escritor, «él no era inglés, no era británico, era literalmente hijo del imperio», cuyo vínculo «se ha transformado en Commonwealth» al tiempo que, añade Peyró «se revisa críticamente el pasado colonial». De hecho, actualmente «la noción o el sentimiento de imperio están del todo ausentes en el día a día». Pero si Kipling puede resultar incómodo no es solo por sus posicionamientos políticos, sino también por su figura como literato. Como recuerda el autor de Un aire inglés, estamos hablando del Premio Nobel cuyas ventas solo son comparables a las que consiguió mucho tiempo después J. K. Rowling con su saga del joven mago. Su extraordinario éxito comercial hizo que más de uno desdeñara a Kipling, empezando por T. S. Eliot, que lo consideraba «algo del pasado». La recuperación que hace Peyró del autor de Kim de la India resulta, por ello, doblemente interesante: no solo es la reivindicación de una literatura menospreciada, sino también de una generación de escritores cuya implicación en la Gran Guerra permite a Peyró definir el conflicto de 1914 como «la guerra de los poetas». 

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