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¡Qué gran cosa son los festivales de verano!

Los ciclos de espectáculos a la intemperie ayudan a generar endorfinas y a paliar el estrés postraumático

¡Qué gran cosa son los festivales de verano!

Festival O Son do Camiño de Santiago de Compostela. | EP

Hace unos días fui ver un concierto en Las Noches del Botánico. Lo de menos es quién actuaba en el escenario del parque complutense. Lo importante fue recuperar esa alegre costumbre de la música en vivo al aire libre, el gentío despreocupado, los coloridos tenderetes, las copas previas o posteriores al show, el reencuentro casual con gente afín a la que no veía desde hace mucho tiempo…

¡Qué gran cosa son los festivales veraniegos y cómo los hemos echado de menos! Concedo que, durante este periodo reciente de cuarentena y miedo al contacto físico y el contagio, los promotores hicieron cuanto pudieron para ofrecernos un remedo acorde a las normas de prevención sanitaria. Pero, ¿saben qué?, como diría el personaje de Catherine Tramell en el filme Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992), no es lo mismo la Pepsi que la Coca. Y no me interpreten mal.

No vean cómo se agradece disfrutar de un recital sin dejar un asiento libre entre cada espectador, sin tener que llevar máscara y quedarse quieto en la silla, pudiendo moverse para saludar aquí y allá… La otra noche estaba tan entusiasmado con la nueva situación que acabé dando un abrazo a un tipo que creía conocer pero resultó ser un desconocido. Y miren que apenas había bebido… 

Es algo que le puede suceder a cualquiera, una confusión cada vez más extendida desde que, a raíz de la pandemia, la mitad de los varones de este país ha adoptado la costumbre de dejarse crecer una barba desaliñada, no tanto por estética sino por comodidad. Es como si quisieran transmitir un mensaje no verbal en plan: «A mí también me ha cambiado la mente el covid-19 y ahora soy bohemio como tú». Pues para neo-bohemios de pacotilla estoy yo, que ya me fasciné suficientemente de joven con los textos iluminados de Alejandro Sawa y Ernesto Bark. ¡Aféitense o arréglense la perilla, hombres! ¿No ven que ya no tienen edad para ir haciendo el clochard?

Volviendo a lo nuestro, tras la reciente experiencia festiva(lera), me he quedado con ganas de más y ya he reservado para ver en los próximos días, en el mismo recinto, a Wilco, Marisa Monte y Belle and Sebastian. ¡Que no se respire miseria! ¿Acaso no decía un informe de BBVA Research que el ahorro de los hogares españoles se llegó a multiplicar por 2,3 por culpa del virus? Pues aquí tienen una forma inmejorable de retomar los buenos hábitos y ayudar de paso a un sector –el de los espectáculos en directo– que ha sufrido particularmente estas dos últimas temporadas.

Si yo fuera uno de esos psicoterapeutas que se han puesto tan de moda tras estos años de penalidades acumuladas, le recetaría a mis pacientes angustiados no menos de cinco sesiones consecutivas de jolgorio festivalero, al ritmo de una toma semanal y con libertad para aumentar la dosis si no remite el desasosiego. No importa si se trata de un exclusivo y sofisticado certamen jazzístico, operístico, teatral o de una convocatoria más terrenal y bullanguera. 

¡Pregunten ustedes a los médicos! Los ciclos de espectáculos a la intemperie ayudan a generar endorfinas y a paliar el estrés postraumático. Por su alto contenido en aire puro, espacios verdes, estribillos optimistas y gente disfrutando, resultan altamente saludables y reconstituyentes… salvo cuando se trata de un evento masificado en exceso y a uno se le ha pasado el momento –véase mi caso– de sumergirse en polvareda y apretujones. ¡Que no cuenten conmigo para darme un atracón de agorafobia y ácaros!  Sin embargo, con las condiciones mínimas de comodidad –esto es, puntos de hidratación suficientes y no tener que hacer las necesidades en el campo–, me apunto a un bombardeo. La consigna es sacudirse la pereza e ilusionarse con un plan hedonista bajo las estrellas, a ver si se nos quita de una vez la cara de susto.

Esta clase de celebraciones populares periódicas no son, ni mucho menos, un invento de la generación Woodstock, sino que se remontan a la Antigüedad, cuando se organizaban festejos comunitarios, con sus imprescindibles banquetes, representaciones e incluso desfiles, ya fuera por motivos simbólicos (el solsticio de verano) o religiosos, para celebrar la cosecha o conmemorar una cruenta victoria sobre una tribu enemiga. La coartada cultural llegaría mucho más tarde, con el Bayreuther Festspiele creado en 1876 por Richard Wagner a modo de evento contestatario que desafiaba los cánones artísticos de su época. De ahí a las actuales maratones escénicas en loor de multitudes solo media un paso.

«Los chicos del final del verano se reunieron en la hierba mojada. / Tocamos nuestras canciones y sentimos el cielo en nuestras manos. / Era todo muy ingenuo, pero estábamos como en el paraíso. / Corría por doquier la fuente de la alegría. / No era verdad, pero lo parecía. / Besé a mucha gente aquel día», relataba un lánguido David Bowie, etapa pre-Ziggy Stardust, en el tema Memory of a Free Festival (1970), acerca del Free Festival de Beckenham. ¿Se imaginan aquello?

«Me encontré con un hijo de Dios, / Iba caminando por la carretera. / Cuando le pregunté ¿adónde vas?, me dijo: / Estoy bajando a la granja de Yasgur, / Creo que me uniré a una banda de rock’n’roll, / Acamparé en la tierra, / Trataré de liberar mi alma. / Somos polvo de estrellas, somos dorados / Y tenemos que volver al jardín», cantaba por su parte Joni Mitchell en la evocativa Woodstock (1970). Ya habrán visto que ambas canciones son del mismo año. Así de entregados a la causa estaban los creadores más prometedores de aquel curso. O habías asistido a alguno de esos eventos inolvidables o eras literalmente un pringado.

No les voy a hacer aquí la crónica de todos esos festivales legendarios a los que jamás pude asistir: desde el abucheo al Dylan electrificado en Newport hasta las tragedias de los Rolling Stones en Altamont o de Pearl Jam en Roskilde, pasando por el descubrimiento de Janis Joplin en Monterrey o la reverencia final de Jimi Hendrix en la Isla de Wight. Para escarbar en esos y otros momentos mágicos que han salpimentado la gran historia del pop internacional, les aconsejo que busquen los documentados artículos de Alfonso Cardenal en la web de la revista Efe Eme. 

Pero sí me parece adecuado recordar cómo llegó y se extendió el fenómeno en España, toda vez que en los años 60 la piel de toro se hallaba bajo la dictadura de Franco y el régimen no era favorable en absoluto al pelo largo, los devaneos lisérgicos, la música rara y las reuniones multitudinarias. Así que debemos considerar como auténticos héroes a los organizadores de aquel Festival Internacional de Rock Progresivo que se celebró en el campo de fútbol de Palou (Granollers) en mayo de 1971 y en el que participaron más de 25 grupos de aquí y allá, tocando en directo durante 20 horas ininterrumpidas. Junto al inclasificable cuarteto británico Family –no confundir con los indies donostiarras de los 90–, que venían de triunfar en Wight, actuaron una recua de bandas entre las que destacaron los foráneos Tucky Buzard y los peninsulares Máquina y Smash.

El siguiente hito pionero fue el Canet Rock, que tuvo lugar en julio de 1975 en el Pla d’en Sala de Canet de Mar y prometía «doce horas de música y locura», con un cartel que incluía nombres como Compañía Eléctrica Dharma, Pau Riba, Gualberto, Iceberg o la Orquesta Platería. Al iconoclasta Jaume Sisa no se le permitió actuar por orden del gobierno civil, así que los organizadores –gente de la sala barcelonesa Zeleste– decidieron hacer sonar por los altavoces del recinto a oscuras su simbólica canción Quasevol nit pot sortir el sol (Cualquier noche puede salir el sol), mientras un solitario foco iluminaba el pie de micro en el centro de un escenario vacío. Los lectores más curiosos pueden repasar aquellos momentos en el documental que rodó al respecto el realizador catalán Francesc Bellmunt.

Con la transición democrática, el Canet Rock se convirtió en un clásico y el censurado Sisa se resarciría actuando en años posteriores, del mismo modo que el certamen se abriría a otros ritmos de actualidad (Desmadre 75 dixit). Entre todas las edición que ha tenido este clásico veraniego, me quedo con la de 1978, cuando los nuevos organizadores trajeron a la Costa Brava nada menos que a Nico, Ultravox, Tequila y, sobre todo, mis adorados Blondie. 

De ahí surgió todo lo que vendría después: el Iberpop de Logroño (1984), que montó con solo 22 años Ignacio Faulín a mayor gloria de los grupos emergentes nacionales; el Espárrago Rock (1989), surgido en la localidad granadina de Huétor Tájar y que luego se hizo itinerante por media Andalucía; el Doctor Music Festival (1996), que creó la promotora del mismo nombre para hacer actuar en la minúscula localidad pirenaica de Escalarre (Lérida) a estrellas planetarias como David Bowie, Iggy Pop, Lou Reed, Patti Smith, Suede, Blur o Massive Attack (todos en el mismo año y en 3 días)… Por no hablar de proyectos más actuales, de sobra conocidos, como el Festival Independiente de Benicàssim, el BBK Live de Bilbao, el Sonorama en la Ribera del Duero, el Mad Cool de Madrid o el Sónar y el Primavera Sound de Barcelona. 

Los aficionados al festivaleo estival ya no necesitan acudir a las citas británicas de Glastombury y Reading como íbamos nosotros, en autobuses nocturnos que Paco Pérez Bryan o Mariscal Romero llenaban con los oyentes de sus programas radiofónicos, sin apenas dormir pero felices antes el cartel y las aventuras que nos esperaban. Con la aparición de las compañías aéreas low cost y la bajada de las billetes de avión, cualquiera puede ahora volar a destinos europeos más o menos remotos para disfrutar del Tomorrowland (Boom, Bélgica), el AMF (Amsterdam, Países Bajos), el TRNSMT (Glasgow, Escocia), el Exit (Novi Sad, Serbia), el Nos Alive (Lisboa, Portugal), el Parklife (Manchester, Gran Bretaña), el Sziget (Budapest. Hungría), el Time Warp (Manheim, Alemania)  o –el más molón– el Hideout que se celebra en la playa de Zrće (Novalja, Croacia).

Los asistentes, sobre todo si han cumplido recientemente la mayoría de edad, vuelven bastante cambiados de estas escapadas, con vivencias y recuerdos que trasciende lo meramente musical. ¡Quién pudiera volver a tener 20 años para rememorar aquellas sensaciones iniciáticas!

A lo largo de mi vida profesional, he tenido la fortuna de poder asistir a muchos de estos eventos, desde Lollapalooza hasta Montreux, como un espectador privilegiado: con pase de prensa, acceso al back-stage, invitaciones para las fiestas privadas after-show y barra libre hasta el amanecer en el bar de la zona VIP. No diré más si no es en presencia de mi abogado. Pero, si tienen curiosidad, lean Alivio rápido (2002), la primera novela de la ex crítica musical Silvia Grijalba, y se harán ustedes una idea de lo que era aquello.

Supongo que ya no será igual porque la industria del espectáculo ha cambiado bastante y los medios de comunicación no tienen el peso de antaño ni tanta cercanía con las rock-stars. Pero lo que sí prevalece, tanto para debutantes como para iniciados, es el magnetismo de un escenario efímero en un entorno natural y de una programación que los promotores han estado negociando largo tiempo –a veces, durante un año– con el propósito de ofrecer al público un evento único e irrepetible.

Por supuesto, el precio de las entradas ha subido bastante desde aquellas 2.000 pesetas (12 € al valor de entonces) que me constó ver a los Rolling Stones en el Vicente Calderón en 1982, aquella noche en la que Mick Jagger saltó al escenario en medio de una tormenta del demonio cantando Under my Thumb. Eso no te obliga a perderte nada, sino a elegir mejor. Lo último a lo que hay que renunciar es a las emociones. Y, cuando estas están ligadas a la música, aún menos…

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