The Objective
Cultura

¿Fue Torquemada el Jameneí del siglo XV? Historia frente al mito

Comprender quién fue Torquemada —y qué fue en realidad la Inquisición española— exige mirar más allá de los tópicos

¿Fue Torquemada el Jameneí del siglo XV? Historia frente al mito

'El Papa y el inquisidor' (1882), óleo sobre lienzo de Jean-Paul Laurens. | Wikimedia Commons

Como historiadora, esta frase me parece un anacronismo fuera de lugar, pero como periodista es llamativa. Obviamente, no podemos comparar ambas figuras porque vivieron con 500 años de diferencia, pero puede resultar interesante analizar a dos hombres que acumularon mucho poder político y religioso y cuyas decisiones afectaron a la vida de muchos. Sin embargo, y a pesar de algunos parecidos, no podían ser más diferentes. Un día como hoy, el 11 de marzo de 1482, el dominico Tomás de Torquemada era nombrado inquisidor en Castilla, iniciando una etapa decisiva en la consolidación del Santo Oficio. Cinco siglos después, su nombre sigue evocando la imagen de un fanático implacable y de una institución dedicada a sembrar Europa de hogueras. Sin embargo, la investigación histórica ha demostrado que esa imagen pertenece tanto al terreno de los hechos como al de los mitos construidos posteriormente. Comprender quién fue realmente Torquemada —y qué fue en realidad la Inquisición española— exige mirar más allá de los tópicos y situar el fenómeno en su contexto histórico y, desde luego, exige contextualizar los hechos en el momento que sucedieron. No es lo mismo Torquemada que Jameneí, y no porque uno sea mejor que el otro, sino que uno vivió hace 500 años y el otro ha terminado sus días en 2026.  

Tomás de Torquemada nació en Valladolid hacia 1420 y pertenecía a la orden dominica. Era un religioso austero, formado en teología y con una sólida reputación dentro de su orden. Su figura estaba además muy vinculada a la corte, ya que fue confesor personal de la reina Isabel la Católica, lo que explica en parte la confianza que los Reyes depositaron en él. En aquel momento, ser confesor de la reina implicaba un grado de confianza supremo, ya que él era el depositario de los secretos más íntimos de la soberana, aquellos que ni siquiera compartió con su esposo, su alter ego. 

 En 1483, el papa Sixto IV, a petición de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, lo nombró inquisidor general, convirtiéndolo en la máxima autoridad del Santo Oficio en los reinos de Castilla y Aragón. Desde ese puesto se encargó de organizar y consolidar una institución que aún estaba dando sus primeros pasos. Recordemos que en ese momento ni Navarra ni Granada formaban todavía parte de la Monarquía Hispánica. 

Curiosamente, algunos historiadores han señalado una posible paradoja en torno a su figura. Diversas investigaciones han apuntado a que la familia de Torquemada podría tener origen converso, es decir, proceder de judíos convertidos al cristianismo. Aunque no existe unanimidad entre los especialistas, esta hipótesis recuerda hasta qué punto la sociedad castellana del siglo XV estaba marcada por la compleja convivencia entre cristianos viejos y nuevos, y cómo las fronteras entre unos y otros eran mucho más difusas de lo que el imaginario posterior ha tendido a simplificar.

Historia vs. propaganda de la Inquisición

La historia no es únicamente lo que ocurrió en el pasado. Es también el relato que las generaciones posteriores construyen sobre esos acontecimientos. Entre la realidad histórica y la memoria colectiva siempre existe una distancia, y es en ese espacio donde nacen los mitos. Un mito histórico rara vez es completamente falso. Lo habitual es que parta de un hecho real al que se añaden interpretaciones, exageraciones o simplificaciones hasta transformarlo en algo distinto de lo que fue. La historia, como disciplina, intenta precisamente desmontar esos relatos simplificados para reconstruir el contexto en el que sucedieron los hechos.

Esto ocurre con muchos episodios del pasado: las cruzadas, la conquista de América o la propia Edad Media. Y también con una de las instituciones más polémicas y discutidas de la historia europea: la Inquisición española. Dentro de ese universo de sombras y tópicos emerge una figura convertida en símbolo absoluto del fanatismo religioso: Tomás de Torquemada. Su nombre se utiliza todavía hoy como sinónimo de intolerancia, persecución o crueldad religiosa. En el imaginario popular aparece como el arquetipo del inquisidor implacable, el hombre que habría puesto en marcha una maquinaria de terror destinada a eliminar a miles de personas.

Pero, como sucede con casi todos los mitos históricos, la pregunta que conviene hacerse es qué parte de esa imagen corresponde realmente al personaje histórico. Para responder a esa cuestión es necesario hacer algo que el mito suele impedir: regresar al contexto.

Un mundo en crisis

La Europa de finales del siglo XV era una sociedad profundamente religiosa en la que la fe no constituía una opción privada, sino el fundamento mismo de la vida social y política; estaba en el centro de la vida pública, considerándose la unidad religiosa un elemento esencial para la estabilidad del orden político. La herejía no se entendía únicamente como un error teológico, sino también como una amenaza al equilibrio social.

Además, el continente vivía una época de fuertes tensiones. La caída de Constantinopla en 1453 había provocado una profunda conmoción en Europa. El avance del Imperio otomano alimentaba la sensación de que la cristiandad estaba amenazada desde el exterior y, al mismo tiempo, las tensiones internas eran cada vez mayores. Apenas unas décadas después estallaría la Reforma protestante iniciada por Martín Lutero en 1517, que provocaría la mayor fractura religiosa de la historia europea.

Aquí en casa atravesábamos también un momento decisivo. Con la conquista de Granada en 1492, los Reyes Católicos culminaban un proceso de ocho siglos de expansión cristiana en la península. El nuevo poder político aspiraba a consolidar la unidad de sus reinos. Y es precisamente en ese contexto donde se encontraba la cuestión de los conversos. Durante los siglos XIV y XV, muchos judíos se habían convertido al cristianismo, a veces por convicción y otras por presión social. Estos nuevos cristianos formaban una comunidad numerosa y socialmente influyente.

Sin embargo, pronto surgieron sospechas sobre la sinceridad de algunas de esas conversiones. Se extendió la percepción —real o exagerada— de que ciertos conversos continuaban practicando el judaísmo en secreto y fue en ese escenario donde apareció el Santo Oficio.

El nacimiento del tribunal

Conviene recordar que la Inquisición no fue una invención española. Los tribunales inquisitoriales existían en Europa desde el siglo XIII y dependían directamente del papado. Su misión era investigar y juzgar delitos de herejía dentro de la Iglesia. La española nació en 1478, cuando el papa Sixto IV autorizó a los Reyes Católicos a establecer tribunales inquisitoriales en sus reinos. A diferencia de las inquisiciones medievales, estos tribunales quedaron bajo control de la monarquía. Su objetivo inicial era investigar los casos de criptojudaísmo, es decir, la práctica secreta del judaísmo por parte de conversos oficialmente cristianos.

El Santo Oficio se organizó como una institución judicial con procedimientos definidos: denuncias, investigación, interrogatorios, testigos y sentencia. Aunque hoy nos resulten inaceptables, muchos de esos procedimientos no diferían demasiado de los sistemas judiciales de la época. Uno de los elementos más conocidos del funcionamiento de la Inquisición fueron los llamados autos de fe.

Qué eran los autos de fe

El auto de fe era una ceremonia pública en la que se anunciaban las sentencias dictadas por el tribunal inquisitorial. La imagen popular suele asociarlos exclusivamente con ejecuciones en la hoguera, pero la realidad era más compleja. La mayoría de las condenas no implicaban la pena de muerte. Muchas sentencias consistían en penitencias religiosas, multas, confiscaciones de bienes o penas de prisión.

Solo en los casos considerados más graves —cuando el acusado era declarado hereje reincidente y no mostraba arrepentimiento— era entregado a la autoridad civil, que era la encargada de ejecutar la pena capital. La dimensión pública de los autos de fe respondía a la mentalidad de la época. Se concebían como actos ejemplarizantes destinados a reafirmar la ortodoxia religiosa y advertir contra la herejía, y fue en ese contexto institucional donde apareció la figura de Torquemada.

Quién fue realmente Torquemada

Tomás de Torquemada nació en Valladolid hacia 1420 y pertenecía a la orden dominica. Era un religioso austero, formado en teología y con una reputación sólida dentro de su orden. El 11 de marzo de 1482 fue nombrado inquisidor en Castilla, y al año siguiente sería designado inquisidor general para los reinos de Castilla y Aragón, convirtiéndose en la máxima autoridad del Santo Oficio bajo los Reyes Católicos.

Durante su mandato se consolidó la estructura institucional de la Inquisición española. Se establecieron tribunales en distintas ciudades y se fijaron normas destinadas a unificar el funcionamiento del sistema. Sin embargo, la imagen de Torquemada como figura casi demoníaca se formó en gran medida tiempo después. Durante los siglos XVI y XVII, la propaganda antiespañola difundida en los países protestantes convirtió a la Inquisición en símbolo de la supuesta barbarie católica.

Este fenómeno historiográfico se conoce como Leyenda Negra, un conjunto de relatos que presentaban a España como una potencia especialmente cruel, intolerante y fanática. Como ha señalado el historiador Henry Kamen, el estudio sistemático de los archivos inquisitoriales ha permitido revisar muchas de las cifras y relatos difundidos durante siglos, que respondían tanto a realidades históricas como a la propaganda política de la Europa moderna.

Las cifras de la Inquisición

Uno de los aspectos más debatidos en torno a la Inquisición española son las cifras de sus víctimas. Durante mucho tiempo circularon estimaciones que hablaban de decenas o incluso cientos de miles de ejecuciones. Sin embargo, la investigación historiográfica moderna ha revisado profundamente esas cifras. Según los estudios de Henry Kamen, la Inquisición española procesó aproximadamente a 150.000 personas entre finales del siglo XV y comienzos del XIX. Las ejecuciones documentadas serían alrededor de 3.000 a lo largo de más de tres siglos de existencia.

Durante el periodo de Torquemada —entre 1483 y 1498— las estimaciones sitúan las ejecuciones en torno a 2.000 casos, aunque los historiadores continúan debatiendo las cifras exactas. Estos datos no pretenden justificar la institución ni minimizar la gravedad de la represión religiosa. Desde una perspectiva contemporánea, cualquier persecución por motivos de conciencia resulta incompatible con los principios de libertad que hoy defendemos. Pero sí permiten matizar la imagen de una maquinaria de exterminio masivo que durante siglos se ha asociado a la Inquisición.

El historiador Ricardo García Cárcel ha subrayado que gran parte de la imagen popular del Santo Oficio procede de una construcción cultural posterior que simplificó una realidad histórica mucho más compleja.

El final de la institución

La Inquisición española sobrevivió durante más de tres siglos. A lo largo de ese tiempo, su actividad fue disminuyendo progresivamente y sus objetivos cambiaron. En el siglo XVIII su influencia ya era limitada y el clima intelectual de la Ilustración comenzó a cuestionar abiertamente su existencia. El tribunal fue abolido por primera vez durante la invasión napoleónica en 1808, restaurado posteriormente por Fernando VII y finalmente suprimido de forma definitiva en 1834 durante la regencia de María Cristina. Con su desaparición terminó una institución que había marcado profundamente la historia de España.

Torquemada y la Inquisición forman parte de ese territorio complejo donde la historia y el mito se entremezclan. El Santo Oficio fue una institución represiva, nacida en un mundo donde la religión definía la vida pública y la uniformidad de fe se consideraba indispensable para el orden político. Pero comprender el pasado no significa absolverlo ni condenarlo desde el presente. Significa intentar entenderlo.

Quizá por eso el historiador Marc Bloch, medievalista francés y uno de los creadores de la Escuela de los Annales, recordaba que «la incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado». Y en ese pasado, muchas veces más complejo de lo que sugieren los mitos, es donde conviene buscar la verdad histórica.

Publicidad