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Yusuf al-Qaradawi: el Lenin del islamismo

«Derrotar al islamismo en el campo de batalla no es, a fin de cuentas, la tarea más difícil»

Yusuf al-Qaradawi: el Lenin del islamismo

Yusuf al-Qaradawi. | Cuadernos FAES

El texto compara la figura de Qaradawi con la de Lenin en cuanto a estrategia y visión revolucionaria, y su impacto en el islamismo contemporáneo. Además, examina su pensamiento sobre la organización y expansión del islam, así como su postura flexible y pragmática en la lucha ideológica y política. Igualmente, analiza la similitud entre las utopías totalitarias del islamismo y el comunismo, y la amenaza que supone para la democracia liberal. Se subraya así que el islamismo no solo es violento, sino ideológico y cultural, y que para combatirlo y contrarrestar su influencia en nuestras sociedades occidentales se requiere una respuesta política integral más allá de una confrontación bélica.

«El paraíso se encuentra a la sombra de las espadas». El profeta Muhammad, según un hadiz transmitido por Al-Bujari, Muslim y Abu Dawud.

«Alá es nuestro objetivo, el Profeta nuestro líder, el Corán nuestra Constitución, la Yihad nuestro camino y la muerte por la gloria de Alá nuestro deseo supremo». Lema de los Hermanos Musulmanes.

«Hay un tiempo propicio para todo». Yusuf al-Qaradawi, Prioridades del movimiento islámico en la próxima fase.

Qaradawi y Lenin

Yusuf al-Qaradawi, quien falleció en septiembre de 2022 a la edad de 96 años, fue un fenómeno sin igual entre los predicadores del islam. Fue llamado «el muftí global» y sus apariciones recurrentes en el programa La sharía y la vida, transmitido por el canal de televisión Al Jazeera, eran seguidas por decenas de millones de espectadores. Era conocido por sus llamamientos a exterminar a todos los judíos: «¡Oh Alá, no perdones a ninguno de ellos! ¡Oh Alá, cuenta su número y mátalos, hasta el último!». Consideraba a Hitler un enviado de Dios para castigar a los judíos y esperaba que el próximo castigo fuera «ejecutado por los creyentes». Apoyó a Hamas y a los terroristas suicidas palestinos, y sostuvo que sin la pena de muerte para los apóstatas «el islam no existiría hoy». Según su opinión, los homosexuales, dependiendo de la escuela jurídica islámica que se siguiese, debían ser azotados o ejecutados. Y así sucesivamente.

«La producción de Qaradawi abarca todos los temas imaginables y controvertidos dentro del islam»

Eso es lo que habitualmente se sabe sobre este hombre, pero lo que suele ignorarse es su enorme influencia como principal teórico del islamismo después de Sayyid Qutb (1906-1966, miembro de los Hermanos Musulmanes) yAbul Ala Maududi (1903-1979, fundador del movimiento indo-paquistaní Jamaat-e-Islami). La producción de Qaradawi –más de 120 libros, una gran cantidad de fatwas y numerosos otros escritos– abarca todos los temas imaginables y, no menos, controvertidos dentro del islam, desde lo que es haram y lo que es halal hasta diversas interpretaciones de la yihad y cómo debe vivir un musulmán en sociedades secularizadas, y demuestra una notable erudición en las principales fuentes del islam, sus intérpretes clásicos y su historia.

Sin embargo, no fue solamente un erudito musulmán y un predicador mediático, sino también un militante islamista con una larga afiliación a los Hermanos Musulmanes egipcios (Ikhwan al-Muslimun), lo que le costó varias estancias en cárceles egipcias y una condena a muerte en ausencia pronunciada en mayo de 2015. Incluso, según su propio testimonio, se le habría ofrecido en un par de ocasiones dirigir la organización, pero prefirió continuar desempeñando un papel más independiente, como líder espiritual o gran muftí del islamismo.

Lo más interesante de la contribución ideológica de Qaradawi al islamismo es su carácter innovador, que implica una reorientación hacia una estrategia mucho más dilatada en el tiempo, multifacética y realista, que hace al movimiento mucho más peligroso y difícil de combatir que nunca, especialmente en comparación con su fase más unilateralmente violenta o yihadista. Como renovador del islamismo, sus ideas merecen un análisis más detenido a fin de comprender a cabalidad los desafíos que representa un islamismo más amplio, astuto y maduro, y no quedarnos atrapados en una focalización demasiado estrecha centrada en la amenaza directamente violenta y terrorista.

Debido a su enfoque más sofisticado y flexible, pero también más peligroso, Qaradawi puede ser considerado el Lenin del islamismo. El revolucionario ruso fundó a comienzos del siglo XX una maquinaria política extremadamente eficaz y dañina –el partido bolchevique– que se convirtió en su gran instrumento para provocar uno de los acontecimientos más disruptivos de la historia, la toma del poder en Rusia por un partido comunista. Sin embargo, el partido de Lenin no habría podido prosperar ni, finalmente, hacerse con el poder sobre el vasto imperio ruso si no hubiese sido guiado por una estrategia revolucionaria capaz de actuar en múltiples frentes, utilizar los medios más diversos y esperar hasta que las circunstancias fuesen favorables, el partido fuese lo suficientemente fuerte y el fruto estuviese maduro, pues, como dijo Qaradawi, «hay un tiempo propicio para todo».

Lenin, los islamitas y el totalitarismo

Lenin es el padre del totalitarismo moderno. Se inspiró en los sueños de Marx sobre una sociedad total, donde el individuo y el colectivo se fusionan en una totalidad armónica que libera a la humanidad de toda miseria, degradación y conflictos dolorosos: la sociedad comunista. De esta manera, Marx le dio nueva vida –en una forma atea y modernizada– al antiguo sueño mesiánico que anunciaba la llegada de un reino celestial milenario sobre la Tierra, poblado por nuevos seres humanos surgidos de un apocalipsis revolucionario que los purifica y hace capaces de habitar este reino de armonía, amor y comunidad sin límites.

El paso de la idea marxista de la sociedad total a su realización bajo Lenin, Stalin y otros líderes comunistas requirió un paso intermedio de importancia decisiva: la creación del partido totalitario, encarnación anticipada de la utopía de la sociedad total, con el militante del partido en el centro, el individuo que de facto se entrega de manera completa y se disuelve en el partido. Este fue el aporte decisivo de Lenin al marxismo revolucionario y a la genealogía del totalitarismo. A ello hay que añadir, como ya se ha mencionado, una magistral flexibilidad en cuanto a los métodos de lucha y un fuerte realismo respecto a las circunstancias y las fases de la larga marcha hacia el poder total.

«Lo más interesante de su contribución ideológica al islamismo es su carácter innovador y una estrategia mucho más dilatada en el tiempo, multifacética y realista, que hace al movimiento mucho más peligroso y difícil de combatir»

Qaradawi y sus afines comparten el sueño utópico de una sociedad completamente superior: la comunidad universal musulmana o umma, ese paraíso en la Tierra o, como se ha denominado en árabe, Hakimiyyat Allah (el reino o la soberanía de Dios), un concepto desarrollado por destacados islamistas como Maududi y Qutb. Se trata de una sociedad organizada enteramente según las normas supuestamente reveladas por Dios en el Corán y posteriormente establecidas en la sharía mediante las interpretaciones de los dichos y acontecimientos de la vida del profeta registrados en los hadices. En una sociedad así, o Nizam Islami (orden o sistema islámico), no existe separación entre las distintas esferas de la vida y todas están reguladas por mandatos religiosos. Esto queda recogido en el concepto din wa dawla (religión y Estado), que expresa la idea de que el islam no es solo una fe o religión (din), sino también un sistema integral y coherente de legislación, organización social y política (dawla), donde religión, vida social y política están inseparablemente unidas.

Por ello, el secularismo –es decir, la idea de que el ámbito de acción de la religión debe limitarse a la esfera privada– es completamente rechazado por Qaradawi y sus correligionarios. También se rechaza la concepción cristiana expresada en Mateo 22:21: «Dad entonces al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Según Qaradawi, el cristianismo acepta de este modo la condenable «división del ser humano y la fragmentación de la vida entre Dios y el César», como lo expresa en el libro Prioridades del movimiento islámico en la próxima fase. Recordar esto es importante para no dejarse engañar por el discurso islamista sobre la democracia y la libertad política, algo que Qaradawi ilustra con claridad. Por ejemplo, escribe lo siguiente en la obra recién mencionada:

«Es deber del movimiento en la próxima fase mantener una firme oposición a los regímenes totalitarios y dictatoriales, al despotismo político y a la usurpación de los derechos de las personas. El movimiento debe estar siempre del lado de la libertad política, tal como está representada por la democracia verdadera, y no falsa». (Qaradawi 1990:170)

Esto suena extremadamente liberal e ilustrado, pero la cuestión clave radica en cómo los islamistas definen la «democracia verdadera» o las libertades políticas dentro de un sistema en el que la religión –a través de los principios y disposiciones de la sharía– establece las normas políticas y sociales fundamentales. Qaradawi ha dado una respuesta sencilla a esta cuestión, dirigida a sus correligionarios que se inquietan ante el principio democrático de que todo poder público emana del pueblo en lugar de Dios:

«El temor de algunas personas de que la democracia convierta al pueblo en fuente de poder e incluso de legislación (a pesar de que la legislación pertenece únicamente a Alá) no debe tenerse en cuenta aquí, porque se supone que estamos hablando de un pueblo que en su mayoría es musulmán y ha aceptado a Alá como su Señor, a Mahoma como su profeta y al islam como su religión. No se espera que tal pueblo adopte una legislación que contradiga al islam y a sus principios incuestionables y reglas decisivas. En cualquier caso, estos temores pueden superarse mediante una disposición que establezca que toda legislación que contradiga las disposiciones incuestionables del islam será nula, ya que el islam es la religión del Estado y la fuente de legitimidad de todas sus instituciones y, por lo tanto, no puede ser contradicho». (Ibíd.:173)

Esta postura no es exclusiva del islamismo, sino uno de los principios fundamentales del islam. El mismo año en que se publicó la obra citada, 1990, los representantes de 56 países musulmanes firmaron en El Cairo la Declaración de los Derechos Humanos en el Islam, donde se establece, sin la menor ambigüedad, la supremacía de la ley islámica o sharía: «Todos los derechos y los deberes estipulados en esta declaración están sujetos a los preceptos de la Sharía islámico», establece el artículo 24 de la declaración (Conferencia Islámica 1990:6).

El islamismo es, en resumen, la tercera gran doctrina totalitaria. La primera fue la comunista y la segunda, la nacionalsocialista, que también proclamaba la llegada de una sociedad total superior, una comunidad milenaria donde el individuo se fundía con sus semejantes en una comunidad racial armónica y omnipresente. Las diferencias entre estas tres doctrinas totalitarias son, por supuesto, evidentes, pero el sueño mesiánico es notablemente similar. Una diferencia decisiva respecto a la utopía nacionalsocialista es que tanto la sociedad soñada comunista como la islamista están concebidas como universales y aspiran a expandirse por todo el planeta mediante una transformación revolucionaria mundial, lo que los islamistas, inspirados por Qutb, han denominado –al igual que los marxistas– thawra al-alamiyya (revolución mundial).

La vanguardia y los cuadros

La idea clave de Lenin, y aquello que en última instancia le hizo posible llegar al poder y cambiar la historia mundial, giraba en torno al partido: una élite revolucionaria férrea formada por cuadros –revolucionarios profesionales– que dedicaban por completo sus vidas al partido y a la lucha por una transformación comunista. No se trataba de un partido político común, sino de uno que exigía todo de sus miembros, su entrega y dedicación totales. Se trataba de individuos que se convierten –como lo expresó Jan Valtin en su célebre autobiografía La noche quedó atrás (2008:583)– en «un pedazo del partido», personas para quienes «el partido se transforma en familia, escuela, iglesia, refugio», para usar las palabras del excomunista Ignazio Silone (Koestler 2001:99), y que, según la firme opinión de Lenin, debían ser mantenidas por el partido.

En el ¿Qué hacer? (1902), la obra más fundamental del leninismo, Lenin escribe:

«La organización de los revolucionarios debe englobar ante todo y sobre todo a gentes cuya profesión sea la actividad revolucionaria (…) hombres que se consagren especial y enteramente a la actividad socialdemócrata». (Lenin 1961:211 y 223)

Estos revolucionarios profesionales formarían el núcleo de la palanca con la que Lenin esperaba poder realizar su proyecto revolucionario, el punto de apoyo arquimédico que finalmente le permitiría remover a Rusia y, con ello, al mundo entero en sus cimientos. Esta fue su gran innovación, aunque en realidad era una copia del modelo organizativo populista-terrorista ruso de la década de 1870, cuyo impulso se basaba tanto en las condiciones prácticas de la lucha revolucionaria en Rusia como en la utopía colectivista que debía hacerse realidad. Fueron los mismos motivos que hicieron este modelo organizativo tan atractivo para Lenin: tanto como arma de lucha como realización anticipada de su grandiosa utopía comunista, una comunidad total, una forma superior de vida y una «democracia verdadera», es decir, camaradería y un espíritu de cuerpo estrictamente disciplinado

Este vanguardismo leninista inspiró evidentemente a Sayyid Qutb, quien dedicó su obra más influyente, Hitos en el camino (1964), a la futura vanguardia del islamismo. En el prólogo de esta obra escribió:

«¿Cómo es posible comenzar la tarea de reavivar el islam? Es necesario que exista una vanguardia que parta con esta determinación y que luego continúe caminando por el sendero, marchando a través del vasto mar de jahiliyya [ignorancia preislámica, MR] que ha inundado todo el mundo (…) He escrito Hitos para esta vanguardia, que considero una realidad en espera de concretarse». (Qutb 2006:27-28)

La importancia central de la organización y, especialmente, de la vanguardia también constituye un pilar fundamental del pensamiento político de Qaradawi. Su equivalente al ¿Qué hacer? de Lenin es la ya mencionada Prioridades del movimiento islámico en la próxima fase. Allí escribe Qaradawi:

«El movimiento islámico es un trabajo colectivo organizado (…) El trabajo individual, en las circunstancias contemporáneas de la nación musulmana, no será suficiente para cerrar la brecha y realizar la esperanza anhelada. El trabajo colectivo es una necesidad, y está prescrito por la religión y exigido por la realidad. La religión promueve el ‘sentido de comunidad’ y se opone a la ‘desviación’. La mano de Alá está con el trabajo colectivo, y quien se desvía, se desviará hacia el infierno». (Qaradawi 1990:12)

Para confirmar esta afirmación y aclarar cuán estrechamente unido debe estar el movimiento, cita el Corán (As Saff:4): «Alá ama a los que luchan en formación de batalla por Su causa como si fueran un sólido edificio».

El primer paso, o la primera orientación de trabajo, en el «despertar islámico» es la formación de una vanguardia devota, lo que a su vez depende completamente de la calidad de los cuadros que la conforman:

«La primera orientación sería la formación de una vanguardia islámica capaz –mediante la integración y la cooperación– de dirigir la sociedad contemporánea con el islam (…) Esta vanguardia debe estar compuesta por individuos cuyas filas estén unidas por una fe profundamente arraigada, un conocimiento sólido y fuertes vínculos». (Ibíd.:16)

El trabajo concreto de formar los cuadros que constituirán esta vanguardia –«la generación victoriosa», como la llama Qaradawi– es absolutamente decisivo y presupone, al igual que Lenin lo exigía de sus revolucionarios profesionales, personas totalmente entregadas a la lucha mundial por el dominio del islam. Lenin quería que el marxismo y la lucha revolucionaria impregnaran toda la vida de los cuadros bolcheviques. Qaradawi quiere lo mismo, pero ahora es el islam y la lucha por un orden mundial islámico lo que ocupa el centro:

«Este campo de trabajo es importante para formar ‘cuadros’ humanos y vanguardias islámicas, así como para educar a la anhelada generación victoriosa, cuyos miembros comprenderán y creerán plenamente en el islam, incluyendo conocimiento, acción, predicación y lucha. Los miembros de esta generación llevarán primero el mensaje del islam a su Nación [la Nación Musulmana, MR] y luego al resto del mundo. Solo podrán hacerlo después de haber interiorizado el islam como una concepción clara en sus mentes, una doctrina profundamente arraigada en sus corazones, una línea de conducta que rija todos los aspectos de sus vidas, así como la adoración a Alá y la relación con otras personas, además de un camino cultural que mejore la situación de la Nación, la una en torno a la palabra de Alá y conduzca a la humanidad confundida hacia lo que es mejor y más justo». (Ibíd.:18)

Al igual que Lenin, que no quería aceptar miembros del partido que no se dedicasen por completo a las tareas del partido o que fuesen marxistas revolucionarios solo a medias, Qaradawi tampoco desea que la vanguardia islámica esté formada por algo distinto de creyentes plenos: «Puede ser suficiente para la gente común que sigue a los líderes tener una fe a medias, o incluso una fe de un cuarto, pero la vanguardia dirigente debe poseer una fe verdadera. Nunca debe incluir a alguien con una fe a medias o de un cuarto». (Ibíd.:82)

Todos los medios y formas de lucha

Una de las ideas centrales de Lenin consistía en que la elección de los medios y métodos revolucionarios dependía completamente de las circunstancias y de la correlación de fuerzas. No existía un método de lucha que, por definición, fuera mejor que los demás; debía elegirse, mediante un análisis crudo y realista, el que mejor se adaptase al momento que se vivía, sin caer en idealizaciones ni en pensamientos ilusorios y, sobre todo, sin elevar un método específico de lucha a una especie de fetiche considerado el único correcto y deseable.

Lenin reflexionó mucho sobre esto, especialmente a la luz de las experiencias de la generación anterior de revolucionarios rusos, que terminaron cada vez más aislados y en un callejón sin salida al priorizar casi exclusivamente los atentados terroristas como método de lucha, con independencia de las circunstancias. Ese fue el caso, por ejemplo, de la famosa organización populista Narodnaya Volia (Voluntad del Pueblo), que incluso logró asesinar al zar Alejandro II en marzo de 1881.

Estas experiencias influyeron profundamente en el joven Lenin en un plano muy directo y personal, ya que su hermano mayor, el querido y admirado «Sasha», Aleksandr Ilich Uliánov, participó en un atentado fallido contra el zar Alejandro III. Este fue uno de los últimos actos terroristas inspirados en la tradición populista y le costó la vida al joven Sasha, que tenía solo 21 años. Fue ahorcado en la fortaleza de Shlisselburg –a orillas del lago Ládoga, cerca de San Petersburgo– en mayo de 1887, tras asumir plenamente la responsabilidad por el atentado fallido.

Ya en el primer número del célebre periódico de Lenin IskraLa chispa–, publicado el 1 de diciembre de 1900, este expresó su postura pragmática con total claridad «La socialdemocracia no se ata las manos, no limita su actividad a un plan o método previamente concebido de la lucha política; reconoce todos los medios de lucha, siempre que correspondan a las fuerzas disponibles del partido y permitan alcanzar los mayores resultados bajo las condiciones dadas». (Lenin 1977:371)

Para eliminar cualquier duda acerca de que «todos los medios de lucha» incluían también actos violentos e incluso el terrorismo, Lenin volvió al tema en el cuarto número de Iskra: «En principio, nunca hemos rechazado el terrorismo, ni podemos hacerlo. El terrorismo es una de las formas de acción militar que puede ser completamente correcta, e incluso necesaria, en un determinado momento de la lucha, cuando las tropas se encuentran en un cierto estado y existen determinadas condiciones». (Lenin 1977a:19)

De manera metódica y paciente, utilizando todos los medios y formas de lucha a su alcance, Lenin y sus bolcheviques avanzaron hasta la toma del poder mediante el golpe revolucionario de 1917. En este sentido, Qaradawi también es leninista, pero –hay que decirlo– con un estándar moral más alto, ya que tanto en el Corán como en los hadices existe una serie de mandatos sobre los límites que deben respetarse incluso en las acciones violentas y en la guerra en general, algo completamente ajeno a Lenin y a los bolcheviques.

En este ámbito –el pragmatismo y el realismo respecto a los medios y los métodos– se encuentra una de las contribuciones más importantes de Qaradawi al desarrollo contemporáneo del islamismo. Para comprender la relevancia de su enfoque flexible, es pertinente señalar el fuerte énfasis puesto por los Hermanos Musulmanes en la yihad –en el sentido de «guerra por la causa de Dios»– como método de lucha durante largos períodos. Esta orientación unilateral es firmemente criticada por Qaradawi y, en este sentido, quien principalmente recibe sus críticas es uno de los líderes y mártires más conocidos de la hermandad, Sayyid Qutb.

La crítica a Qutb y al «qutbismo» se refiere tanto a la unilateralidad en la elección del método de lucha como a la amplia condena –como apóstatas, la acusación más grave que puede dirigirse contra alguien dentro del islam, con la pena de muerte como castigo– contra otros musulmanes y gobiernos musulmanes, lo que caracteriza las obras tardías de Qutb, especialmente Hitos en el camino. Sobre esto, Qaradawi escribe lo siguiente en el libro citado anteriormente:

«Debemos reconocer que el período pasado, especialmente las décadas de 1950 y 1960, fue un terreno fértil para cierto tipo de ideas oscuras que se difundieron dentro de la esfera islámica (…) La idea de juzgar a otros como pecadores y herejes, incluso como no creyentes, encontró un terreno muy fértil (…) Fue durante este período cuando se publicaron los libros de Sayyid Qutb, que reflejaban la última fase de su pensamiento. Estaban llenos de ideas que proponían etiquetar a la sociedad como una sociedad impía (…) defendían el aislamiento del conjunto de la sociedad, llamaban a iniciar una yihad ofensiva contra todas las personas en general y ridiculizaban a los defensores de la tolerancia y la flexibilidad, etiquetándolos como ingenuos y psicológicamente derrotados frente a la civilización occidental». (Qaradawi 1990:124-125)

Sin embargo, Qaradawi no renuncia ni pretende privar al movimiento musulmán de la posibilidad de declarar impío a un individuo o a un grupo de musulmanes –lo que se denomina takfir–. Fue particularmente intransigente cuando se trataba de lo que él llamaba “apóstatas intelectuales”, los que, a su juicio, eran los más inteligentes, astutos y, por tanto, peligrosos. En una fatwa sobre la apostasía intelectual de 2003 escribió: «No usan armas en sus ataques, pero sus ataques son violentos y astutos (…) Son los hipócritas cuyo destino será el nivel más profundo del fuego del infierno». (Qaradawi 2003)

Lo que critica en el uso indiscriminado del takfir es su carácter sectario y destructivo, ya que genera desunión y conflictos entre los musulmanes. La idea fundamental de Qaradawi en este contexto es ecuménica y se opone directamente a esta tendencia divisiva. Lo que pretende es unir a todas las corrientes musulmanas detrás de una yihad amplia y multifacética en su sentido más amplio –esfuerzo o lucha por la causa de Dios– adaptada a diferentes circunstancias, entornos y posibilidades.

Tampoco se opone a practicar la yihad en todas sus formas, pacíficas o violentas. Lo que critica principalmente en este caso es la unilateralidad y la falta de realismo de quienes predican la necesidad de una yihad ofensiva y guerrera aquí y ahora. Qaradawi utiliza el apelativo de «jariyí» –una referencia a los musulmanes rebeldes de la segunda mitad del siglo VII del sur de Mesopotamia– para describir este tipo de orientación unilateral hacia la violencia, lo que comúnmente llamamos yihadismo, y lo define de la siguiente manera: «Existe una ideología jariyí cuyos defensores se caracterizan por la honestidad y el valor, pero son estrechos de miras y miopes en su forma de concebir la religión y la vida, violentos en su forma de tratar a los demás y rechazan, acusan y sospechan constantemente de todos, incluso de los propios islamistas, mientras admiran sus propias opiniones, lo cual es realmente un defecto fatal». (Qaradawi 1990:137)

La máxima decisiva de Qaradawi respecto de la elección de los métodos de lucha tiene un sello claramente leninista: no hay que precipitarse y, sobre todo, no hay que asumir tareas que superen las propias fuerzas. En su lugar, es un deber «mantenerse firme, ser paciente y no intentar recoger el fruto antes de que esté maduro» (Ibíd.:133). Qaradawi utiliza parte de un versículo del Corán, procedente de la época de Mahoma en La Meca –An-Nisa:77–, para respaldar su postura: «Contened vuestras manos y cumplid con la oración», había dicho el profeta a quienes, pese a las circunstancias desfavorables, querían «tomar sus hachas y destruir los ídolos que veían alrededor de la Kaaba cada día, o desenvainar sus espadas para defenderse o combatir a sus enemigos y a los enemigos de Alá que los atormentaban». (Ibíd.:40)

Es en este contexto que Qaradawi introduce su argumento decisivo: «Hay un momento adecuado para todo» (Ibíd.), también para sacar las hachas y desenvainar las espadas, y atacar a los incrédulos. Hay que esperar el momento oportuno y utilizar siempre los métodos que, en las palabras ya citadas de Lenin, «correspondan a las fuerzas disponibles del partido y permitan alcanzar los mayores resultados bajo las condiciones dadas». 

Así pensaba este hombre que admiraba sin límites ni críticas al fundador de los Hermanos Musulmanes, Hasan al-Banna (1906-1949), el mismo que en Kitab al-Jihad (El libro de la yihad, incluido como apéndice en Hitos en el camino de Qutb) reunió dieciocho citas del Corán y una treintena de hadices, además de citas de diversos eruditos islámicos, para respaldar una interpretación bélica de la yihad. El mensaje y el tono de este escrito de al-Banna pueden resumirse con una cita de sus palabras finales: «Nada puede compararse con el honor de la gran shahada (el martirio supremo) ni con la recompensa que espera a los muyahidines. ¡Hermanos míos! La umma que sabe morir una muerte noble y honorable recibe una vida elevada en este mundo y una dicha eterna en el próximo. La humillación y la deshonra son consecuencias del amor por este mundo y del miedo a la muerte. Preparaos, por tanto, para la yihad y sed amantes de la muerte. La vida misma vendrá a buscaros». (al-Banna 2006:239)

Wasatiyyah y el gueto islamista

Qaradawi insta al movimiento islamista a «liberarse de la forma de pensar [representada por Qutb, MR] que es característica de tiempos de necesidad o crisis» y pasar a un pensamiento más equilibrado, flexible y realista (Qaradawi 1990:125). A esto lo denomina wasatiyyah (de wasat, moderado, equilibrado o intermedio; se usa en la azora Al-Báqara del Corán), es decir, un método propio de lo que Qaradawi llama el «camino medio» (al-manhaj al-wasati), «una postura equilibrada (…) que está lejos de ser extremista o negligente» (Ibíd.:120). Sobre el carácter renovador de esta postura equilibrada Qaradawi escribe lo siguiente: «Una vez más quiero enfatizar que la renovación que buscamos no implica abolir lo antiguo; más bien significa modernizar, mejorar, actualizar y desarrollar lo antiguo, especialmente en lo que respecta a herramientas, métodos y procedimientos, que son flexibles y cambiantes, con el objetivo de aprovechar las oportunidades que ofrece nuestro tiempo y que otros poseen y utilizan». (Ibíd.:119)

Naturalmente, resulta fácil ridiculizar esta «vía moderada» predicada por el mismo hombre que defendía la aniquilación de los judíos y elogiaba a Hitler. El mismo que, en una de sus obras más difundidas –Lo permitido (halal) y lo prohibido (haram) en el islam– escribe que el marido puede golpear a su esposa si ella insiste en desafiar su autoridad, pero que debe hacerlo de manera moderada, es decir, «golpearla ligeramente con las manos y evitar su rostro y otras zonas sensibles». Y añade lo siguiente en nombre de la moderación: «En ninguna circunstancia debe recurrir al uso de un palo u otro instrumento que pueda causar daño» (Qaradawi 2010:200).

Sin embargo, limitarse a esto sería no comprender hasta qué punto el enfoque flexible y contextual de Qaradawi resulta innovador tanto en cuestiones estratégicas como tácticas de gran importancia. Un ejemplo de este enfoque se encuentra en la cuestión –tan relevante para nosotros– de las minorías musulmanas en las sociedades secularizadas de Occidente. Para comprender la postura de Qaradawi en este tema, es importante considerar uno de los cambios de perspectiva más relevantes del islamismo contemporáneo respecto a Occidente. Como es sabido, la perspectiva islámica clásica considera que los países no dominados por el islam y que, por tanto, no forman parte de lo que se denomina dar al-Islam («la casa del islam»), constituyen parte de lo que se denomina dar al-Harb («la casa de la guerra»). A esta distinción fundamental se ha añadido ahora lo que se denomina dar al-‘Ahd («la casa del acuerdo»).

El investigador sueco Sameh Egyptson explica en su tesis doctoral El islam político global – Los Hermanos Musulmanes y la Federación Islámica en Suecia lo que esta innovación terminológica implica: «En lugar de la yihad y una actitud de hostilidad hacia los países anfitriones, los musulmanes deberían ahora utilizar sistemáticamente la ‘vía gradual intermedia’ (wasatiyyah), en la que Europa se define como dar al-‘Ahd (la morada del acuerdo). La existencia y las condiciones de vida de los musulmanes en Europa dejarían, por tanto, de definirse como una existencia de enemistad. En su lugar, se buscaría, mediante la participación y la cooperación, fortalecer su posición (…) La nueva estrategia para Europa fue formulada primero por Fayçal Mawlawi [secretario general de la organizaciónfrancesa Jamaa Islamiya, MR] y posteriormente precisada por Yusuf al-Qaradawi». (Egyptson 2023:547)

Qaradawi ha escrito extensamente sobre lo que esto significa de manera concreta. En la obra citada repetidamente afirma: Solía decir a nuestros hermanos en el extranjero: «Intentad tener vuestra propia pequeña sociedad dentro de la sociedad más grande; de lo contrario, os disolveréis en ella como la sal en el agua. Lo que ha preservado la identidad judía durante los últimos siglos fue su pequeña comunidad, única en sus ideas y rituales, conocida como ‘el gueto judío’. Por tanto, intentad tener vuestro propio ‘gueto musulmán’». (Qaradawi 1990:165)

Al mismo tiempo, afirma, con el objetivo de beneficiarse e influir en la sociedad circundante: «No abogo por el autoaislamiento ni por mantener nuestras puertas cerradas a las personas que nos rodean, porque eso equivaldría a la muerte misma. Lo que se requiere es apertura sin asimilación». (Ibíd.) En este contexto, Qaradawi anima a los musulmanes en Occidente a participar activamente en la vida política de sus países de acogida con el fin de obtener reconocimiento para sus demandas como minoría. Egyptson escribe lo siguiente en su tesis acerca de cómo esto debería realizarse de acuerdo con las propuestas islamistas:

«Los musulmanes deben comenzar a participar en la vida política y definirse como organizaciones de interés frente a, y en cooperación con, los partidos políticos y las autoridades nacionales. Deben defender su identidad intentando obtener el reconocimiento como minoría religiosa y conseguir la posibilidad legal de establecer sus propias instituciones jurídicas y religiosas. La creación de estas instituciones (mezquitas, escuelas, centros de salud, centros culturales, piscinas públicas y tribunales informales basados en la sharía) debe realizarse como una especie de ‘gueto’, escribe al-Qaradawi de manera desafiante (…) Lo que debe establecerse es, por tanto, una especie de sociedad paralela islámica o un enclave musulmán». (Egyptson 2023:520)

En esta lucha por aumentar la influencia y la presencia islámica también se incluye mentir, si es necesario, sobre la propia fe y los verdaderos objetivos y medios del accionar de los islamistas. Qaradawi subrayó la importancia de ello en el libro La jurisprudencia de las minorías musulmanas (2001) y emitió una famosa fatwa sobre la necesidad, en ciertas circunstancias, de utilizar «mentiras piadosas» o taqiyya (precaución en la práctica de la fe) (ver Egyptson 2018). Para respaldar su postura hace referencia a una aleya de la azora An-Nahl (16:106) del Corán, donde se afirma que un musulmán puede negar su fe si lo hace bajo coacción y siempre que «su corazón permanezca firme en su creencia». Existe también un conocido hadiz, recogido por Sahih Muslim (2605a), sobre cuándo le está permitido mentir a un creyente. Allí se mencionan tres casos: «en la guerra, para reconciliar a las personas y al transmitir las palabras del marido a su esposa o de la esposa a su marido».

Se trata de un principio de gran significación para poder comprender la retórica islamista. En general, es importante no dejarse engañar por el discurso sobre la moderación y la vía intermedia ni por la retórica en torno a dar al-‘Ahd. En el propio concepto de dar al-‘Ahd existe una amenaza implícita: si el «acuerdo» no se respeta en un determinado país –es decir, si no se permite que el enclave musulmán prospere y se expanda, y si no se aceptan las demandas de leyes especiales, instituciones propias y trato diferenciado–, entonces ese país pasa a formar parte del dar al-Harb y el tiempo del hacha y la espada entra en vigor.

Palabras finales

analiza el fondo de lo que ambos representan, surge otra imagen. Lo que mueve a ambos es una utopía totalitaria: una sociedad total superior en la que se superan los sufrimientos y conflictos eternos de la humanidad, la formación de una comunidad fuerte que todo lo abarca, donde el egoísmo desaparece y reina la armonía entre las personas. Es menos importante si se trata de un paraíso terrenal ateo llamado comunismo o de uno en nombre de la religión llamado umma. Que sea la sociedad soñada por Marx o por Mahoma la que se cree defender –y aunque comunistas e islamistas se consideren enemigos irreconciliables– no debe ocultar el parentesco existente entre estas distintas formas de creer en una transformación radical inminente que conducirá a la humanidad a una vida feliz y bienaventurada.

Sin embargo, las similitudes entre el fundador del bolchevismo y el conocido predicador del islamismo no terminan ahí. Sus mayores contribuciones a sus respectivas causas se sitúan principalmente en el plano estratégico y táctico. Se trata de las herramientas para lograr la transformación deseada y, sobre todo, de las personas consideradas aptas para liderar esa misión. Pero también se trata de los métodos de lucha y el realismo, de la flexibilidad y la capacidad de adaptación a las circunstancias, así como de la paciencia y la capacidad analítica necesarias para dirigir con éxito la larga marcha de la humanidad hacia la sociedad soñada.

Comprender la postura más sofisticada del pensamiento de Qaradawi y del islamismo contemporáneo mayoritario respecto a los métodos, medios y fases de la lucha es absolutamente necesario para enfrentar los retos que esta ideología totalitaria plantea. Es importante no centrarse exclusivamente en la parte violenta y más extrema del islamismo. Sin duda, este es un componente muy importante y tremendamente peligroso del movimiento islamista, pero debemos ser capaces de ver el panorama completo. El islamismo yihadista es solo la punta más visible de un enorme iceberg de ideas, organizaciones y redes que, a largo plazo, constituyen la verdadera amenaza para una sociedad abierta y democrática, y que resultan mucho más difíciles de combatir que el yihadismo. Esto requiere de una lucha política y, no menos, cultural mucho más compleja que la que se puede desarrollar con ayuda de medios bélicos. Derrotar al islamismo en el campo de batalla no es, a fin de cuentas, la tarea más difícil. Derrotarlo en los barrios segregados, pero también dentro de la academia, la sociedad civil en general, la vida política y la esfera cultural, es considerablemente más difícil, pero absolutamente necesario.  

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