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Amar y odiar los gimnasios

Foto: Kim Hong-Ji | Reuters

Bajo un entrechocar de metales los atletas se preparan para librar la más justa de entre las justas, la de su propio rendimiento.

Personas concienciadas con el estado de su salud mental preparan sus cuerpos para soportar las lides del alma aprisionada bajo las doctrinas del cruel Platón. Liberan sus cadenas cual Daenerys y auscultan sus cuerpos con grandes espejos de pared, expertos como un Galeno preocupado por una fisiología salutífera.

Estoy en un gimnasio, un lugar creado para el goce estético y el dominio del imperativo categórico; no hay monitor que exija algo diferente de lo que pediría para sí mismo. Padres enfrentados al duro mantenimiento de sus retoños procrastinadotes natos —peonzas del ejercicio que rotan en busca de treguas y se ajan en el dominio del cansancio—, los supervisan regidos por los conceptos de justicia y amor.

El amor de un líder preocupado por el correcto desempeño del ideal comunista: «A cada uno según su condición», siempre con afán de superación y esas memeces que sólo sirven para los pusilánimes, de reivindicar la familia sana, feliz y competitiva que se muestra indiferente a los ánimos porque entienden qué es el trabajo.

He detectado que el espacio del gimnasio se divide siempre en dos salas —por lo común, pueden tener varias subdivisiones más—, la de fortalecimiento —musculación— y la de resistencia —eso que llaman «cardio»—.

En la sala de musculación no se admiten los totalitarismos. Las máquinas son de todos y para todos, todos ingresan su cuota mensual para disponer de ellas por necesidad y el compañero lo sabe. Los entrenamientos son mejores si son grupales, y cuantas más amistades forje uno, tanto mayor será el peso que mueva. La camaradería es la base del éxito.

Sin embargo, en las salas de cardio hay un referente, un líder, un guía más bien, que conduce a los demás al Olimpo del sudor y agotamiento sin escarnio y para solaz del público que sigue como va pudiendo las directrices del entrenamiento. Los ejercicios son tan variados y tan útiles que luego se pueden aplicar para superar los miedos más comunes como pueden ser huir de una bestia, enfrentarse a una banda a lo West Side Story o pedalear hasta la cima de una montaña a ritmo de Gangsta’s Paradise sin desfallecer.

Lo que se suele confundir con un espectáculo autoritario no es sino la cláusula por la que uno se pone en las manos de un experto que recomienda siempre, nunca obliga, a que se sigan sus pautas para alcanzar un Nirvana líquido, de mutuo acuerdo, por un civilizado discernimiento de la rectitud empresarial en el correcto desempeño de un oficio. Pues lo que se viene a realizar a un gimnasio es, ante todo, un trabajo, y está sujeto a los costes de tiempo y esfuerzo propios de cualquier producción.

El bienestar personal es el valor de uso final de este servicio a la dualidad de cuerpo y espíritu, por un bien común, por una sociedad sin clases.

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