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AMLO y la probidad

El 17 de marzo tuvo la ocurrencia de declarar formalmente abolido el neoliberalismo

Foto: Eduardo Verdugo | AP

Todas las dificultades teóricas que nos van saliendo al paso cuando pretendemos acotar conceptualmente el populismo, se desvanecen inmediatamente cuando tienes a un populista cerca. El populismo es la desvergüenza democrática.

Ahí está el caso de Andrés Manuel López Obrador, AMLO para los electores, presidente constitucional de México.

El 17 de marzo tuvo la ocurrencia de declarar formalmente abolido el neoliberalismo. Dado que, para AMLO, el neoliberalismo es la causa de todos los males del país, con la abolición de aquél, dejó sin efecto a estos. De esta manera, quien critique a AMLO no puede ser sino un neoliberal que se resiste, contra toda lógica social, a su desaparición.

¡Qué moderno sigues siendo, padre Aristófanes!

Por supuesto, la liquidación birlibirloquiana del neoliberalismo ha entusiasmado a quienes creen asistir en vivo y en directo al inicio de una nueva era que el propio AMLO ha bautizado de “posneoliberal”. Básicamente esta innovación política se resume en el incremento del poder del Estado y en la paradójica reducción de las partidas presupuestarias dedicadas a los comedores comunitarios o a los albergues para mujeres víctimas de violencia.

Una vez que ha demostrado su genialidad para sacar de la chistera exabruptos ríspidos con forma de conejo, AMLO ha demandado al Rey de España y al Papa de Roma que pidan perdón por todo lo malo que ocurrió tras 1492. Inmediatamente el Vaticano, muy cuco, se ha apresurado a decir que el papa ya había hecho tal cosa. Aquí no sé si alguien ha recordado que el Rey Juan Carlos se le había adelantado. El 13 de enero de 1990 se reunió en Oaxaca con representante de diferentes etnias y lamentó ante ellos los abusos cometidos con las encomiendas, pero recordando también las Leyes Nuevas de Indias. Pero lo realmente importante es que mexicanos españoles ya habíamos acordado en 1836, en el Tratado de Santa María-Calatrava, que “habrá total olvido de lo pasado, y una amnistía general y completa para todos los mexicanos y españoles”.

¿Quién tendría, AMLO, que pedir perdón, los españoles que viven hoy en España o los españoles que protagonizaron la independencia de México? ¿Qué debería hacer el 93% mestizo de la población mexicana, cruzarse de brazos? ¿Deben pedir perdón los sucesores de los tlaxcaltecas que se aliaron con Cortés para sacudirse el yugo sangriento de los mexicas? ¿Los habitantes de la actual Tlaxcala, deben pedir perdón a los ciudadanos de la actual ciudad de México? Luz Vera Díaz, presidenta de la Comisión de Cultura del Congreso de Tlaxcala, entidad que programa los actos del segundo centenario de la independencia de México, ya ha declarado que en su Estado se celebrarán los 500 años de una gran alianza y no de una conquista. Motivos no le faltan.

Si se firmó el Tratado de Santa María-Calatrava fue, entre otras cosas, para que los mexicanos no tuvieran que pedirnos perdón por la terrible, despiadada y sádica matanza de más de 300 españoles en la barranca de Oblatos (Guadalajara), permitida por Hidalgo y dirigida por el torero Marroquín, amigo suyo. Entre aquellos españoles estaba, por ejemplo, Rafael González Guzmán, al que desnudaron, violaron, castraron, le cortaron en pedazos el cuero cabelludo, le sacaron los ojos, lo acuchillaron y, finalmente, quemaron.

Cuando un político enarbola la bandera de la probidad, lo que suele pedir es que saquemos el reclinatorio, porque en la bandera nos está mostrando su retrato.

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