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Cristina Casabón

Supermercado social

«La disolución del yo es trágica, y cada cual, movido por una extraña nostalgia, continúa pidiéndole al Estado o al otro lo que él ya no puede ser»

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Supermercado social

El filósofo y ensayista español José Ortega y Gasset | EFE

La izquierda ha desarrollado una sabiduría final anticipada, precozmente madura, que se manifiesta en una terrible y estéril denuncia del ascensor social basado en el mérito. Dicen que el éxito o el fracaso no es el resultado de aptitudes, habilidades o conocimientos especiales; tampoco del esfuerzo. No depende de determinados éxitos o fracasos en lo personal ni de ese empeño del jugador de riesgo, del hombre que está seguro de poderlo todo.  

El problema del discurso actual sobre los fallos de la meritocracia es que invita a medirse como un producto de un supermercado, en función de unos parámetros de éxito muy estandarizados. Ortega, que fue muy crítico con las élites y con el hombre masa, decía que éste es un hombre «vaciado de su propia historia» y esto le convierte en una persona dócil a las «modas internacionales». Es un hombre «constituido por meras idola fori; carece de un “dentro”, de una intimidad suya, inexorable e inalienable, de un yo que no se pueda revocar. De aquí que esté siempre en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa».

Ortega creía que la importancia del espíritu aristocrático —que no tenía que ver con las clases sociales—, radica en que se conecta con la ejemplaridad que actúa contra toda manifestación de frivolidad. El igualitarismo, decía Ortega, puede basarse en un sentimiento de justicia social, pero mal aspectado frena las aristocracias naturales, basadas en la excelencia y el mérito.

Se ha creado una atmósfera de catástrofe social, de resentimiento contra el primero de la multitud

La disolución de la propia historia y la estandarización dentro del supermercado social es parte del problema. Se ha creado una atmósfera de catástrofe social, de resentimiento contra el primero de la multitud. El discurso contra la meritocracia no contempla el posible éxito de las personas al margen del idola fori (ídolos del foro, de la plaza pública), de las modas internacionales o de aquellos importadores una fábula social. Éstos príncipes dolientes, creyendo que hacen una política muy personal y humanitaria, se limitan a seguir algunos mitos de segundo orden, mitos entre populares y noveleros, pero esta claro que, a fin de cuentas, solo sirven a la España enlutada de clases pasivas. Ya puestos a creer en el gurú de moda, ningún trabajo le costaría a uno simpatizar con estos igualitaristas, si no fuera porque parece que han elaborado el discurso de un Caín urbano y cortés que se ha forrado con su fábula de la meritocracia, un tal Sandel.

Nos empeñamos en destruir o perfeccionar con ingeniería social medios de desplazamiento para individuos que no tienen ningún sitio al que ir, que no están cómodos en ninguna parte, porque se pasan la vida mirando los escaparates del supermercado social. Los españoles deberían dejar los gurús de moda y aprovechar lo mejor de la herencia de Ortega, su definitivo descubrimiento de la nobleza que obliga, de la existencia subjetiva e íntima. Así las cosas, la disolución del yo es trágica, y cada cual, movido por una extraña nostalgia, continúa pidiéndole al Estado o al otro lo que él ya no puede ser; cada uno anda buscando ese peso del ser que ya no encuentra en sí mismo. Resistencia, valores humanos, permanencia, derechos y obligaciones. Hoy todo el mundo fracasa en esta búsqueda y la soledad es espantosa.

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