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Dimisión diferida

Foto: Francisco Seco | AP Photo, File

Entre los momentos más bochornosos (y saben mucho los políticos de bochorno) que tuvo que vivir Cospedal en su etapa de gobierno, brilló radiante aquel inefable despido en diferido que nos dejó a todos patidifusos ante el rostro de cemento armado y el rictus de impasible farolera. Considerémoslo como uno de los momentos estelares del choteo nacional, tan profuso, por otra parte, en arranques surrealistas. Ahí la vicepresidenta Calvo nos tiene muy bien acostumbrados con sus salerosas salidas de tono y meteduras variadas de pata.

Esa comicidad de nuestra casta política que, si existiera otro adjetivo que la describiera con tanta precisión nos abstendríamos de calificar de berlanguiana por su uso sobado, parece no tener fondo ni fin. Incluso los que nos criamos con la gabardina de Roldán, la toga manchada de nicotina y lamparones del juez Estevill y el piano de Narcís Serra no somos inmunes a una estupefacción alelada cada vez que asistimos al enésimo cambalache de tétrico despacho oficial.

Prestando oídos a la intimidad hurtada por ese Villarejo, personaje que está pidiendo cine a gritos, la pregunta inmediata es cómo este país sigue en pie y si no andando, por lo menos renqueando. Tal vez la respuesta sea que cada día amanece pese a aquellos que confunden el servicio público con sus intereses innobles y sus ambiciones alambicadas.

Podría argüirse que nada nuevo hay bajo el sol y que toda la podredumbre del poder y la política está metida y anticipada en el teatro de Shakespeare. Muy bien. Sin embargo cuesta apreciar en el Congreso la grandeza de un Falstaff. A lo sumo tenemos aprendices de conspiradores que encargan delirantes informes a tipos salidos menos de una novela de Le Carré que de un sainete de Arniches. Pero mantengamos la calma y no nos alteremos: si la cosa no funciona, la fiscalía te lo afina.

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