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El pucherazo mental

No habían pasado ni 24 horas cuando comenzaron los rumores. De hecho, comenzaron poco después del cierre de los colegios electorales. Algo había salido mal. Los primeros datos no encajaban. El partido de la corrupción mantenía sus escaños, los socialdemócratas viejos no desaparecían y el gran Nosotros se quedaba en un no pudo ser. La realidad no había estado a la altura de la Historia.

Pero había tiempo. Confiaban en que los primeros datos reflejasen la prisa de quienes se encontraban al final del camino. Los “abus”, esos entrañables ancianos que iban a hacer posible el cambio, se habían ido convirtiendo en viejos. Ya no eran una foto con hashtag, sino un lastre. Muchos jóvenes de entre 18 y 67 años defendían su desaparición. Del censo electoral o del mundo físico, según el ímpetu. “Hasta que no se mueran los viejos no habrá cambio”, dijeron los viejos del futuro.

Llegó el 60%. El 70%. El 80%. No mejoraba. El partido del Mal conseguía aún más escaños. Los de la cal viva se dejaban sólo unos pocos. Y el Pueblo y la Patria notaba que no le llegaba el aire.

Cuando terminó el escrutinio, el partido del Genocidio, del Colonialismo y de la Esclavitud todavía estaba allí.

No podía ser. Era inaceptable. Y los cerebros que estaban alineados con la Historia comenzaron a entender -colectivamente- lo que pasaba.

Habían asistido a un pucherazo. El Líder ya había dicho días antes que podía pasar algo raro. El recuento lo controlaba Indra, y Fernández Díaz, en fin, ya se sabe.

Es verdad que el Partido se distanció del rumor. Más o menos hasta Andalucía, donde Teresa  Rodríguez había relacionado la presencia militar de las bases de Rota y Morón con el cáncer, sin más evidencia que lo que hablaba la gente en la zona.

Mientras preparaba el texto me acordé de las protestas que hubo recientemente en el País Vasco a causa de la dificultad de un examen de Selectividad. El examen era de Matemáticas de las Ciencias Sociales, y los datos tampoco encajaban. Muchos estudiantes no supieron qué hacer con ellos.

Seguramente tengan razón los del “algo no encaja”, los del examen y los del pucherazo. Sólo queda saber cuál de las dos piezas es la que falla: los datos -la realidad- o lo que hay en las cabezas.

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