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En Bizancio

"Bizancio cayó, pero Europa –gracias en parte a América– logró sobreponerse fundando la Edad Moderna. Conviene recordarlo una vez más: el futuro depende sobre todo de nosotros"

Foto: NICHOLAS KAMM | AFP

En la Navidad del año 1400 el rey de Inglaterra cenó con el emperador de Bizancio Manuel II Paleólogo. El heredero de Roma había llegado de París, en donde también había implorado ayuda al rey Carlos. Era la cristiandad reunida ante la amenaza de los turcos, que se cernía sobre la antigua Constantinopla y sobre el país de los griegos. El historiador Steven Runciman narra este episodio con una emotividad especial: “Todos en Inglaterra estaban impresionados por la dignidad de su porte y las inmaculadas vestiduras blancas que el emperador y su corte llevaban. Pero precisamente a causa de sus altos títulos, sus anfitriones e sentían inclinados a compadecerle, pues el emperador había ido como mendigo a buscar desesperadamente ayuda contra los infieles que habían sitiado su imperio”. Runciman nos muestra el nacimiento de un gran poder emergente –el otomano– y las desavenencias que imposibilitaban la unidad del mundo cristiano –venecianos contra genoveses, ingleses contra franceses, católicos contra ortodoxos, y así un largo etcétera–. De hecho, el destino de Bizancio estaba ya sellado: ningún reino dividido prevalece en el tiempo.

La dinastía de los Peleólogos caería medio siglo más tarde, desmoronándose con ellos el mundo griego. Pieza a pieza, país a país, los turcos se adueñarían de una Europa –en 1529 sitiaron Viena por primera vez– que se desangraba, desmembrada por las querellas internas y las guerras de religión. Y aunque los paralelismos históricos pecan de la ingenuidad del trazo grueso, lo cierto es que todo nos resuena de algún modo. La división de un Occidente víctima de la pandemia del populismo, la gramática de las pequeñas diferencias, el envejecimiento de la población y el peligroso cinismo que acompaña la mutación de los valores. Por otro lado, la emergencia de los nuevos poderes en Oriente –China sobre todo–, que van tomando cada vez mayor  protagonismo económico e invirtiendo masivamente en sectores estratégicos: del control de las materias primas a los centros punteros en inteligencia artificial o en biología sintética. Al leer estos días el libro de Runciman sobre la caída de Constantinopla en 1453, pensaba también en las imágenes de la reunión del G-7 en Biarritz: países con vocación de imperio, antiguos imperios que lentamente van cayendo en la irrelevancia, un Occidente fraccionado y sin diagnóstico claro acerca de los males que lo aquejan. Bizancio cayó, pero Europa –gracias en parte a América– logró sobreponerse fundando la Edad Moderna. Conviene recordarlo una vez más: el futuro depende sobre todo de nosotros.

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