José María Albert de Paco

Europa en sus aceros

En su habitación de un hotel de Sarajevo, un intelectual trata de poner en pie un discurso sobre Europa

Opinión

Europa en sus aceros
Foto: Luca Bruno
José María Albert de Paco

José María Albert de Paco

De pequeño, en la playa, solía entretenerme yendo y viniendo de lo hondo con algo que demostrara que había estado allí. Fue aquella mi primera escuela de periodismo.

Desde el minuto 1 llevó ensartados a Iglesias, Abascal y Puigdemont en un mantra acusador, implacable, los tres caudillos hechos hidra de tinieblas, adalides de un tiempo aciago en que el bienestar no genera sino ofendidos a media jornada, oprimidos de pega e indignados sin memoria. En su habitación de un hotel de Sarajevo, un intelectual trata de poner en pie un discurso sobre Europa. Apenas dispone de hora y media para ello, la misma cuenta atrás, en cierto modo, que pende sobre el Viejo Continente. Cito de memoria: “Ese iluso de Iglesias cree que el populismo es como el colesterol: que hay uno bueno y uno malo; como si el odio que hoy se vierte contra las élites no fuera a alcanzar mañana a los inmigrantes, a los homosexuales… Vean, si no, a los chalecos amarillos: el primer sábado se manifestaron contra el Gobierno, el segundo la emprendieron con la prensa, el tercero con los comerciantes y el cuarto con los judíos.” Dígase a modo de fiera letanía, de rumor embravecido, de amargo ritornelo que es al tiempo mitin y soflama, editorial y homilía, necrológica y arenga.

Era Bernard-Henri Lévy y era el Coliseum, sí, pero podía ser un bardo en una esquina de Brooklyn, tan recentísimas nuevas voceaba: “41 senadores franceses denuncian la represión contra los líderes del procés”. Y bien: quién mejor que un histrión para dar noticia de histrionía. El dueño del hotel, un catalán inverosímil que guardaba un raro parecido con el cómico Boadella, le va surtiendo de whisky, aspirinas, embustes: “Verá, señor Lévy, los catalanes somos… los catalanes somos diferentes”. Pero nuestro hombre no se da a la bebida; lo haría de buena gana, sí, pero Europa, el sabor de los besos en el Duomo, bien merecen mantenerse sobrio. Porque hay esperanza. Y así, como un borracho lúcido, evoca una conversación con Thatcher. De Yugoslavia, hablaban. Ella: ¿Cómo se le ocurre, mesié, comparar Sbrenica con Auschwitz? Él: Ah, madam, porque si el recuerdo de Auschwitz no sirve para evitar Sbrenica, a qué el recuerdo de Auschwitz. Cuando Lévy se zambulle en la bañera es ya un hombre empapado que acaso pretenda, al subrayar esa misma condición, al encarnar literalmente al “intelectual que se moja”, ofrendarse como ejemplo y bien está.

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