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Greta y los lobos

"Más inquietante resulta que un mundo de adultos sea incapaz de comprender los peligros que supone dejar el activismo en manos de los menores"

Foto: LEONHARD FOEGER | Reuters

Anteayer me di de bruces, en una librería de Barcelona, con el libro de Greta Thunberg. No me sorprendió: encontré perfectamente natural que existiera no un libro de Greta Thunberg, como se podría hablar de un libro de Javier Marías o de Laura Freixas, sino el libro de Greta Thunberg. Y eso lo dice ya todo sobre Greta Thunberg o, si se quiere, sobre el fenómeno Greta Thunberg: un fenómeno que produce un libro que se quiere vender como se venden los libros de las celebridades.

En los últimos días, Daniel Gascón y Laura Fábregas se han referido al uso periodístico, político y hasta familiar de la niña Thunberg, que pese a padecer distintos trastornos de la atención -o pese a ello- se ha convertido en símbolo del malestar intergeneracional por la pasividad climática. Ha sido recibida por el Papa, invitada a las cumbres internacionales y figurado en la portada de la revista Time. De la atención mediática no hay que extrañarse: lo raro vende y los medios viven de llamar la atención. Más inquietante resulta que un mundo de adultos sea incapaz de comprender los peligros que supone dejar el activismo en manos de los menores: peligroso para los menores y para los adultos.

Si bien se mira, Thunberg es un ejemplo más de la creciente sentimentalización de la democracia. Décadas de debate público sobre el calentamiento global pasan de repente a un segundo plano ante la fuerza arrolladora que para el gran público tiene la obsesión de una joven escandinava. Eso no es culpa de Thunberg, a la que resulta difícil imputar responsabilidades de ninguna clase: habrá que pedir cuentas, en todo caso, a quienes sustituyen el debate racional por el tráfico de emociones.

Ahora bien: ¿qué debate racional? Durante décadas, la ciencia del clima ha venido afinando sus teorías, ofreciendo con ello una base sólida para la discusión política. Pero la ciencia ha sido la primera víctima de una ideologización interesada: unos querían acabar con el capitalismo y otros dejarlo tal como está. ¡Naomi Klein contra el lobby petrolero! Así que la conversación pública sobre el cambio climático ha girado en torno al tremendismo de unos y la indiferencia de la mayoría. Desde ese punto de vista, que la conciencia pública solo parezca aumentar a consecuencia de las acciones de una escolar sueca no deja de ser perfectamente lógico: un chubasquero amarillo da menos trabajo que los informes del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático. Y no es casualidad que esto suceda en la era de las redes sociales, que ha multiplicado las posibilidades expresivas de los menores: para bien o para mal.

En fin, parece que algo está cambiando: empezamos a desarrollar una cierta conciencia planetaria y las políticas sostenibles van ganando -sobre el papel- apoyo público. Ya era hora. Pero esa creciente conciencia planetaria es solo el comienzo de un largo -interminable- proceso de gestión de las relaciones socionaturales. No es una tarea fácil, ni hay una sola manera de afrontarla; queda mucho por discutir. Por eso convendría que abandonáramos nuestra minoría de edad culpable, como ya pidiera Kant hace un par de siglos, a fin de comportarnos como adultos. Y dejemos que Greta crezca en paz.

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