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Honor y lealtad

"Es la vida alta, la que mira hacia arriba. La que busca una realidad capaz de trascender la detestable sombra del mal"

Foto: Luca Giordano | Museo del Prado

La realidad tiene un claro componente ciclotímico. El pasado viernes, por ejemplo, nos levantamos con las esperanzadoras noticias de un nuevo antiviral que podría resultar efectivo contra la COVID-19. El jueves, en cambio, nos habíamos acostado con los datos del paro en Estados Unidos, escalofriantes, casi españoles. Nuestro ánimo, afectado ya por el confinamiento de semanas, oscila como un péndulo de norte a sur, de este a oeste. La ausencia de información fiable ha sido una constante desde el inicio. Y ciertas políticas que en algunos casos rozan lo criminal, por incompetencia y por falsedad. El declive de una civilización también se mide de acuerdo a estas categorías, la incompetencia y la falsedad. Además, no conviene desear en exceso según qué cosas, porque al final terminan sucediendo. El idealismo tiene un componente profético difícil de medir, pero constatable: nuestros pensamientos forjan la realidad, los delirios se cumplen.

Escucho en bucle el Vater unser de Arvo Pärt, un escapismo más, y el magnífico programa de Radio Clásica, Sicut luna perfecta. La belleza es más sólida que la ciclotimia o, en todo caso, resulta balsámica. Hace unos días, veía un documental estremecedor sobre el padre Tertulian Langa, víctima de las torturas comunistas en las cárceles de Rumanía. Su nieto, el también sacerdote y admirable muralista Ioan Gotia, contaba que su madre vio por primera vez a quien era su padre en la cárcel cuando ella tenía ya siete años: un encuentro de cinco minutos con las rejas por medio. La niña dijo dos frases: “Papá, me estoy preparando para la primera comunión” y “papá, escribo poesía”. Es la vida alta, la que mira hacia arriba. La que busca una realidad capaz de trascender la detestable sombra del mal. La vida que reivindica la esperanza, el arte, la cultura, el respeto, la libertad, la confianza, la civilización, la ayuda, el encuentro... Es la vida buena frente a la buena vida.  

Las palabras envejecen cuando no las utilizamos, se vuelven nada cuando callamos y otorgamos. Pedro Herrero afirmaba hace unos días en su pódcast Extremo Centro que ya no iba a callar y entendí que no lo iba a hacer simplemente porque estaba cansado de tantas imposturas. Callar, dormir, tiene consecuencias. En este sentido, Jünger dijo hace mucho que, por favor, no le pidieran que sonriera mientras el médico le examinaba los testículos. Supongo que no es tiempo de bromas. El hombre sólo es libre si acepta los riesgos de la libertad; en eso no se distingue del esclavo. Hasta ahí llega la ciclotimia de la realidad, su naturaleza bifronte. Hoy no me he afeitado, ni tampoco lo hice ayer, ni anteayer… ¡Qué estupidez por mi parte! Tengo que mantener las formas, porque la vida también son las formas. Los niños me esperan en el salón para jugar al ajedrez. Más tarde, ya en la cama, les leeré un capítulo de Asedio y caída de Troya. Esta noche toca el asesinato de Patroclo y la posterior muerte de Héctor a manos del colérico Aquiles. Recuerdo que, de crío, la primera vez que lloré con un libro fue al leer este episodio. Deseaba la victoria de Troya, poder reescribir la Historia. Admiraba a Héctor: un hombre de honor y lealtad. Su derrota es la nuestra, pero también su victoria posterior en Roma, con el piadoso Eneas. Si hay que caer, caigamos con él.

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