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La ciencia de lo sencillo

"Con la victoria de Boris Johnson se agrava la crisis del modelo que surgió de la posguerra con su abanico de certezas"

Foto: Lindsey Parnaby | Reuters

Hay quien dice que la filosofía es la ciencia que se dedica a estudiar lo sencillo, que por supuesto no lo es tanto cuando lo observamos con cierto detenimiento. Quizá suceda lo mismo en la política, aunque en un sentido opuesto: pensamos que es sublime y compleja, le dedicamos nuestras mejores palabras y nuestros mayores esfuerzos, pero al final sus motivaciones responden a una banal simplicidad. Hay una lógica en el poder que busca preservarse a sí mismo y hay otra lógica en la sociedad que reclama seguridades, altas dosis identitarias y retóricas moralizantes, aun cuando lo haga sólo para ocultar egoísmos de toda clase. Ni el triunfo de Donald Trump ni la reciente victoria de Boris Johnson pueden considerarse fenómenos inexplicables o irracionales: se trata de políticos populistas, en efecto, que sencillamente han sabido leer e interpretar las pulsiones sociales causadas por la crisis del liberalismo mejor que otros. Otro tema distinto es prever cómo afectarán sus políticas a sus respectivos países. O sospechar que no resultarán positivas. No del todo, quiero decir.

Aunque en realidad el futuro es y sigue siendo una incógnita. En Europa tendemos a pensar que el brexit constituye un mayor error mayúsculo que va en contra del curso de la historia y, sin embargo, de fondo late una especie de temor, un miedo a no tener la razón y a que, al final, la UE termine en fracaso. Si algún país puede permitirse ese riesgo es el Reino Unido, con su vínculo atlántico, con la potencia cultural y lingüística del inglés, el prestigio de sus universidades y la condición de auténtica capital global que Londres ostenta junto a Nueva York. 

El temor de Europa coincide también con el recelo británico. Aunque sea por vías distintas, ambas se muestran desorientadas ante los efectos perturbadores de la globalización y la irrupción de nuevas potencias imperiales. Con la victoria de Boris Johnson se agrava la crisis del modelo que surgió de la posguerra con su abanico de certezas. El Reino Unido se dispone a romper con la Unión –¡cuánto antes mejor!– y a experimentar con la ruta Singapur: bajos impuestos, seguridad jurídica, lingua franca y ejercer de punto de enlace entre América, Asia y Europa. Hay aquí una ambición mayor de lo que puede parecer a primera vista.

Porque al final nos olvidamos también de una cosa. El Reino Unido se marcha porque nosotros ya hemos perdido el atractivo, lo cual denota errores graves de construcción por nuestra parte. Hemos querido dar por muerto el Estado-nación y lo que ahora regresa precisamente es el Estado-nación, sin que hayamos sabido construir una nueva forma política plenamente funcional. Desde luego, no resulta fácil hacerlo. Como tampoco lo tendrá fácil Johnson a partir de ahora, ya que se enfrenta a retos a gigantescos; para empezar, ha de decidir si finalmente opta por un brexit más blando o se arriesga a uno duro. Pero el camino que inicia abre enorme desafíos para Europa, algunos especialmente inquietantes si no sabemos contrarrestarlos. Como la influencia magnética del norte de África en la cuenca mediterránea, de Rusia y China en el este y de Estados Unidos en la vertiente atlántica. Tras haber perdido unas cuantas batallas –la de las grandes corporaciones tecnológicas, por ejemplo, o la de la independencia militar–, el tiempo corre curiosamente en nuestra contra.

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