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La España de las banderas en los balcones

Foto: EMILIO MORENATTI | AP

El otoño pasado, España se llenó de banderas nacionales en los balcones. Fue una respuesta comprensible tras el intento de golpe del independentismo. En Cataluña, la aparición de banderas y las manifestaciones constitucionalistas rompieron con la visión uniforme del independentismo y su idea de “un sol poble”. Ganó voz un electorado antiindependentista que ya no puede ignorarse. Si nunca tuvo sentido hablar de los “catalanes” como sinónimo de los independentistas, ahora lo tiene menos aún.

Su surgimiento fue relativamente espontáneo. Mariano Rajoy cometió graves errores en la gestión del 1-O y en días posteriores. Pero nunca apeló al nacionalismo, sino a la frialdad de la ley y la Constitución. Ni siquiera el discurso del rey, tan criticado por el independentismo y el catalanismo, se excedió: habló de lealtad constitucional y cumplimiento de las leyes.

Fue una reacción identitaria relativamente controlada. El independentismo se volvió histérico con un supuesto auge de la extrema derecha, pero realmente le costó encontrarlo más allá de episodios puntuales (el “a por ellos”, la agresión a Jordi Borràs). Las banderas permanecieron varios meses y se fueron destiñendo.

Tras la victoria de la moción de censura Pedro Sánchez, dos partidos se han disputado la representación de la España de las banderas en los balcones. En julio, Pablo Casado dijo que el PP tenía que “conectar con la España de las banderas en los balcones”. El 12 de octubre, promovió el hashtag en Twitter #Españaentubalcón. Ciudadanos, por su parte, estacionó un autobús frente al congreso con el eslogan ”Stop Sánchez, elecciones ya“, y repartió folletos con frases como ”si sientes como tuya cada bandera de España en el balcón” (otras son “Si crees que Pedro Sánchez se está cargando España” o “Si quieres elecciones y no un presidente que depende de Puigdemont y Otegui”).

La España en los balcones es de un nacionalismo banal. Es un repliegue defensivo. El peligro está en quienes intentan normalizarla, convertir esa sensación de orgullo herido en una actitud común, no eventual. La campaña de las elecciones andaluzas se está planteando como una moción de confianza del gobierno de Sánchez, pero también como una preocupante exploración sobre la identidad española.

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