José Carlos Rodríguez

La verdad sobre el caso Epstein

"¿Murió Jeffrey Epstein solo? Parece lo más probable, pues, realmente, ¿quién podría haberle matado? ¿Quién, sino los propios funcionarios u otros presos podría acceder a Epstein?"

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La verdad sobre el caso Epstein
Foto: Aggie Kenny
José Carlos Rodríguez

José Carlos Rodríguez

Elegí vivir de contar lo que acaece. De todas las ideas sobre cómo debemos convivir, la libertad no me parece la peor.

“Nos vemos el domingo”. Fueron las últimas palabras que dijo Jeffrey Epstein a sus abogados el viernes, 9 de agosto. Al día siguiente aparecía muerto en su celda, en un aparente caso de suicidio.

Epstein, ya lo saben, es el inversor que había creado en una isla un parque de atracciones para aficionados a las menores de edad. Un espacio desconocido para las personas con fibra moral, lugar de recreo para ricos y poderosos, para aquellos que creen que lo merecen todo y que para ellos no valen las normas que nos constriñen al común. Bill Clinton, de quien Epstein tenía un extraño retrato vestido con un traje azul de mujer y con zapatos de tacón, la visitaba con frecuencia.

El caso ha alimentado todo tipo de sospechas por las circunstancias de su muerte. Tres semanas antes de su muerte, el 23 de julio, apareció tendido sobre el suelo de su celda. Epstein dijo entonces que había sido víctima de un intento de homicidio, pero no hay ninguna prueba de ello ni motivo para que algo tan grave como matar a un preso en una institución federal tuviera visos de ser cierta.

De modo que se le sometió a una vigilancia reforzada, en la que están bajo una observación permanente, como es común en estos casos. Pero, por motivos que aún se desconocen, los gestores de la cárcel (la institución federal Metropolitan Correction Center) la retiraron a los seis días (29 de julio). Quizás tenga que ver que los servicios de psicología de la cárcel, que le visitaban a diario, no observasen en él ninguna tendencia a cometer suicidio. Esto es extraño, pues una persona que alberga ideas suicidas no las abandona por completo de forma inmediata, lo cual puede interpretarse como que nunca quiso hacerlo.

Los guardias habían trabajado muchos turnos extra recientemente, y se quedaron dormidos durante tres horas en su cambio de turno. Luego falsearon sus registros para cubrir su falta de diligencia. Cuando recuperaron su actividad, se olvidaron de comprobar el estado de Epstein, quien yació muerto en su celda durante horas, a pesar de que, para los presos comunes, sobre los que no recae un protocolo de vigilancia especial, los guardas tienen que ver las celdas cada 30 minutos. Estas cosas ocurren. La persona encargada de escoltar al presidente Lincoln le había abandonado para ver la obra de teatro desde otro palco.

Epstein estaba en la Unidad de Alojamiento Especial, desgajada del resto de la cárcel, y de la cual un preso que había conocido ambos sitios dijo que era “menos acogedora que Guantánamo”. Uno de los motivos es que sus inquilinos deben llevar camisa de fuerza, que Epstein no tenía. En estas situaciones, se les presta sábanas de papel, que no aguantan el peso de una persona. Pero Epstein tenía una de tela, con la que se ahorcó. Ello en una celda que está diseñada para que nadie muera por sus propias manos. El suicidio es la principal causa de muerte en las cárceles, pero en el Metropolitan Correction Center los últimos 40 años sólo ha habido un caso, el de Louis Torra, en enero de 1998.

Se transfirió su compañero de celda (acusado de cometer asesinatos en serie) a otro lugar poco antes de su muerte, pero no le sustituyeron de forma inmediata por otro preso, de modo que le dejaron solo. Lo cual de nuevo viola la política penitenciaria. Tenía roto el hueso hioides, y se ha dicho que esa lesión es común en los casos de estrangulamiento, pero también puede ocurrir en un ahorcamiento, que es lo que dice la autopsia que ocurrió.

Todos estos datos quedarían es la expresión de la proverbial mala gestión pública, si pudiésemos ver el vídeo que se le grababa de forma ininterrumpida. Sólo que, de nuevo, la grabación se estropeó antes del hecho luctuoso.

No he mencionado una de las claves de todo crimen, que es el móvil, quizás porque es fácil de adivinar. El periodista James B. Stewart no nos da tiempo a que vuele nuestra imaginación. En un artículo publicado en The New York Times dice que Epstein, en el curso de una entrevista sobre su relación con Tesla, le contó que tenía relación con un número apabullante de personas ricas, famosas y poderosas, y que sabía mucho sobre ellas “incluyendo detalles sobre sus aficiones sexuales y el uso recreativo de drogas”. Pero una cuestión es sentirse aliviado por la muerte de Epstein, y otra decidir actuar contra él, y mucho menos tener los medios adecuados para llevar a cabo un plan para acabar con su vida.

¿Murió Jeffrey Epstein solo? Parece lo más probable, pues, realmente, ¿quién podría haberle matado? ¿Quién, sino los propios funcionarios u otros presos podría acceder a Epstein?

Ahora bien, esa consideración no nos libra de pensar que haya habido una conspiración para acabar con su vida. Pues, como ha dicho el médico Marc Siegel, que ha estudiado el caso y ha dedicado parte de su vida profesional a la custodia de presos y de enfermos psiquiátricos, “los funcionarios de prisión que le retiraron la custodia permanente de Jeffrey Epstein le condenaron a una muerte casi segura”, si es cierto que quería quitarse la vida.

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