Julia Escobar

Lo que dice Goethe del cuco

«A Goethe lo que más le asombraba no era tanto que el cuco confiara su progenie a otras especies, sino que éstas lo aceptaran con naturalidad e incluso con gusto»

Opinión

Lo que dice Goethe del cuco
Foto: Maria Stewart| Unsplash

Antes, cuando en España se podía circular libremente, a la llegada del buen tiempo nos desplazábamos a nuestra rústica dacha situada, ay, en un virreinato diferente al nuestro. Una vez ahí, el milagro siempre renovado de los bulbos, tan fieles a su cita, tan agradecidos y sufridos, convertidos ya en jacintos, narcisos y tulipanes, nos saludaban al llegar, dilatándonos el alma con sus colores amarillos, blancos o morados. Pero en realidad a nosotros lo que más nos importaba, y a lo que estábamos más atentos, era a la aparición en escena de otro de los principales heraldos de la primavera añorada: el cuco que, si no es una de las aves precursoras de la estación, sí es la oficialización de esta, su puesta de largo y la predilecta de los poetas y los habitantes de los alrededores.

Su reconfortante y repetitivo canto nos llegaba de las profundidades del sotobosque cercano a nuestra casa. En cuanto lo oíamos –porque verlo es prácticamente imposible– se lo decíamos inmediatamente (si no nos lo había comunicado él primero), a José Jiménez Lozano en esa suerte de competición amistosa que habíamos entablado con él, pues era uno de los grandes admiradores de ese verdadero fenómeno ornitológico al que ha dedicado un libro de poemas La estación que gusta al cuco (Pre-Textos) y numerosos comentarios.

No es el único: también era un tema recurrente en Álvaro Cunqueiro, otro gran observador de esa y otras aves con enjundia, a la que todos los años dedicaba un artículo tan pintoresco, ilustrado y abigarrado como todos los suyos. y en tantos otros poetas. Pienso en José María de Sagarra, autor de Los pájaros amigos, donde el escritor catalán salda su deuda poética con esos animales prehistóricos que a pesar del maltrato que se les suele dispensar nos acompañan y mantienen limpios de gusanos e insectos nuestros jardines, parques y campos, llenándolos con «las flautas y los violines de su canción», deuda que ahora heredamos nosotros.

Podría extenderme en la evocación de otros nombres destacados de la literatura que se han ocupado de este pájaro escurridizo, tan difícil de observar, pero no es de eso de lo que quiero hablar, sino de las leyendas que rodean a este pájaro, cuyo repetitivo canto se ha convertido, gracias a los relojeros suizos, en el emblema del paso del tiempo y cuya inveterada costumbre de poner los huevos en nido ajeno para que los críen otros le ha convertido en el patrono de los gorrones.

Entre esos poetas quiero destacar hoy a Goethe, pues con ocasión del centenario de su muerte, el 22 de marzo de 1832 a los 83 años, he repasado con nostalgia (por haberlas leído ya) las inapreciables conversaciones que con él sostuvo el que fuera su secretario personal, Johan Peter Eckermann, hasta casi el momento mismo de su muerte, publicadas íntegramente en español por El Acantilado y traducidas por Rosa Sala. Una vez más, como suele ocurrir con tanta frecuencia en los libros que leemos, me he encontrado en esas conversaciones un fiel reflejo de mis inquietudes del momento.

Paseaban ambos por el bosque y mencionaba Eckermann, apasionado ornitólogo, las distintas particularidades de las aves que se encontraban a su paso, cuando salió a relucir el cuco. Eckermann le contó entonces que este pájaro, al ser herbívoro, sólo condesciende a dejar sus huevos en los nidos de otros pájaros que también lo son. Los padres adoptivos, no conformes con aceptar este encargo, se sienten además tremendamente felices y orgullosos de haber sido elegidos para tan alta misión, hasta el punto de que cuidan a esos polluelos postizos con más cariño que a los suyos propios, permitiendo incluso que algunos de éstos mueran de inanición.

El cuco es un caso evidente de líder carismático, pues, una vez criado, pero todavía joven, suele instalarse cerca de sus padres adoptivos que le siguen alimentando con sumo placer. Pero no sólo ellos, también los demás pájaros, acuden magnetizados a su reclamo y le dan de comer. Como muestra de amor estos cucos, cuando les llega su turno, dejan a veces sus propios huevos en los nidos de sus padres adoptivos. A Goethe lo que más le asombraba no era tanto que el cuco confiara su progenie a otras especies, sino que éstas lo aceptaran con naturalidad e incluso con gusto, en lo que veía «la omnipresencia de Dios que había extendido e implantado por doquier una parcela de su amor infinito».

Pero no termina aquí todo, en la entrada del día 25 de marzo de 1831, como si hubiera una conexión entre lo añorado y lo leído, me encuentro con el siguiente párrafo:

«Después de comer –escribe Eckermann nos hemos paseado por el jardín, deleitándonos en contemplar los jacintos blancos y los narcisos amarillos en flor. También habían salido los tulipanes y hemos hablado de la gran calidad de los productos holandeses de esta especie. Un gran pintor de flores –dice Goethe no es concebible en nuestra época en la que se exige una gran veracidad científica, y el botánico le pedirá al artista todos los estambres, cuando en realidad a este último sólo le interesa lo pintoresco del conjunto y el colorido».

Exactamente como me ocurre a mí; al no ser botánica, ni ornitóloga, ni científica, no de otro modo miro ese regalo de la naturaleza y los cuadros y dibujos que alimentan mis sueños y pienso qué es verdad, que tal vez el progreso científico –y más ahora con la fotografía y el cine– han ido anulando ciertas habilidades artísticas como a la que alude Goethe, o la descripción de paisajes e interiores domésticos en literatura. O como la capacidad de calcular mentalmente o de memorizar los números de teléfono, que ha sido desplazada por las calculadoras y las agendas electrónicas. O la escritura amanuense, que está haciendo que los dedos se nos vuelvan huéspedes.

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