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Mientras vivas, brilla

"Las sociedades que se cuidan a sí mismas recuperan su pasado, lo preservan y lo integran, porque saben que, en primer lugar, somos herederos y esa herencia –no siempre agradable– forma parte de nosotros"

Foto: @Judebeck | Unsplash

La melodía más antigua que se conserva completa tiene que ver con la muerte y con la vida; con el recuerdo y el testimonio de su luz, sería mejor decir. Se la conoce como “Epitafio de Sícilo”, apareció en una estela funeraria y data del siglo I a. C. La música viene acompañada un poema fúnebre que subraya la emoción del compositor Sícilo ante la muerte de su esposa. El texto dice así:

                                               Soy una imagen de piedra.

                                               Sícilo me pone aquí,

                                               donde soy por siempre

                                               señal de eterno recuerdo.

                                               Mientras vivas, brilla,

                                               no sufras por nada en absoluto.

                                               La vida dura poco,

                                               y el tiempo exige su tributo.

Venerar a los muertos y preservar su luz forma parte del culto más primitivo de la humanidad. He escrito “primitivo”, pero debería haber dicho “íntimo”, porque la humanidad no puede desligarse de ese vínculo que une a los vivos con los muertos y que está inscrito en el alma de los hombres. Michel de Montaigne lo entendió muy bien cuando, refiriéndose a su amigo La Boétie, anotó: “Él todavía está alojado dentro de mí de una manera tan completa y tan viva que no puedo creer que esté tan irrevocablemente enterrado, y apartado por completo de nuestra comunicación”. Por supuesto, no lo estaba. Y esa es la base de la cultura, que encuentra en la piedad hacia los muertos la sustancia misma de la existencia, de los deberes de la amistad, del cuidado extremo para con uno mismo y los demás.

“Mientras vivas, brilla”, es decir, no persigas aquello que emponzoña tu vida: el rencor y el resentimiento, la envidia y el odio. Si algo debemos odiar son precisamente las ideas y las emociones que nos empujan a dejar de cultivar el suelo común. Esta es una lección antigua que reaparece una y otra vez en la historia. Lo sabemos personalmente en nuestras propias vidas, pero también social y políticamente. Las sociedades que se cuidan a sí mismas recuperan su pasado, lo preservan y lo integran, porque saben que, en primer lugar, somos herederos y esa herencia –no siempre agradable– forma parte de nosotros.

En ocasiones, al ir a dormir, les pongo esta música a mis hijos, pero no les cuento nada de todo esto. Me hago la ilusión de que el pasado les hablará directamente y de que Sícilo les susurrará en sueños que debemos ocuparnos los unos de los otros. Hay una gran sabiduría en el vivir sin rencor: con justicia, pero sin ira. Esto es lo que me gustaría explicarles a mis hijos. Pero no lo hago; no al llegar la noche, cuando deben descansar y no necesitan otro sermón de sus padres. Callo y dejo que escuchen la música. Callo y dejo que sigan con sus ojos las palabras del epitafio. Y entonces, secretamente, yo también deseo que ellos brillen y que no sufran más allá de la medida de las cosas.

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