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Félix de Azúa

Tiempo muerto

«No es este un tiempo de preguntas, sino de respuestas y cuanto más estúpidas son las respuestas, mayor es la audiencia»

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Tiempo muerto

André Malraux. | Wikimedia Commons

Como ya les dije, aprovecho estos meses para leer las Antimemorias de Malraux, dos enormes volúmenes de Penguin con el título definitivo El espejo del limbo I y II. No son memorias, sino un híbrido descarado de ficción, recuerdos y reflexiones sobre la guerra y la muerte. Aunque aparecen muchos personajes históricos a los que conoció personalmente, de De Gaulle a Mao, yo diría que, con diferencia, el personaje más inquietante del primer volumen es un desconocido Jacques Méry, protagonista de un interminable monólogo sobre la derrota francesa en Indochina. Su verdadero nombre era Bernard Bourotte y no he encontrado apenas información sobre él. Debió de ser un tipo remarcable, aunque en su monólogo lo único que le obsesiona es su propia muerte, que está ya muy cerca, y el sentido de una vida que se acaba junto con todo el extremo oriente que él conoció. Su desaparición, hoy día, es completa incluso en Internet. No encuentro nada sobre él. Es un muerto enteramente muerto. 

Malraux lo trata con mucho más respeto que a Nehru, a Churchill o a cualquier otro de sus personajes históricos incluido De Gaulle. Es un diálogo muy notable, aunque casi sólo habla Méry. En realidad, es un monólogo de Malraux consigo mismo a través de la experiencia de Méry y por eso lo interesante no es la existencia real de Méry, trasunto del propio Malraux que es quien expone, en estas páginas, el contenido profundo del libro. Como él mismo advertía a sus posibles lectores: «Sólo vais a conocer a un hombre atento a las preguntas que la muerte le hace a la existencia». Lo que leemos es la lucha desesperada, como la de un tigre encerrado en una jaula, del condenado a muerte que trata de descubrir una salida. No la hay, evidentemente.

«Me asombra que esta inquietud ante ‘las preguntas de la muerte’ haya desaparecido por completo de nuestra cultura. Que nadie se proponga esas cuestiones, esa lucha contra el enigma, como si nos hubiéramos rendido ante la insignificancia»

Me asombra que esta inquietud ante «las preguntas de la muerte» haya desaparecido por completo de nuestra cultura. Que ya nadie se proponga esas cuestiones o similares, esa lucha contra el enigma, como si nos hubiéramos rendido ante la insignificancia. No éste o aquél, sino la sociedad más culta de la tierra toda ella, rendida y agotada ante la nada. 

Quedan poblaciones religiosas, desde luego, incluso abrumadoramente religiosas, como el islam, pero no parece que se hagan preguntas. Es más, yo diría que no es este un tiempo de preguntas, sino de respuestas y cuanto más estúpidas son las respuestas, mayor es la audiencia, don’t worry be happy. Sucede todo lo contrario que antaño: quienes se hacen esas preguntas en público, porque aún quedan imprudentes, son inmediatamente demonizados, a menos de que se trate de los obispos que forman parte del decorado, como los pilotos de Fórmula Uno y las esposas de futbolistas. Pero tampoco los eclesiásticos se hacen muchas preguntas. Incluso menos que los pilotos de F1 y las esposas de futbolistas. Todos, como locos, buscando respuestas a inexistentes preguntas.

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