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Nuestros contemporáneos

"El destino dirige a quien acepta ser guiado y arrastra a los demás"

Foto: Alessandra Tarantino | AP

Mientras anochecía en Roma, el coro de la Capilla Sixtina entonaba una vieja antífona: “Parce, Domine, parce populo tuo”. Llovía y uno se imagina que hacía frío, porque el frío también es una prerrogativa del alma, como la esperanza. Las imágenes grises y sombrías que llegaban del Vaticano, con la plaza de San Pedro desolada y vacía, quedaban atenuadas por la música y el humo de unos pebeteros. Dos iconos presidían la escena, en la que un papa renqueante y anciano rezaba por la angustia del mundo ante esos dos restos de luz. “Parce, Domine”, repetía el coro; eran palabras del profeta Joel pronunciadas hace miles de años, una oración de súplica ante la ira o el abandono de Dios: “Perdona, oh Señor, perdona a tu pueblo: no estés airado para siempre con nosotros”. En la ciudad, con los portales cerrados, resonaban con furia las sirenas de las ambulancias. Llovía ceniza, que es como decir llovía muerte.

No es necesario ser creyente ni haber aprendido el rico simbolismo de la liturgia para entender que, en estas circunstancias, sólo los antiguos son nuestros contemporáneos. No los datos ni la inteligencia artificial; no la propaganda babélica de Harari con su prometida inmortalidad de clase ni los politólogos que recurren a la imaginería de Netflix; no los fakes de Twitter, que confunden la realidad con la ideología, así de forma solemne y boba. No, nuestros contemporáneos no son los que repiten tópicos envueltos en una verborrea vacía ni los que venden la imagen del presidente como un timonel al mando, aunque todos ellos vivan en nuestro tiempo y sean la sustancia de una época. No, porque cuando llegan las grandes crisis retorna ese mundo trágico que han descrito los clásicos, cada uno con sus palabras, cada uno desde unas circunstancias distintas. Es el mundo de los profetas bíblicos, de Homero y Virgilio, de los mártires romanos, de los cronistas medievales, de la caída de Constantinopla, de Shakespeare y Boccaccio. Es el mundo del destino, ese concepto extraño y fatalista, inaceptable para los adanistas del progreso perpetuo, que se resume en un adagio de Séneca: “Ducunt volentem fata, nolentem trahunt”, esto es, el destino dirige a quien acepta ser guiado y arrastra a los demás. Incluso los dioses temían la tijera de las Moiras, el inexorable hado que los expulsará del Olimpo y del Walhalla. Nadie ni nada escapa al ocaso de los dioses, a la caída de los falsos mitos y de las ficciones. Esa es la gran lección de los clásicos, su perenne contemporaneidad.

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