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Peio H. Riaño

Museos fuera de la ley

Hay un enfrentamiento silencioso y descarado que arrastra a las instituciones museísticas públicas a convertirse en privadas. Como le ocurre a la televisión financiada por los españoles con el resto de las cadenas, unos se contraprograman a otros y todos terminan por formar parte de la misma pasta blancuzca en la que sólo cuenta la popularidad de las obras -convertidas en cromos- y no la propuesta científica que arropan. Lo que pueden enseñar. Unos y otros deciden con su oferta si el visitante es usado o servido.

Opinión

Museos fuera de la ley

Hay un enfrentamiento silencioso y descarado que arrastra a las instituciones museísticas públicas a convertirse en privadas. Como le ocurre a la televisión financiada por los españoles con el resto de las cadenas, unos se contraprograman a otros y todos terminan por formar parte de la misma pasta blancuzca en la que sólo cuenta la popularidad de las obras -convertidas en cromos- y no la propuesta científica que arropan. Lo que pueden enseñar. Unos y otros deciden con su oferta si el visitante es usado o servido.

Mientras se lo piensan, mientras las direcciones de los museos públicos -mayoritariamente masculinas- tratan de hacer de sus museos máquinas sostenibles en la era de la prosa de los recortes culturales, un virus se ha inoculado: audiencias. Como ven, la televisión tiene más vínculos con los museos de los que deseamos. Los museos públicos han convertido el éxito cultural en una cuestión de taquilla y vemos cómo alguno de ellos, sin decoro, trampean su contabilidad de espectadores; otros hacen de un pintor expuesto en la casa, un pintor de la colección, un fenómeno desconocido para batir un nuevo récord de visitas; también los hay que engañan al ciudadano con títulos que no coinciden con el contenido, para atraer sus euros en nombre de la “alta museografía”.

El éxito es el reclamo. No importa lo que hay dentro, no importa en qué consiste la novedad, ni siquiera se cuestiona si la novedad es lo que interesa, porque lo que importa es cómo se envuelve. La tiranía del envoltorio relleno de gas a precios disparados que se pagan con las cuentas públicas maltrechas por la crisis de los bancos. No interesa cuánto cuesta, importa cómo se oculta. Ni siquiera molesta que los museos conserven su opacidad y eviten la transparencia. Rendir cuentas a una Secretaría de Estado de Cultura de Chiste es eso, un chiste. Nadie les controla, porque no hay nadie al volante. ¿A alguien le llama la atención que los directores no atiendan a los patronatos -el único órgano directivo que controla a los directores-, ni que conviertan a las instituciones públicas en panfletos caprichosos, ni que traten a sus ciudadanos como a elementos ignorantes con los que justificar sus intereses?

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