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Jorge San Miguel

La pacificación de las costumbres

«Prohibimos la caza y los toros, pero nos dedicamos afanosamente a criar carnívoros para que nos hagan compañía»

Opinión

La pacificación de las costumbres
Wikimedia Commons

En el Parque Nacional de Monfragüe han prohibido la caza, y parece que la consecuencia inmediata ha sido que unos empleados de Tragsa han acabado tiroteando en sus jaulas, como en un clímax de Peckinpah, a cuarenta ciervos y jabalíes de toda edad, sexo y, digamos, condición. Un clímax socialdemócrata, eso sí, porque ya digo que eran empleados de la administración. De Tragsa y de la administración española igual habría que hablar algún día pero, de momento, conformémonos con filosofar sobre la vida, la muerte, lo privado, el Estado y la moral.

Hace un par de semanas hablaba aquí mismo de esa ética, no sé si superior o extravagante, que desliga cualquier juicio moral del hecho en sí y sólo considera si quien lo lleva a cabo se ha sacado unas oposiciones -o un contrato menor, no seamos puntillosos. Me refería entonces al sexo, pero igual puede ser la muerte. La de un gorrino incluso. La sustitución de la justicia familiar, privada, por la impersonal del Estado, es uno de los puntales del proceso de pacificación de las costumbres observado en Europa desde la Edad Media. Sustraer la sangre a la sangre ha funcionado razonablemente bien en ese terreno, pero no dejo de pensar si extender esa lógica a toda la vida va a salir a cuenta al final. Ya vimos en la pandemia que no usar ni hacer nada que no esté visado por un funcionario o institución oficial puede ser muy peligroso, casi suicida, en tiempos de zozobra. Lo resiliente de verdad, lo robusto, es justo lo que no tocan tipos como los que nos gobiernan.

Cuando andaba haciendo campaña por los pueblitos de Burgos, una tarde me cupo la suerte de sentarme a compartir una cerveza con unas señoras en la puerta de su casa. Las señoras, las últimas dos habitantes del pueblo, nos explicaron muy amablemente que el único ingreso era el coto. Es verdad que ahora podrán optar a instalar placas solares, como pedía Jaume Collboni, o igual pueden montar una start up con el 5G que los dineros europeos van a traer hasta a la última tenada de la España interior. Lo robusto cede ante lo grácil, sobre todo si lo grácil viene con un cheque de 140.000 millones. Después ya se verá.

Volviendo a Monfragüe y a nuestros ciervos, no sólo persiste la perplejidad del criterio moral socialdemócrata, sino la distancia entre la altura de los discursos y los papeles y la bajura abisal de los procedimientos. Unos jaulones, unos animales asustados, tiros a bocajarro. Y a otra cosa. Algunas paradojas solo lo son en apariencia, quizás esta sea de esas; pero todo parece antiestético y grosero. Prohibimos la caza y los toros, pero nos dedicamos afanosamente a criar carnívoros para que nos hagan compañía. Los chalados que intentan convertir a su gato al veganismo solo son instrumentalmente chalados, pues hay un fondo de razón demente en su intención. Estas paradojas irán a más, porque lo de proteger la naturaleza no se nos ha dado mal, y ya la tenemos encima. Vimos hace poco a un paisano que salía de casa y se encaraba con un osezno en Cangas del Narcea: «¡Cagon tu madre!». En breve también los cagamentos los tendrán que hacer empleados de Tragsa, o se licitarán. Todo esto es progreso, me digo, y a la larga el progreso sale a cuenta, ¿no es así? Pero a cierta edad parece inevitable empezar a llevar más la cuenta de lo que se pierde.

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