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José Carlos Llop

Al margen de todo lo demás

«La literatura de alguien como Carrère fue aclamada por el periodismo –cultural o no: recuérdese el caso de ‘Limónov’– porque eso, precisamente eso, es lo que les habría gustado hacer»

Opinión

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Al margen de todo lo demás
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Le han dado el Premio Princesa de Asturias a Emmanuel Carrère y es una noticia excelente, tanto por la calidad de su literatura como por el consenso establecido alrededor de la misma en nuestro país. La obra de Carrère ha conseguido la unanimidad española en su recepción –a partir de que lo recogiera Herralde: antes su biografía de Philip K. Dick y algún otro título habían aparecido en editoriales menos conocidas–, y por bueno que sea Carrère como escritor y por reconocimiento que haya tenido en su país de origen, esa unanimidad, aquí, es llamativa. Él mismo ha dicho, al ser galardonado, que existe «una especie de locura española como la hay rusa. No son gente del todo razonable». Al leerlo pensé en el escritor Cristóbal Serra que sostenía –si no recuerdo mal, junto con su amigo Larrea– que había una conexión entre el espíritu de España y el espíritu de Rusia que protegía a ambas naciones de su desaparición, por mal que fueran las cosas. Los extremos de Europa. 

Quizá esta unanimidad en torno a Carrère sea también fruto de una de las claves secretas de esa conexión de la que hablaba Serra. Si uno se fija en los libros que gustan, se publican y se encargan ahora en nuestro país, o en las modas que dominan, cuanto menos, la superficie del panorama editorial –en la misma Anagrama incluso–, ¿dónde emplazar la obra de Carrère? Lo que más se ve al margen de los seis o siete autores que siguen en la palestra aunque procedan, digamos, del mundo de ayer, es otra cosa. Como es otra cosa –y no a la moda, precisamente– la literatura de Carrère. ¿Es eso síntoma de algo positivo que se nos escapa? Habrá que pensar en el azar, porque la matemática de los algoritmos nada tiene que ver en el asunto y no todo ha de ser consecuencia de la locura ambiente, sea española, rusa o del desierto del Gobi. 

Hagamos el experimento al revés, pensando en la crítica al uso. ¿Qué eco tendría en España el libro de un autor español que narrara su conversión –o reconversión– al catolicismo en paralelo a una lectura de los evangelios de san Lucas y las cartas y obra de san Pablo como hacedor de la Iglesia? Hablo del magnífico El Reino, de Carrère, pero imagínenlo como digo. ¿Habría tenido la misma repercusión o habría sido relegado al limbo de las librerías y revistas religiosas? Y su querencia, tan aplaudida, por la llamada autoficción –él como sujeto central de un ciclo–, ¿sería igual de aplaudida de tratarse de un autor, digamos, nuestro? Si un autor español escribiera sobre su vida privada y en ella apareciera su mujer y saltara el revuelo –el mismo que hizo, por ejemplo, que Yoga fuera retirado de la candidatura del Goncourt–, ¿no sería, como mínimo, criticado con saña desde todas las redes sociales, cosa que muchos jurados tienen en cuenta? Sin olvidar que en esto de la autoficción la crítica española y el periodismo más o menos literario, sin olvidar las políticas editoriales, siempre han dado muestras de cierta navegación errática. Ahora no, ahora sí, ahora medio, medio…

Recuerdo que a finales de los 80, principios de los 90, sobre el género diarístico se echaban toda clase de pestes y era rechazado por las editoriales de peso. Y recuerdo también que, años después, se juzgaba la autoficción como una mascarada donde no se sabía lo que era realidad, lo que era invención y lo que era afán de novelar. Tal ensalada resultaba indigesta y tanto en los diarios como en la autoficción, la acusación menor era la del narcisismo de su autor. Después venían la falta de imaginación y otras lindezas, entre ellas, la distinción entre literatura-literatura y reportaje periodístico, que era lo que se achacaba, con cierto gesto de perdonavidas, a la autoficción. Entonces todavía se hacían esos distingos.

Esos distingos se acabaron cuando el periodismo –y no al revés– entró en el campo de la literatura (y no hablo de Capote, ni de Mailer o Tom Wolfe). Cuando la escritura periodística abandonó los periódicos para habitar otro espacio que antes ignoraba, o no consideraba propio. Cuando las columnas de los periódicos empezaron a desplazarse de literatos a periodistas, cada vez más a favor de estos últimos. Cuando los trabajos de investigación –otra forma de la autoficción– fueron valorados y cristalizaron en forma de libro y no de serie de artículos en un medio. Cuando la literatura de alguien como Carrère fue aclamada por el periodismo –cultural o no: recuérdese el caso de Limónov– porque eso, precisamente eso, es lo que les habría gustado hacer. Tal vez ahí naciera esa unanimidad. Aunque esto haya ocurrido al margen de los propósitos de Emmanuel Carrère respecto a sus propios libros y a la construcción de un mapa literario de tanta riqueza, originalidad y solidez como el suyo. Por eso este no es un artículo sobre literatura. Paraliterario todo lo más, en función de los vaivenes que dan las cosas. 

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