THE OBJECTIVE
Gonzalo Gragera

Andalucismo descafeinado

«Manuel Clavero Arévalo nos dejó esa frase que es un sistema político, la del café para todos. Teresa Rodríguez nos deja con el sabor de un andalucismo descafeinado»

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Andalucismo descafeinado

Pepe Torres | EFE

Las declaraciones de Teresa Rodríguez en las que afirmó que «el flamenco es el testimonio vivo de la lucha del Pueblo Gitano contra el exterminio ordenado una y otra vez por los reinos de Castilla» han sido comentadas, de manera reiterada, en estos días: de los periódicos a las radios, de las redes a los tuiteros. A la líder del partido Adelante Andalucía —nuevo partido de corte andalucista que se suma a una larga historia de refundaciones que, esta vez sí, entronca con los reinos de Castilla (sic)—, se le ha ido la expresión de las manos. Suele pasar en los nacionalismos sentimentaloides, tan dados, como señala el periodista Carlos Zúmer, al victimismo y la exageración de un agravio. Tanto es así que fabrican una historiografía a la medida de los prejuicios ideológicos de cada ideología nacionalista.

Pero la declaración de Rodríguez acaso sea un apunte anecdótico que nos sirve para mostrar asombro y desconcierto. Y nada más. Lo relevante del asunto quizá esté en otro enfoque: en la ausencia de ideas en el andalucismo posautonómico. Por otra parte, el hecho de crear un nuevo partido andalucista también denota una disgregación de pequeños reinos de taifas que impide alcanzar un poder político significativo —¿cuántos andalucismos contamos hoy día?—. En 2021, el discurso por Andalucía lo firma cada uno de los partidos del Parlamento andaluz, excepto Vox.

Decía el poeta Luis Cernuda que Andalucía es un sueño que varios andaluces llevamos dentro. Del andalucismo de hoy se puede decir que es un sueño que cada ideólogo andalucista lleva dentro. Tras el innegable apoyo popular, y éxito, en los años de la Transición, con Uruñuela, Diego de los Santos, Rojas-Marcos, Clavero Arévalo… el andalucismo envejeció muy pronto, entre disputas internas y desencantos varios. Desde entonces, han sido numerosos los ejemplos de movimientos que han intentado vertebrar un partido que represente los intereses andaluces tanto en el Parlamento andaluz como en el Congreso. Ninguno ha tenido demasiado recorrido. Quizá porque esa representatividad, cuando se pretende desde la perspectiva de la comunidad andaluza, se pierde. Aún pesan rivalidades, torpes rivalidades, entre las propias provincias andaluzas, una situación que no facilita un proyecto político con futuro.

El andalucismo más reciente no ha sabido ir más allá de clichés, sentimentalismos, autocomplacencias, ideas enlatadas. Similar a las expresiones de orgullo efímero de cada 28 de febrero, cuando presumimos de escritores y poetas que no se suelen leer más que de oídas, o cuando tratamos de asociar el lugar de nacimiento, casual acontecimiento, con la producción cultural de un genio: aquí nació Picasso y Juan Ramón Jiménez, y qué grandes somos.

Lo que transmite el mensaje de Teresa Rodríguez es esa ideología andalucista a la que le falta concretar el desarrollo de las propuestas, y con la que no va más allá de señalar manidas reivindicaciones. Es un andalucismo que nos puede parecer contestario o combativo, pero que, en el fondo, y en las formas, es estereotipado y de tono folclórico. Como una copla: lamento, lamento, lamento, emoción y lamento. Es el andalucismo que está más pendiente del agravio que de construir una propuesta política con ideas propias, adaptadas a las necesidades de una comunidad —que claro que las tiene—.

Manuel Clavero Arévalo nos dejó esa frase que es un sistema político, la del café para todos. Teresa Rodríguez nos deja con el sabor de un andalucismo descafeinado, que apenas nos despierta y nos activa.

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