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Diego S. Garrocho

Antifas de Falange

«Acabarán logrando que la gente se crea lo que decía José Antonio: que el falangismo no era de derechas ni de izquierdas»

Opinión
Antifas de Falange

José Antonio Primo de Rivera durante un mitin de Fala|WIKIPEDIA

Dicen que nada une más que un enemigo común. Y casi es cierto, aunque lo que de verdad te une a otro es compartir insulto. La comunidad gay lo sabe y tal vez por este motivo decidieron servirse del término queer para resignificar lo que en su día pretendió ser un término ofensivo. Y muy bien que hicieron, aunque Miguel de Molina llegaría a conseguirlo incluso con más gracia. Si quieren agregar una mayoría sírvanse del agravio y de la injuria y ya verán a qué velocidad son capaces de unir lo que otrora andaba disgregado. Un buen insulto es capaz de agavillar a la familia más desestructurada. Y si a Caín y a Abel les hubieran mentado a la madre, otro gallo les habría cantado.

En los últimos meses los valentones del clic andan ufanos repartiendo carnets actualizados de fascista, pues el antifa necesita al facha tanto como el cazafantasmas al espectro. Cualquiera que haya visto a un fascista de verdad conoce su condición terrible. Por eso es tan peligroso nombrar al fascismo en vano, como tiempo ha se hizo con Albert Rivera. En aquel entonces quemaron un cartucho (el primero) llamándole «falangito», y como la broma y la rima con la mascota del Mundial estaba tan bien traída, algunos decidieron perdonarlo. Se non è vero —pensaría algún incauto— è ben trovato. Todo por las risas.

Pasó el tiempo y lo de «facha» dejó de asustar, así que la huida hacia adelante exigió nombrar al fascista con todas sus letras. El problema del antifascismo es que, como cualquier droga, genera tolerancia. Y para que el chute surtiera el mismo efecto había que ir subiendo la dosis. Hasta qué punto no harían del facherío una caricatura inane que Isabel Díaz Ayuso, que es un perro tejonero en lo del olfato electoral, sacó su alma cheli de galleo para decir que si te llaman facha es porque estás en el lado correcto de la historia. Le faltó subirse el cuello de la chupa como Cantona, mientras Reyes Maroto sujetaba sus amenazantes fotocopias con la convicción de un preso que sostiene su número de detenido.

No contentos con abusar de la bala de plata, que diría Rubén Amón, ahora hay quien la ha cogido contra algunos escritores de izquierdas que con cordura nos recuerdan algunas reclamaciones legítimas. Rojipardos y neorrancios los llaman, por defender elementos esenciales de cualquier vida feliz. Alguien ha pensado que regalarle la defensa de la familia, la amistad, algunos vínculos sociales y ciertas formas de folclore popular al adversario era una buena idea. Los jóvenes han descubierto que con sintagmas flotantes y con la deconstrucción de narrativas no van a pagarse el alquiler ni van a construir una vida que merezca la pena ser vivida. Y como la trampa se ha venido abajo, quienes vivían al abrigo del invento no piensan perdonarlo.

Existe un riesgo letal en este nuevo intento de desprestigio inverosímil. A fuerza de vincular el fascismo con causas perfectamente razonables conseguirán despertar una bestia que todos creímos dormida. A este paso acabarán logrando que la gente se crea lo que decía José Antonio: que el falangismo no era de derechas ni de izquierdas, sino de toda la gente decente. Cuando eso ocurra, sólo pido que ningún inocente se pregunte cómo pudimos llegar hasta aquí. 

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