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Joaquín Jesús Sánchez

Monigotes coloridos

«Madrid es un parque temático de sí misma, de eso que llaman cañí o chamberilero, que no es otra cosa que una catetada insulsa, pero llamativa»

Opinión
Monigotes coloridos

Madrid se ha llenado de osos con colorinchis. Lo que nos faltaba. Dicen que para homenajear a los héroes del COVID (¿quién podría negarse?). Un comité montado por ejecutivos de PRISA, Andrea Levy, una subdirectora del SAMUR, otro de los bomberos, una policía, Almeida y un paciente que pasó el coronavirus ha escogido cuarenta réplicas del famoso oso con el madroño (que mira que es feo) para repartirlas por la ciudad.

Ignoro la cualificación de los miembros del excelentísimo jurado en lo que al arte público se refiere, pero vamos camino de tener que desplazarnos en gorrocóptero, porque en esta ciudad no queda espacio para los peatones con tanto artefacto hortera. Como tengo mucho tiempo libre y no me importa hacerme daño, me he repasado los cuarenta (¿he dicho ya que son cuarenta?) diseños, que parecen sacados de una escuela infantil de dibujo para chavales daltónicos rescatados de Charlie y la fábrica de chocolate. Hay quien ha pintado el mamotreto color azul– cielo de Madrid y, encima, un globo rojo con forma de corazón (cameo de Banksy). Los hay con líneas de metro, con mascarillas y estetoscopio, manos estampadas, estrellas y chulapos. Todos horrendos. Todos, tomando calles y plazas.

El otro día caminaba con unos amigos en busca de una cafetería cuando nos dimos en los hocicos con el sainete de la Plaza de Colón. Además de la rotonda neogótica (no hay revival bueno) y el careto abollado de Plensa (que de cursi, espanta), habían montado unos cabezones enormes de mandalorianos, para promocionar la última serie de Disney. Completaba el pastiche un escudo del Capitán América tamaño colosal, un árbol de navidad gigantesco que alguien había olvidado retirar a mediados de enero, el cartelote promocional de un restaurante y el habitual culo orondo de la escultura de Botero.

Madrid es un parque temático de sí misma, de eso que llaman cañí o chamberilero que no es otra cosa que una catetada insulsa, pero llamativa. Los madrileños y los visitantes (urbanitas wannabe) se pirran por una menina con los colores de la Visa (sí, la tarjeta de crédito) o con los dibujines tremebundos de algún diseñador venido a menos. Pongamos cosas chillonas, que la gente las subirá a Instagram. Este empacho de colorinchis saturados y de figurines identitarios poco arriesgados (personajes velazquianos, animales y árboles regionales, pebeteros in memoriam) son la constatación de la auténtica mentalidad madrileña contemporánea: venderse una y otra vez al anunciante que mejor pague. El espacio público no es otra cosa que un espacio publicitario. Madrid: inserte su publicidad aquí.

¿Recuerdan cuando la línea 2 de metro se llamaba Vodafone? Yo creo que en unos años veremos a los políticos autóctonos con las americanas llenas de logos comerciales, como las camisetas de los deportistas o los monos de los pilotos de Fórmula 1.

Obviamente, como dijo la otrora ministra y actual tertuliana Carmen Calvo, lo público no es de nadie, así que el botarate de turno (alcalde, presidente, canciller galáctico) puede disponer de ello a su antojo. Por supuesto, ante la mansa inacción del respetable pueblo soberano. A veces fantaseo con montar un comando que, embozado y en las noches sin luna, retire toda esta quincalla de las calles. Luego veo al personal tomándose fotos en la última astracanada que han plantado en la acera y se me pasa. Quizás, este vertedero estético y funcional en que se están convirtiendo las ciudades es la verdadera voluntad popular. Con un poco de mala suerte, en algún momento alquilaremos las paredes de nuestros diminutos apartamentos a alguna compañía que quiera plantarnos su eslogan. Así lograremos pagar el alquiler, que para entonces estará en el medio millón la quincena. Esta debe de ser la famosa colaboración público-privada de la que tanto he oído hablar.

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