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Daniel Capó

Joe Biden: nueva presidencia disfuncional

«Es un hombre del pasado que juega a adivinar el futuro. Se diría que ese es el arte de la política»

Opinión
Joe Biden: nueva presidencia disfuncional

Joe Biden.|Yuri Gripas (Pool via CNP / Zuma Press)

Más allá del mito, el doble mandato de Barack Obama empezó a desdibujarse tan pronto como perdió el poder. Ben Rodhes, en sus elogiosas memorias –El mundo tal y como es–, nos muestra una Casa Blanca que, ensoberbecida por la Academia, acaba por descubrir muy a su pesar que el mundo no está a su altura. Así sucede cuando se deterioran las instituciones que sirven de contrapeso democrático y llega el despotismo ilustrado de manos de una minoría que, con el viento ideológico a favor, cree que se puede ir cada vez un poco más lejos en el abuso del poder presidencial, sustituyendo las buenas formas por la imposición de las buenas ideas. Obama se preguntaba cómo sus ocho años habían dado paso a Donald Trump, sin caer en la cuenta de que el cesarismo no nació precisamente con Trump, sino que se ya se había cultivado –en contra del Congreso y del Senado– durante su propia presidencia. Que luego Trump fuera un personaje grotesco que ahondó la ruptura interna es otro tema –más que evidente, por otro lado–, pero aquí hablo de las tendencias previas que propiciaron unos frutos en lugar de otros muy distintos. De la disfuncionalidad de la era Obama y de la era Trump, hemos pasado ahora a una nueva presidencia disfuncional, la de Joe Biden.

Biden llegó al poder hace un año con la promesa de reunir una nación dividida por la guerra cultural y el enfrentamiento ideológico. Para lo cual se presentó como el candidato moderado de un partido cuyas bases se habían radicalizado. El fracaso de su apuesta ha sido bien evidente, como demuestra su nivel de aprobación –un 42% de popularidad según las distintas encuestas–, que lo sitúa entre los presidentes más impopulares de la historia (como fue también el caso de Donald Trump, todo hay que decirlo). Lo que ilumina el profundo foso que se ha abierto en la ciudadanía y la dificultad de una solución. Cuando caen los mitos compartidos, quizás ya no hay puentes posibles. Lo digo desde la incertidumbre y la duda, no desde la certeza.

Joe Biden se hunde en las encuestas, mientras se le acumulan los problemas. A la mala gestión de la pandemia –sorprendentemente torpe–, se suma una inflación desatada y el previsible final del experimento monetario que se puso en marcha con la crisis de las hipotecas subprime y que no ha dejado de producir una burbuja tras otra. La economía no mejora mucho más, sino que el enorme rebote –tras la parálisis de 2019– parece haberse agotado. La deuda es el monstruo que habita nuestras pesadillas, el fantasma de las noches de miedo. Biden no ha logrado tampoco restablecer una política exterior fiable después de la huida de Afganistán y el retorno amenazante de los imperios orientales en forma de nacionalismo expansivo. Pero sobre todo sigue siendo la ruptura interna, que aqueja ahora incluso al propio partido demócrata de una forma más descarnada que antes, aquello que ensombrece el futuro de América. Y también su presente.

«Las huellas de la destrucción –escribe W. G. Sebald en Los anillos de Saturno– se remontan a un pasado lejano». No obstante, lo que nos interesa es el día de hoy, donde se palpan nuestras heridas. Hay mundos que nos parecen irremediablemente lejanos y, sin embargo, fueron el nuestro hasta no hace mucho; mundos que conocimos de niños y de jóvenes, antes de que nos dijeran que todo era falso. Joe Biden es un hombre del pasado que juega a adivinar el futuro. Se diría que ese es el arte de la política. Se diría que ese es el arte en el que todos andamos a ciegas. Y Biden no es una excepción. 

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