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Juan Rodríguez Garat

Mariúpol, ciudad mártir

«La Guerra Civil de hace ocho años en el Dombás no enfrentaba a izquierdas contra derechas, sino a dos nacionalismos opuestos: el ucraniano y el ruso»

Opinión
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Mariúpol, ciudad mártir

La acería de Azovstal, en Mariúpol. | Alexander Ermochenko (Reuters)

Pocas historias han sido tan mal contadas en los medios occidentales como la de Mariúpol. Algún analista, seguramente anglosajón, acuñó la idea de que la ciudad portuaria era imprescindible para unir por tierra el Dombás y Crimea. Técnicamente, la expresión no es del todo correcta: Mariúpol es la segunda ciudad de la provincia rebelde de Donetsk. Es, pues, por derecho propio, parte del Dombás.

Quizá el error proceda de que, con las prisas de los primeros días, el analista haya usado como referencia el mapa de la parte de Ucrania ocupada por las milicias prorrusas, en lugar de los límites administrativos reconocidos de la provincia. Pero, si el error geográfico es disculpable, no lo es el histórico porque, como parte del Dombás que es, Mariúpol ya ha vivido en sus calles la guerra civil.

Retrocedamos ocho años en el tiempo. Aprovechando el desgobierno que siguió a la huida a Rusia del presidente Yanukóvich, Putin, además de quedarse con Crimea, encendió la mecha de la rebelión de los prorrusos del Dombás. El ejército ucraniano, heredero del de la URSS, estaba entonces tan dividido como mal preparado. Ante su inoperancia, la defensa de Mariúpol terminó quedando en manos de milicias improvisadas, como el tan mencionado batallón Azov, que derrotaron a las milicias rebeldes y consiguieron conservar la ciudad en manos ucranianas.

Al contrario que la Guerra Civil Española, librada por razones ideológicas, la Guerra Civil que comenzaba entonces en el Dombás no enfrentaba a izquierdas contra derechas, sino a dos nacionalismos opuestos: el ucraniano y el ruso. Ambos tienen similitudes con el nazismo —son movimientos supremacistas, autoritarios y crueles— y se han acusado de neonazis el uno al otro. ¿Quién tiene razón? Los dos y ninguno. Con todo, conviene recordar que prácticamente todos los grupos filonazis que quedan en el mundo se han posicionado en favor de la Rusia de Putin y su pretendida cruzada contra el nazismo. ¿Cómo explicar la aparente contradicción? Quizá la explicación más sencilla sea —siguiendo los postulados de la navaja de Ockham— la más creíble: las maneras de Putin se parecen mucho más a las de Hitler que las de Volodimir Zelenski.

Dejando al lado las coordenadas morales, quizá ambiguas y que han perdido relevancia desde la integración de las milicias nacionalistas ucranianas en la Guardia Nacional, lo que queda es una ciudad que a su innegable valor estratégico une un valor simbólico todavía mayor. Para las milicias de Donetsk, derrotadas en 2014, la conquista de Mariúpol es una revancha largamente esperada. El precio, sin embargo, ha sido enorme: una ciudad destruida, un ejército desprestigiado y criminalizado por los bombardeos indiscriminados, una indescriptible tragedia humanitaria y, por último, la consumación de un hecho histórico que será clave en la construcción de la identidad ucraniana.

«Zelenski ha conseguido que, al menos en occidente, la palabra escogida para entregar la factoría sea evacuación, en lugar de rendición»

Para que la tragedia tenga un final a la altura del siglo XXI, Zelenski quiere traer a los últimos defensores de la ciudad de vuelta a casa. El artículo 90 de las Reales Ordenanzas vigentes en España dispone, como ya hacían las anteriormente promulgadas por Carlos III, que «el que tuviere orden de conservar su puesto a toda costa, lo hará». Seguramente, los militares ucranianos tienen preceptos parecidos. Pero su presidente ha dicho que ya está bien. No es necesario repetir la gesta de Numancia.

¿Cómo rendir Mariúpol? Hace dos siglos, los soldados ucranianos saldrían de la factoría de Azovstal formados y con armas. Sus jefes, como el comandante del navío español ‘Glorioso’, tendrían derecho a conservar su sable. Hoy, por desgracia, ese asomo de caballerosidad que tan bien iba a los ejércitos de aquella época ha desaparecido. Sin embargo, Zelenski ha conseguido que, al menos en occidente, la palabra escogida para entregar la factoría sea evacuación, en lugar de rendición.

La diferencia no es solo semántica, ni solo parte de una campaña de información destinada a defender los intereses de Ucrania. La implicación de la ONU y de otras agencias internacionales humanitarias en esta pretendida evacuación impide que Rusia se lave las manos en el proceso entregando a los soldados vencidos a los milicianos que ansían venganza. Las probabilidades de que muchos de los héroes de Mariúpol vuelvan a casa, intercambiados por prisioneros de guerra rusos, aumentan así significativamente.

Es cierto que, tan pronto como el asunto salga de las primeras páginas de los periódicos, Putin puede eludir la convención de Ginebra ordenando un juicio por crímenes de guerra. La mera posibilidad debería preocupar a la ONU, porque un procesamiento injusto, aplicado con carácter general a los soldados ucranianos ahora capturados, sería en sí mismo un crimen de guerra.

Cuestiones sobre Mariúpol

Rendido Mariúpol, llega el momento de responder a algunas preguntas. Tanta resistencia, tantas muertes, tanto heroísmo ¿para qué?, ¿sólo para retrasar un resultado inevitable?, ¿ha sido todo un error? La explicación táctica, el haber retrasado la ofensiva rusa desde el sur más de diez semanas con todo lo que ello supone, es técnicamente correcta, pero no es toda la verdad. Hay otros efectos igualmente importantes.

La guerra o, cuando menos, los intercambios de disparos en los diversos frentes todavía activos terminarán algún día. Siempre lo hacen. Cuando esto ocurra, la resistencia de Mariúpol habrá contribuido a cambiar la percepción de dos pueblos.

En primer lugar, es probable que el pueblo ruso deje de ver la soberanía de Ucrania como algo ‘otorgado’ por sus líderes y, por tanto, recuperable cuando a ellos les convenga. Como casi todas las naciones sobre la tierra, las fronteras de la futura Ucrania, sean cuales sean, habrán sido trazadas con las armas de sus soldados. Es fácil predecir que, después de los apuros por los que está pasando, Rusia no volverá a por más.

El pueblo ucraniano, por su parte, tendrá en Mariúpol una parte de su alma. Como el Álamo para Estados Unidos, como nuestros Sagunto y Numancia, en esta nueva ciudad mártir habrá quedado escrita con sangre una página inolvidable de la historia de Ucrania y habrá tomado forma un rasgo indeleble de su identidad nacional.

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