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Teodoro León Gross

Ruido tonto para tontos

«Solo hay algo que debe preocupar de estos cruces de improperios: su uso para distraer la atención de las verdaderas miserias del día a día de la acción política»

Opinión
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Ruido tonto para tontos

Los diputados de EH Bildu, Mertxe Aizpurua, y Oskar Matute, durante una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados. | Europa Press

Basta un poco de perspectiva ante el rally de exabruptos de estos días, ante la banda sonora de ruido en la que se alternan Vox y Podemos, Podemos y Vox, entre otras voces secundarias. Es cuestión de quitarle el decorado de la Carrera de San Jerónimo, la solemnidad del Poder Legislativo, la pasión de las trincheras, y también la caja de resonancia de los medios de comunión con su artillería de adjetivos:

¡Filoetarra!

-¡Fascista!

-¡Tú no eres nada sin él!

¡Cultura de la violación!

–¡Ni caso al Zurderío!

–¡Facha!

Así, desprovisto de la prosopopeya del decorado y de la hojarasca retórica, puede percibirse sin dificultad que es como un grupo de universitarios de botellón a las tantas de la madrugada, o unos estudiantes de bachillerato en el recreo del Instituto. El problema no es el sectarismo, sino la mediocridad. Y vaya mediocridad.

Claro que también hay mucho de tacticismo en ese espectáculo de sectarismo ramplón. Podemos y Vox, Vox y Podemos, tratan de generar ese clima de polarización áspera para marcar territorio y movilizar a su tropa. Si bien se  mira, eso ya los define bien. Confiar en salir de la irrelevancia a golpe de exabruptos lo dice todo. Por demás, es obvio que los exabruptos tienen una ventaja sobre los argumentos: no necesitan pruebas para ser admitidos por la clientela fanatizada. En definitiva, como en la gran definición roussoniana, una injuria es una razón desprovista de razón. Y estos no dan siquiera para uno de esos diálogos cuarteleros de las películas de marines.

–¿Cuánto mides?
–Señor, 1,80, Señor.
–No sabía que una mierda pudiera ser tan alta.

«Filoetarra no es un insulto sino un calificativo descriptivo; pero, en fin, ya se entiende que en el PSOE incomode el término»

La escena de La chaqueta metálica casi parece un diálogo platónico comparado con esos charquitos parlamentarios. Por lo demás, la presidencia del Congreso ha cometido dos errores: vetar y hasta eliminar algunos términos injustificadamente; y exhibir una mandíbula de cristal de quita y pon, con arbitrariedad partidista. Y la mayor estupidez ha sido rasgarse las vestiduras por llamar «filoetarras» a los filoetarras –extrañamente estaba a los mandos Gómez de Celis, pero quizá un mal día lo tiene cualquiera. Ulises, en Troya, dice: «No es un insulto decir que un muerto está muerto». Filoetarra no es un insulto sino un calificativo descriptivo; porque con los filoetarras sucede aquello que decía el gran Perich: hay tipos a los que es innecesario insultarlos, basta con describirlos. Pero, en fin, ya se entiende que en el PSOE incomode el término, porque en definitiva pone en evidencia que han integrado en la mayoría de la legislatura a Bildu, con verdadero entusiasmo, de modo que les resultará tentador blanquearlos para no verse en el espejo filoetarra.

Retirar como están retirando esos términos del Diario de Sesiones resulta no ya ridículo en la mayoría de casos, sino contraproducente: estamos borrando la memoria para que en el futuro se pueda conocer el nivel de mediocridad del Congreso durante estos años. El Diario de Sesiones es el aguafuerte que retrata la realidad, y por eso no se debe borrar el rally de exabruptos. Por demás, el abuso del improperio anacrónico de «fascistas» ha terminado por ser bastante inútil –todo insulto repetitivo pierde la capacidad de ofender– y otro tanto sucede con buena parte de esa verborrea diarreica. La acusación sucia de fomentar la cultura de la violación por parte de Irene Montero, aunque se encubra cínicamente con una pátina de academicismo conceptual, también retrata certeramente las hechuras de Podemos como actor político. A ellos suele sucederle, como a Vox, que son reconocibles por sus embestidas sobre todo.

Solo hay algo que debe preocupar de estos pleitos chuscos, de estos cruces de improperios e invectivas: su uso para distraer la atención de las verdaderas miserias del día a día de la acción política, léase los métodos tramposos para encubrir el paro real, la propaganda para tapar la debilidad de la economía española sin llegar a recuperar los niveles prepandemia, la frustrante incapacidad para gestionar los fondos europeos, y por supuesto el pacto de la sedición y demás componendas con los socios de la mayoría turbia de la turbia legislatura.

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