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Javier Benegas

Sigue hambriento, sigue furioso

«Necesitamos ponernos de acuerdo en si queremos libertad y democracia o un autoritarismo paternalista que acabe estatalizando nuestra existencia»

Opinión
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Sigue hambriento, sigue furioso

Ilustración. | The Objective.

Stay hungry, Stay foolish («Sigue hambriento, sigue alocado»), estas cuatro palabras pronunciadas por Steve Jobs durante la graduación de la Universidad de Stanford en 2005 sintetizaban el estimulante discurso con el que el fundador de Apple compelía a los jóvenes a confiar en sí mismos, a hacer aquello que amaran y a no acabar viviendo una vida anodina y conformista, ajena a sus verdaderas aspiraciones y ambiciones.

Hace ya más de tres lustros que Jobs pronunció ese discurso y el panorama ha cambiado sustancialmente. Ahora se tiende a desmitificar a los genios como Jobs poniendo el énfasis en sus flaquezas y hurgando en sus intimidades. Así, como no fue en todas las facetas de la vida un santo, ni mucho menos, sus logros son cuestionables. En el Salón de la Fama de esta sociedad neopuritana solo hay lugar para las almas puras, y como éstas no existen, lo que prevalece es el ideal de la pureza. Una pureza colectiva que básicamente consiste en que nadie levante la cabeza y que el victimismo se imponga al heroísmo.

A quienes ocupan el poder, ya sea en este gobierno Frankenstein, que se define cínicamente progresista, o en el que tiene su sede en Bruselas, o en el que se proyecta en la sombra desde esos foros internacionales que son una suerte de clubes elitistas, con gente estupenda y encantada de haberse conocido…, a todos ellos, o a la inmensa mayoría, les irritan los individuos que van por libre. Las élites gobernantes se elevan sobre la multitud, no para salvaguardarla de peligros externos, sino de sí misma. Les preocupa que el común acabe teniendo como referentes a tipos incontrolables como Steve Jobs o, peor, Elon Musk, en vez de a la previsible Ursula von der Leyen. No es que odien a la humanidad, no se confunda. Ellos también son humanos y sin embargo se tienen en muy alta estima. Lo que desprecian es a la multitud, a la gente corriente.

En principio, siendo generosos y un tanto ingenuos, podemos conceder que quienes acceden al poder lo hacen con las mejores intenciones, pero, como es bien sabido, el poder tiende a corromper y a convertir los buenos propósitos en groseras imposturas. De forma casi diabólica, el poder siempre se las ingenia para servirse a sí mismo. Por eso, desconfiar de los gobiernos es una actitud, más que recomendable, imprescindible. Al fin y al cabo, la santidad es un don que escasea en todas partes. No existe ningún mecanismo, mucho menos una ley inescrutable, que convierta a los individuos en seres virtuosos por el simple hecho de dedicarse a dirigir lo público en vez de a intentar prosperar en lo privado. La condición humana es la misma, en un lado u otro.

Lo advirtió el cuarto presidente de los Estados Unidos, James Madison: «Si los hombres fueran ángeles, no haría falta gobierno. Si los gobernantes fueran ángeles, ningún control, externo o interno, sobre los gobiernos sería necesario. La gran dificultad para diseñar un gobierno de hombres sobre hombres estriba en que primero debe otorgarse a los dirigentes un poder sobre los ciudadanos y, en segundo lugar, obligar a este poder a controlarse a sí mismo. No cabe duda que depender del voto de la gente constituye un control primario sobre el gobierno; pero la experiencia enseña a la humanidad que son necesarias precauciones adicionales».

«Se llegan a justificar los abusos de poder a cuenta de la erradicación de lo que llaman ‘lacras sociales'»

Sin embargo, como Madison, al igual que George Washington y Thomas Jefferson, tuvo esclavos, todo lo que dijo es cuestionado y se impone lo contrario; es decir, que quienes hoy aspiran a dirigirnos son por definición moralmente superiores. Y esta superioridad les legitima para imponer su criterio, a menudo, más allá de sus atribuciones formales. Así, se llegan a justificar los abusos de poder a cuenta de una epidemia, una supuesta emergencia climática, la erradicación de lo que llaman «lacras sociales», o incluso pasarse por el arco del triunfo las constituciones por ser un invento de varones racistas heteropatriarcales. Pero lo más alarmante no son estos desafueros, sino que a muchos ciudadanos les parezcan razonables y que, al mismo tiempo, se angustien porque un particular adquiera una empresa como Twitter.

A propósito de esto, vale la pena reflexionar por qué cada vez más jóvenes quieren ser funcionarios. Una tendencia que, para muchos, merece severas admoniciones. Los jóvenes serían viejos prematuros, individuos sin ambición, incapaces de asumir riesgos, aparte de hacerse selfis caminando por el borde de la azotea de un rascacielos para compartirlos en las redes sociales. Pero nada es lo que parece. Los jóvenes no son viejos prematuros, simplemente actúan racionalmente según los incentivos dominantes. En definitiva, son el reflejo de la sociedad a la que pertenecen. Indignarse por su conformismo puede ser lógico. Pero más lo sería que, en vez de incurrir en el «haz lo que digo, no lo que hago», los adultos diéramos ejemplo.

En Momentos estelares de la humanidad, Stefan Zweig relata una serie de epopeyas cuyos protagonistas son personajes muy variopintos, tipos que, movidos por el genio, la ambición, la inspiración o simplemente la necesidad, regalaron a la humanidad, como anuncia el título, momentos estelares. Sin embargo, no hubo un gobierno que guiara sus pasos. Hicieron lo que hicieron porque su determinación y la fortuna los condujeron a ello. Desde luego, no eran santos, aunque, como el caso Georg Friedrich Händel, pudieran ser fervorosos creyentes. A Vasco Núñez de Balboa, por ejemplo, lo que le llevó a descubrir el Océano Pacífico fue huir de los acreedores. Pero tampoco eran malvados. Sencillamente eran humanos. Al margen de la opinión que de ellos tuvieran quienes los conocieron en vida, para nosotros su legado son sus hitos. Y la lección que deberíamos aprender de la historia es bastante sencilla: del artista dame su arte, no los cotilleos.

«Los españoles nos deslizamos por la resbaladiza pendiente de la pérdida de libertad y el pataleo improductivo»

Más nos valdría a los occidentales darnos cuenta de que vamos camino de un panóptico que ni Jeremy Bentham habría imaginado, pero muy especialmente deberíamos espabilar los españoles, porque hace demasiados años que nos deslizamos a mayor velocidad que los demás por la resbaladiza pendiente de la pérdida de libertad, económica y política, y el pataleo improductivo. En vez de avanzar hacia a la convergencia con los países desarrollados, estamos retrocediendo a pasos agigantados. Países de Europa del Este, como Letonia, de cuyas políticas hace no mucho se burlaba nuestra izquierda, ya nos han adelantado. Y, en el colmo del bochorno, hemos protagonizado recientemente un episodio muy chusco, a propósito del control de la Justicia y la separación de poderes, que hace que el problema de Hungría, que tanta irritación provoca en Europa, parezca poco menos que una broma.

Sí, es evidente que necesitamos un cambio de gobierno. Pero, más allá de la urgencia del momento, deberíamos preguntarnos para qué exactamente. Quiero decir que ya no nos basta con saber lo que no queremos, necesitamos ponernos de acuerdo en lo que queremos, si libertad y democracia o un autoritarismo paternalista que, más que politizar nuestra existencia, la acabe estatalizando hasta el tuétano.

Este es, en mi opinión, el mal que asoma detrás de muchas de nuestras calamidades. Y aunque es verdad que el mal nunca descansa, porque esa es su ventaja, no dar tregua, el bien también tiene la suya: proyectarse caprichosamente a través de individuos muy dispares y hacerlo en el momento y el lugar inesperados. Así que, por ahora, nada está escrito, o como decía el personaje principal de Sinuhé el Egipcio, del mañana nada se sabe y el oro no es más que polvo a nuestros pies. Quiero decir que mientras sigamos siendo libres, el bien continuará imponiéndose. Por eso, mi deseo para el 2023 es que usted, querido lector, siga hambriento, siga furioso. Y digo furioso en vez de alocado, porque más que locura, lo que necesitamos es genio.

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