THE OBJECTIVE
Jorge Vilches

Tamames, año I

«Es irresponsable presentar una falsa moción de censura con un anciano para hacer antisanchismo de baja intensidad. No moverá un voto ni una conciencia»

Opinión
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Tamames, año I

Ramón Tamames y Santiago Abascal.

La responsabilidad de los dirigentes políticos no está de moda. Lo vemos todos los días. Son ya más de 600 delincuentes sexuales los que se han beneficiado de la ley del solo sí es sí, pero Irene Montero se pavonea en los medios amigos, y Sánchez solo está preocupado por la foto del 8-M. A su paso por la calle, la de verdad, no la de figurantes del PSOE, la gente pide su dimisión. Da igual. De su boca siguen saliendo conceptos vacíos como «mayoría social» y «gente». 

No se vayan todavía. Aún hay más. Lo mismo cabe decir de la moción de censura auspiciada por Vox para tapar el escándalo de Macarena Olona. No es responsable anunciar una figura como la moción sin tener un plan. Vamos, que no es de recibo sin haber pensado en una persona, un programa y una fecha. Porque en España la moción es constructiva, no retórica ni destructiva. La iniciativa, así, es un fiasco, y tampoco puede decirse que Vox vaya a pagar la novatada. Es la segunda vez que lo hace. 

No es responsable la moción, insisto, porque no sirve para nada bueno. Los dirigentes políticos -artistas antes conocidos como «élite política»- deben asumir unos principios y una actitud que sirvan al bien común. En el caso de Vox, siendo un partido de ideas y proyecto dicen que nacionales y democráticos, tendrían que mirar justamente por los intereses de la nación y la conservación de la democracia liberal. ¿Qué quiere esto decir? Vamos por partes.

La moción encabezada por Ramón Tamames, al que ya mostramos respeto aquí, no va a servir a su propósito legal, al que se estableció cuando se ideó dicha figura constitucional. Todo lo contrario. Escucharemos a un buen señor decir sus verdades y punto final. Mientras, en las bancadas de Frankenstein estarán mirando el móvil y riéndose. Esperarán a que salga Sánchez a insultar a Feijóo y a Abascal, a mostrar condescendencia con Tamames, a posar para sus telediarios, y, hala, al Falcon. Por cierto, Tamames sí es doctor en Economía, y no Sánchez.

«¿Creen que Tamames va a conmover los corazones de la izquierda por haber sido comunista hace 35 años?»

A partir de ahí, ¿qué? En los dos días siguientes aparecerá la moción en la prensa, pero en una semana se borrará cualquier recuerdo. Solo habrá servido para el lucimiento de Pedro Sánchez y mostrar las costuras firmes de su coalición. Piensen un poco los feligreses en esta verdad: si solo Carmen Calvo se atrevió a expresar con su voto su opinión contraria a la ley trans, ¿creen que Tamames va a conmover los corazones de la izquierda por haber sido comunista hace 35 años? Si las feministas han tragado con el borrado de las mujeres y el insulto de la ley Montero aceptarán cualquier cosa.

El año I de la era Tamames no habrá existido más que en la imaginación de la oligarquía de Vox. Ni siquiera servirá para borrar la pifia de Olona, que tan a gustito estuvo en la entrevista con Évole, ni Abascal dará impulso a su formación en las elecciones locales de mayo. No moverá un voto ni una conciencia. 

A estas alturas, en las que nada podemos esperar de los dirigentes izquierdistas, estaría bien que la oposición fuera responsable. Gaetano Mosca, que algo sabía sobre el comportamiento de la élite -ahora sí-, señalaba la importancia de la responsabilidad de los líderes y su coherencia. Era dañino, decía, que un grupo que dice defender la ley la viole aunque sea en espíritu. Esto resta credibilidad a ese partido y perjudica a la autoridad del orden legal. Traducido al día de hoy: es irresponsable presentar una falsa moción de censura con un anciano eminente para hacer antisanchismo de baja intensidad.

Si hubieran pensado bien la moción, en su contenido y oportunidad, Vox habría esperado a conocer el resultado de las elecciones municipales y autonómicas de 2023. Zurrar a Sánchez después de que lo hagan los españoles en las urnas habría sido mucho más contundente. Ya decía William H. Riker que sin controlar los tiempos de ejecución, sin pensar en el mejor momento, toda acción política es débil e incluso contraproducente. 

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