THE OBJECTIVE
José Rosiñol

Ganar un gobierno, perder un país

«Asistimos a una especie de implosión de nuestro sistema político. Ahora, con el populismo bien arraigado en el PSOE, lo que se vende es la soberanía»

Opinión
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Ganar un gobierno, perder un país

Carles Puigdemont.

Richard Rorty, en su Contingencia, ironía y solidaridad se cuestiona, entre otras muchas cosas, cuáles son los límites del diálogo para crear una sociedad armoniosa. Este es un planteamiento interesante para explorar hasta dónde aguantará la realidad el relato. Hasta qué punto la creación e invención de historias y narrativas pueden llegar a esconder los hechos. Cuando aparecerá aquello de San Mateo: por sus frutos los reconoceréis. Y es que, por mucho que intentes disfrazarlo, por mucho que tus aduladores se rompan las palmas de las manos aplaudiéndote, por mucho que las palabras ensalcen tus obras, la realidad se impone, los síntomas son la imagen de una enfermedad.

En una sociedad como la nuestra, donde todo está hipersimplificado, todo se reduce a un tranquilizador trazo grueso, todo ello preñado de conceptos vagos que parecen tener la intencionalidad de dulcificar nuestra existencia, hemos inventado el concepto de «línea roja». Naturalmente esa línea roja cumple una función supuestamente ética, pero, si, como buen cínico, le das la vuelta, se convierte en la valla a traspasar y justificar. Este es el juego, es lo que los politólogos denominan «Ventana de Oberton», un juego perverso que, a través de la manipulación social y mediática, logra invertir la realidad y convertir en necesario aquello que era impensable. Hasta aquí parecería que el «giro lingüístico» de Rorty y la filosofía posterior al «segundo Wittgenstein». La realidad puede estar comunicacionalmente construida.

Este tipo de procesos ya los hemos visto en nuestro país, algunos más evidentes, otros más sutiles, unos más tacticistas, otros más estratégicos. El modelo de manipulación es el puesto en marcha en Cataluña desde que Pujol pusiera en marcha su maquinaria de construcción nacional, su objetivo era estratégico, quería acomodar el marco mental de los catalanes a los parámetros de un nacionalismo anclado en el siglo XIX y el de entreguerras. Este tipo de ingeniería social también puede ir acompañado de medidas concretas para distraer al personal y justificar lo injustificable. Son los pequeños discípulos de Overton que, con una buena paguita de asesor, van tramando el cuento con que divertir a la ciudadanía y coordinar todas las antenas de comunicación a su alcance. Al final, mira tú qué coincidencia, el desenlace de las microhistorias siempre coinciden con el Gran Pagador.

«Desde que el populismo asaltó la cúpula del PSOE, la manipulación social es una constante»

Como decía, hemos visto de todo, pero desde que el populismo asaltó la cúpula del PSOE, esta forma de operar tan poco democrática de manipulación social es una constante. A la mentira, en el neolenguaje sanchista, se le llama «cambiar de opinión». La total ausencia de capacidad legislativa se convierte en un «error», el infantilismo ha asaltado la política-espectáculo actual. Si hay que pactar con filoetarras, no hay problema, les dijimos que hicieran política y, como los necesitamos, hágase. Que necesitas los votos de los que dieron un golpe de Estado y fueron condenados por ello, sin problema, los indultamos para desinflamar Cataluña. Si hay que dejar varados a todos aquellos catalanes que defendimos la Constitución y a nuestro país, no hay problema, los dejamos tirados sin más.

Parece que no hay línea roja que no se pueda salvar, podría ser el triunfo del maquiavelismo frente a la formalidad democrática. Podría ser el triunfo del cinismo frente al diálogo abierto y sincero. Cuando crees que no se podía ir más allá, ocurre. Ahora estamos en manos de un fugado de la justicia, los pequeños muñidores de patrañas y las grandes antenas amplificadoras ya están trabajando en el blanqueamiento del personaje, nada importa, solo lo que quiera el Príncipe es importante. La ley, las normas, las formas solo son válidas si validan mis intereses. En estas estamos, el resultado electoral ha sido endiablado, el miedo a la «ultraderecha» ha funcionado a medias, solo el baluarte catalán (mira que lo advertíamos) ha sustentado la posibilidad de un Frankenstein 2.0. Veremos qué pasa.

Sin embargo, el daño-país es enorme, el prestigio internacional de nuestras instituciones está dañado, con la previsible negociación de Sánchez con Puigdemont solo ahondará en el cada vez más bajo poder blando e impactará negativamente en nuestra reputación y en la confiabilidad de nuestra democracia. Un esperpento tras otro, una línea roja tras otra. En verdad estamos asistiendo a una especie de implosión de nuestro sistema político. Los síntomas así lo dicen, desde que empezó el flirteo político con el nacionalismo por allá en 1993, al mercadeo con los apoyos parlamentarios, siguió con la venta de las competencias y, ahora, con el populismo bien arraigado en el PSOE, lo que se vende es la soberanía.

Como no podría ser de otra manera, esta última fase se venderá como algo imprescindible y necesario, pero lo pintes como lo pintes, lo llames como lo llames, es la renuncia a España como nación, a convertirnos definitivamente en reinos de Taifas dónde los derechos estarán asignados en función de criterios identitarios o al grado de afinidad ideológica. No es algo nuevo, es algo que ya está ocurriendo, es un proceso y esta parece la última parada.

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