THE OBJECTIVE
José Luis González Quirós

Un misterio catalán

«Haber intentado la independencia y no haber obtenido el menor apoyo ni de la UE no es un resultado que pueda soslayarse mirando para otra parte»

Opinión
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Un misterio catalán

Bandera y carteles independentistas catalanes | EuropaPress

No deja de tener su lógica que las elecciones hayan dejado en herencia lo que los ingleses llaman un Parlamento colgado, una situación en la que ninguna de las grandes formaciones políticas tiene la certeza de conseguir la investidura y que esa circunstancia que, al parecer, es imposible de resolver a la alemana con una gran coalición, ponga en manos de los partidos catalanes cualquier posible desbloqueo. La cosa no es exactamente así porque el PNV podría provocar un vuelco de cambiar de posición, pero, al menos de momento, no parece que ese vaya a ser el caso. 

Lo que me interesa subrayar es la manera paradójica en la que uno de los grandes problemas políticos españoles, lo que muchas veces se ha llamado el problema catalán, se convierte en la clave de bóveda de la posibilidad de que España pueda tener un Gobierno de mayoría estable. 

«Los partidos separatistas, ahora, con 14 diputados, sí están en condiciones de ser determinantes en la investidura»

La paradoja más visible está en el hecho de que habiendo disminuido el número de escaños de los partidos separatistas (creo que llamarles independentistas confunde un poco la cuestión) su capacidad política para determinar cualquier investidura posible se ha hecho mucho mayor que nunca. Basta comparar los resultados de las dos elecciones de 2019 con las actuales para comprobarlo: los dos partidos separatistas obtuvieron por encima de los 20 diputados en las elecciones de 2019 pero no fueron determinantes, mientras que ahora, con 14 diputados, sí están en condiciones de serlo.

Algo que hay que tener en cuenta para ver la complejidad del caso es el de las elecciones de 2008 en las que muchos votos catalanes fueron decisivos para que Rodríguez Zapatero conservase la presidencia, porque es claro que recibió buena cantidad de votos de los partidos mencionados, en especial de ERC,  para evitar la victoria del PP. Tampoco hay que olvidar que en Cataluña ha venido siendo corriente una distinta composición de las fuerzas políticas en las elecciones autonómicas y en las generales: simplificando un poco, Pujol ganaba con comodidad en las autonómicas, pero en las generales el PSC sacaba resultados superiores.

En 2023 ha pasado algo parecido a lo de 2008, una parte de votos de ERC parecen haber ido a parar al PSC, en buena medida también para evitar el triunfo de Feijóo, pero entre ambas fechas han pasado demasiadas cosas en Cataluña como para dar por hecho que se trate de fenómenos equiparables. No cabe duda, por ejemplo, de que esta vez bastantes catalanistas nada izquierdistas han votado al PSC con la intención de evitar el triunfo político de los separatistas. El crecimiento del PP, que ha tenido más votos, aunque menos escaños que ERC o Junts, puede explicarse también sobre esta base.  

«Menos poder representativo, pero más poder efectivo, es paradójico, pero no se olvide que esa incongruencia es posible porque alguien lo permite, Pedro Sánchez en este caso»

Es innegable que con menos votos y con menos escaños (de 22/21 a 14) los partidos separatistas han visto que su posición en el Congreso los ha convertido en la clave de cualquier salida para una investidura por la mínima. Menos poder representativo, pero más poder efectivo, es paradójico, pero no se olvide que esa incongruencia es posible porque alguien lo permite, Pedro Sánchez en este caso, quien parece que no va a dudar en hacer concesiones políticas de enorme importancia, aunque habría que esperar se queden en nada, a cambio del botín de escaños que le daría la mínima ventaja necesaria para alcanzar de nuevo la presidencia del gobierno.

Esta situación representa un resultado bastante imprevisible. Que en 2008 votos de ERC hayan ido al PSC resulta comprensible, pero en la situación actual no se puede interpretar esa supuesta migración como un préstamo, puesto que ni ERC ni Junts están en condiciones de prestar nada a nadie, se encuentran, sin duda, más débiles que lo que estaban como consecuencia del espectacular fracaso del proceso separatista que, por mucho que se quiera disimular, es un cadáver muy presente en la política catalana. Haber intentado la independencia y no haber obtenido el menor apoyo ni de la UE ni de ningún lugar del mundo no es un resultado que pueda soslayarse mirando para otra parte.

De aquí la inverosímil irresponsabilidad española con la que el PSOE parece prestarse para acudir en auxilio de un ejército derrotado, pero no es de esto, tan obvio, de lo que querría hablar ahora. Por supuesto que los amagos de Génova para establecer contactos con Waterloo merecen considerarse igual de irresponsables, aunque todavía más ridículos. 

La cuestión de mayor enjundia, casi un misterio político, es la siguiente: ¿cómo es que los catalanes no separatistas y más bien conservadores pueden acudir a refugiarse en el voto al PSOE en lugar de votar de forma más directa conforme a sus convicciones? Se trata de un fenómeno que no solo ha sucedido ahora mismo sino en otras muchas ocasiones. 

Hay dos maneras de intentar explicarlo, una tiene que ver con la habilidad del PSC, la otra con la torpeza del PP. Los primeros consiguen aparecer al tiempo como defensores de las demandas, fiscales, por ejemplo, de los catalanes, al tiempo que el PSOE consigue ser predominante en territorios que viven sobre todo de las subvenciones que se extraen de regiones más ricas, tales como Madrid o Cataluña, entre otras. El PP, por su parte, se ha afanado durante épocas en ser percibido en Cataluña como un partido sucursalista al que ha parecido fácil presentar como contrario a los intereses catalanes, un resultado tan constante como negativo que, por lo general, ha sido cultivado con mimo desde Génova.

«El intríngulis de la peculiaridad  catalana está en la rara simbiosis que ha conseguido encarnar el PSC»

El intríngulis de la peculiaridad  catalana está en la rara simbiosis que ha conseguido encarnar el PSC, el partido de los jóvenes nacionalistas de la izquierda burguesa catalana, por lo general, con raíces familiares en el franquismo, al que Felipe González entregó hace décadas la sección catalana del PSOE, que ha sabido  presentarse como más catalán que nadie pero que ha ido haciendo, al tiempo, una política que no podía ser del agrado de las clases medias ni de los empresarios. 

En ese sector social no se deja de lamentar la discriminación de Cataluña respecto al País Vasco, con su reluciente cupo, pero, paradójicamente, se sigue apoyando al PSC que ha sido el verdadero protagonista de la política catalana desde el felipismo hasta nuestros días.

Defender que Cataluña, como región más rica no deba contribuir a equilibrar la situación social de otras regiones españolas, es la pretensión básica de la propaganda nacionalista («España nos roba») y del separatismo. Es evidente que se trata de un absurdo, y no solo para cualquier izquierda, pero no es menos claro que una política fiscal y territorial transparente y razonable tendría que seguir siendo una preocupación constante para todos los españoles. Ahora es posible que buena parte de la burguesía y el empresariado catalanes entiendan que el separatismo es un imposible real que no ha significado sino retroceso económico y ruptura de la paz social en Cataluña, pero no deja de ser curioso que la manera en la que algunos parecen haber distribuido el voto, amparándose de nuevo en el PSC, pueda servir otra vez para dar alas a los alucinados y para perjudicar sus intereses.  

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