THE OBJECTIVE
Ricardo Cayuela Gally

El PSOE es el PRI español

«El PSOE se ha comportado en el poder en muchos temas de manera análoga a como lo hizo el PRI en México siete décadas»

Opinión
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El PSOE es el PRI español

Pedro Sánchez en un acto público del PSOE. | Europa Press

En España se repite, ya casi como un lugar común, la frase atribuida erróneamente a Alfonso Guerra: «El que se mueve no sale en la foto». Pese a que el propio Guerra ha negado en sordina ser el autor de la ocurrencia, esta asignación reaparece constantemente. En realidad, pertenece al folclor de la política mexicana desde los años setenta, y fue expresada por Fidel Velázquez, eterno líder sindical, puntal del viejo Partido Revolucionario Institucional (PRI) y cuya vida corre paralela al siglo XX mexicano. Velázquez nunca se jubiló, se mantuvo al frente de los trabajadores durante casi un siglo, hasta su muerte, con 97 años, en 1997. Quizá sea casualidad, pero murió unas semanas antes de las primeras elecciones de las que su país salió con un Congreso con mayoría opositora y tres años antes del primer presidente electo distinto al PRI (Vicente Fox), momento culminante en la tardía transición democrática de México.

Desde la poderosa Confederación de Trabajadores de México (CTM), Fidel Velázquez trató a todos los presidentes del PRI, a los que garantizaba la lealtad del movimiento obrero al sistema político a cambio de diversas conquistas laborales, en un aceitado sistema análogo a los sindicatos verticales de Mussolini y Franco. Su secreto era no ser corrupto en un mar de latrocinio y nunca aspirar al poder presidencial. La frase de marras es una entre las muchas que dijo Fidel Velázquez y que darían para un chusco diccionario. Su sentido está en el corazón de la lógica mexicana del «tapado», que, junto con la «mordida», es otra de las «grandes» aportaciones mexicanas al léxico político español. 

Prohibida la reelección desde la Constitución de 1917, vacuna contra la tentación caudillista, el presidente mexicano, todopoderoso durante seis años (jefe de Partido, Gobierno y Estado) se consolaba determinando a su sucesor. Pero esta «selección» era un arte, ya que no podía ser enteramente caprichosa. Tenía que tomar en cuenta elementos coyunturales y estructurales. Uno de ellos, la opinión de Fidel Velázquez. Así, la consigna era clara: nadie debe buscar el poder de manera abierta, ni hacer maniobras en público. Todos, firmes en su disciplina a la espera de la fumata bianca. El que se mueve no sale en la foto. 

«Sánchez es hijo biológico de un partido más cercano a lo peor de Latinoamérica de lo que se cree, en su doble vía: la del ‘priista’ González y la del ‘chavista’ Zapatero»

Lo interesante es que la atribución a Guerra del símbolo priista es perfectamente lógica. El PSOE se ha comportado en el poder en muchos temas de manera análogo a como lo hizo el PRI en México siete décadas. En el PSOE no se cuestiona al líder del partido si está en el poder (de ahí la falsa ruptura entre González y Guerra con Sánchez a propósito de la amnistía, disenso que solo tendrán sentido cuando Page, o cualquier otro político en activo, llame a los diputados de Castilla-La Macha a votar en contra); en el PSOE, como el PRI, al frontera entre partido en el Gobierno y Gobierno es tenue o inexistente, y en el PSOE, como en el viejo PRI, se busca colonizar las instituciones neutrales del Estado con un sesgo partidista. También coinciden en el uso patrimonialista del poder, la designación no meritocrática de leales en altos cargos, la corrupción como acelerador procedimental, la creación de un cuerpo de funcionarios leales (con González, hasta casi la mitad de los nuevos funcionarios procedían directamente de las filas del PSOE), la compra de la opinión pública con el uso y abuso de la publicidad gubernamental (abierta y encubierta) y el uso de la política social como herramienta electoral, que en Andalucía rebasó, en monto, pero no eficacia, a los años dorados del viejo PRI del Estado de México.

Este tipo de sistema, que tiende a la hegemonía blanda, la lenta decadencia y la estabilidad resignada, tuvo un caótico corrimiento hacia a la izquierda populista en los años noventa, con la astuta lectura que hizo Hugo Chávez de la incapacidad para subvertir el orden liberal a través de las armas (a lo Castro) y optar por hacerlo a través las urnas. Una vez alcanzado el poder, cambiaría las reglas para perpetuarse en él (a diferencia del «ingenuo» Allende). Es lo que han intentado todos los presidentes latinoamericanos que bajo la égida de Chávez ganaron unas elecciones. Por eso todos ellos tienen el mismo aire de familia. Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Pedro Castillo en Perú, Lula da Silva en Brasil, Gustavo Petro en Colombia, etcétera. En esta lista bien se puede incluir a López Obrador y a los Kirchner, aunque el mexicano tenga en la frontera con Estados Unidos y la no reelección unos límites infranqueables y el matrimonio argentino se inscriba en una arraigada tradición populista propia que nació con Perón. Si bien atemperado por el bienestar colectivo, las leyes de la Unión Europea, la Corona como árbitro y el euro como estabilizador económico, el veneno también llegó a España. Sin embargo, su representante genuino no es Podemos-Sumar, como se repite –ellos son tan sólo los hijos díscolos–, sino Zapatero. Ahí está su deseo, parcialmente logrado, de excluir a la derecha de la gobernabilidad de España, con la complicidad del nacionalismo periférico; populismo, este sí, de matriz europea.  

Así que no nos engañemos. Sánchez es hijo biológico de un partido más cercano a lo peor de Latinoamérica de lo que se cree, en su doble vía: la del «priista» González y la del «chavista» Zapatero. La única diferencia es de densidad cultural (Sánchez no ha leído ni la tesis ni los libros que escribe) y de talante personal (González, según múltiples testimonios de cercanos y colaboradores, no es mala persona).

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