THE OBJECTIVE
Javier Benegas

Un decreto para memos

«Romper la nación española es más difícil de lo que algunos piensan y de lo que les gustaría a ciertos hijos de perra. Arruinarla, sin embargo, está a tiro de piedra»

Opinión
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Un decreto para memos

Ilustración de Alejandra Svriz.

Con el interés despertado por la aprobación del llamado decreto anticrisis y sus vergonzosos cambalaches, hemos pasado de puntillas por encima de una información terrible. Siendo sincero, se trata más bien de un pronóstico, pero la alta probabilidad de que se cumpla, según discurren las cosas, debería ponernos en pie de guerra. Me refiero al estudio de la OCDE titulado Economic Projections to 2060 que pronostica que nuestra economía apenas va a crecer hasta el año 2060. Si añadimos a este vaticinio las dos décadas que ya llevamos estancados, los españoles sumaremos casi 60 años sin apenas crecimiento. Lo que significa que hasta tres generaciones estarán condenadas a una vida sin expectativas. 

Son demasiados los que ingenuamente creen que no crecer o decrecer no implicará necesariamente un retroceso en su nivel de vida. Que el estancamiento simplemente significa que no vamos a mejorar, pero que tampoco empeoraremos. Así, para los que tienen la vida más o menos encarrilada, quedarnos como estamos puede parecer una buena noticia, especialmente en un mundo lleno de incertidumbres. No poder aspirar a una vivienda más grande, a unas vacaciones más exóticas o a un trabajo mejor remunerado tampoco estaría tan mal si la virgencita nos permite quedarnos como estamos. 

Personalmente, prefiero aspirar a mejorar que a conformarme. Pero mis preferencias son indiferentes, como también lo son las de los conformistas o los decrecentistas. Como digo, si has alcanzado un cierto estatus, no percibirás el estancamiento como una amenaza existencial. Es más, no ir hace delante ni hacia atrás puede ser hasta una buena noticia. Sin embargo, para los que empiezan a vivir, el estancamiento económico es una catástrofe, porque si no tienen vivienda, no podrán aspirar a tenerla; si carecen de experiencia laboral, encontrar un empleo les será muy complicado; y si lo encuentran, la precariedad que suele acompañar al inicio de la vida laboral no será coyuntural: tenderá a convertirse en permanente. 

Para que este drama se entienda mejor pondré un ejemplo. Un recién egresado de la universidad que ocasionalmente trabaje como dependiente en Zara para empezar a cubrir sus gastos, lejos de poder considerar ese trabajo como una solución provisional, deberá asumir que poco más o menos ese será su horizonte de futuro, porque lo que en una economía boyante es un punto de transición dentro de una curva vital ascendente, en una economía que no crece tiende a convertirse en un estado permanente.

«El crecimiento se irá reduciendo a medida que se aceleren las medidas para la ‘emergencia climática’»

En 2007, España llegó a ser la octava economía mundial. Una década más tarde, en 2017, habíamos retrocedido al puesto 14. En 2022 ya habíamos bajado al 15. Una posición que seguramente perderemos en favor de Indonesia, quedando fuera de las 15 principales economías mundiales. Además, según la OCDE, para 2060 estaremos en PIB per cápita por detrás de Portugal, Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Turquía y Grecia. Y Rumanía —sí, ¡Rumanía!— nos habrá alcanzado.

El crecimiento se irá reduciendo, o el decrecimiento aumentando, a medida que se aceleren las medidas para la «emergencia climática», lo que a su vez tensionará la deuda. ¿La solución? Más impuestos al carbono e impuestos especiales sobre los combustibles. Y así sucesivamente. Un infernal círculo vicioso. ¿Alguien cree que esta espiral puede acabar bien?, ¿qué no sólo los jóvenes van a tener un futuro negro, sino que también los que tuvieron la suerte de empezar cuando la economía aún crecía pueden perder lo ganado? 

Entretanto avanzamos hacia la debacle económica, el Gobierno se felicita porque ya son más de dos millones los españoles que dependen del Ingreso Mínimo Vital (IMV), casi 700.000 familias. Como si el bienestar de una sociedad fuera tanto mayor cuantos más individuos dependen del subsidio del Estado. En realidad, la forma de medir el progreso es justo la contraria. Cuantas menos personas dependan de la venenosa caridad de los políticos, mayor será el grado de bienestar de la sociedad. O dicho usando la palabra que tanto gusta a quienes nos parasitan y gobiernan, más resilientes seremos.

Tres generaciones van a malograrse y aquí seguimos, como memos, absortos con intrigas de chichinabo. Ahora atentos al vergonzoso devenir de un decreto anticrisis que es una tomadura de pelo, dicho en plata: una mierda. Preocupadísimos por si el IVA de los boniatos finalmente sube dos, tres o cuatro puntos. O por si la factura de la luz se queda en los tropecientos euros actuales o se dispara a los tropecientos y pico. O por si esta o aquella limosna se mantiene, se aumenta o se recorta. O por cómo vamos a repartir y malgastar el dinero que nos prestan. Una discusión surrealista entre matasanos de medio pelo sobre cómo y en qué dosis administrar aspirinas caducadas a un enfermo que en realidad necesita avezados cirujanos. 

«Ser responsable no pasa por apoyar un conjunto de medidas miserables»

Que nadie se equivoque. Ser responsable no pasa por apoyar un conjunto de medidas miserables, sino por acertar a proponer otras mucho más ambiciosas. Ayudar a las familias no consiste en medidas selectivas extraordinarias y temporales. Reducir la fiscalidad a las empresas sólo a cuento de la eficiencia energética es una broma. La economía española necesita un cambio radical, no meter sólo la puntita. Necesita invertir los términos; esto es una reducción más que sustancial del impuesto de sociedades, sin condicionalidades, ni provisionalidades propias de tahúres. Menos llenarse la boca con el populismo de las reducciones selectivas de IVA para las rentas bajas y medias, y más medidas para permitir que quienes crean riqueza sean el motor de la prosperidad verdadera, la que al final se derrama sobre todos.        

Los pronósticos a largo plazo como los de la OCDE hay que cogerlos con pinzas, pero es incontestable que España se desmorona, no políticamente, sino económicamente. Romper la nación española es más difícil de lo que algunos piensan y también de lo que les gustaría a ciertos hijos de perra. Arruinarla, sin embargo, está a tiro de piedra. 

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