THE OBJECTIVE
Andreu Jaume

La destrucción del Congreso

«Todo indica que las redes sociales han contribuido de manera penosa a destruir la distancia propia del sentido institucional»

Opinión
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La destrucción del Congreso

Fachada del Congreso de los Diputados, Madrid. | Wikipedia

Era una de las anécdotas que se me habían quedado grabadas durante mi adolescencia, cuando empezaba a interesarme por la política y solía seguir en televisión los plenos del Congreso de los Diputados. La escena se había producido, según mi recuerdo, durante un debate sobre el Estado de la Nación. En la tribuna estaba Carlos Solchaga, entonces presidente del Grupo Socialista. Solchaga empezó su intervención discutiendo lo que acababa de decir el Partido Popular contra el Gobierno de Felipe González, pero el presidente de la Cámara, el también socialista Félix Pons, le interrumpió para advertirle que no tenía la palabra para defender al Gobierno, puesto que éste podía defenderse solo. Solchaga continuó y volvió a la andadas, con lo que el presidente se vio obligado de nuevo a llamarle la atención. Ahí la bancada popular se entusiasmó y estalló en aplausos, momento en que Félix Pons tronó: «Silencio, señorías. La presidencia no necesita que la jaleen, pues toma sus decisiones en conciencia». Esas eran, al menos, las palabras que yo recordaba.

Evocando hace poco la escena, traté de cotejar mis recuerdos con los hechos. El Diario de Sesiones del Congreso debería ser una de las lecturas obligatorias para todos los estudiantes de este país. Ahí está, viva y en constante formación, la historia de nuestra democracia, llena de episodios imprescindibles para entender nuestra realidad política. El caso es que me costó bastante dar con el corte que estaba buscando. La interrupción de Pons a Solchaga no se había producido durante un debate sobre el Estado de la Nación sino en un pleno en el que el Gobierno, a petición propia, compareció para informar acerca de la situación económica. La sesión tuvo lugar el 5 de agosto de 1993. Estas fueron las palabras exactas de Pons durante su primera interrupción:

«Señor Solchaga, en la medida en que esas consideraciones sean absolutamente imprescindibles para hacer inteligibles las razones del Grupo Socialista, la Presidencia se las consentirá, pero el turno es de fijación de posición en relación con la exposición que ha hecho el Gobierno. Para defender al Gobierno, se defenderá él sólo. (Rumores)».

Al cabo de un rato largo, Pons volvió a interrumpir al orador:

«Un momento, señor Solchaga. Al inicio de su intervención he intentado marcar lo que creía que era el contenido de la misma, pero me temo que se está aproximando Su Señoría a los límites. Le agradeceré que haga un esfuerzo por no abrir debate con los restantes grupos de la Cámara, sino para fijar la posición central del debate. (Aplausos en los bancos del Grupo Popular.) Silencio, señorías. La Presidencia no necesita que la jaleen, porque toma sus decisiones con independencia del criterio de Sus Señorías. (Aplausos.) Tiene la palabra el señor Solchaga».

Aunque ya nadie los recuerda, detalles como este ilustran hasta qué punto se ha degradado una institución tan importante y trascendente para la democracia como el Congreso de los Diputados. No hace falta insistir en la desoladora mediocridad de la sucesora de Pons, una mujer sin autoridad ni sintaxis, carente de la más mínima preparación para el cargo, incapaz de guiar un debate con solvencia y dispuesta tan sólo a obedecer las consignas no ya de un partido, sino tan solo de un presidente egópata y acomplejado.

«La mayoría de parlamentarios ya no hablan para la cámara sino solo para su canal de seguidores»

Pero lo cierto es que la pobre Armengol no está sola en la destrucción colectiva del sentido institucional. En muy pocos años, hemos visto cómo portavoces del Gobierno, ministros, presidentes autonómicos, fiscales y jueces han abdicado la  decorosa neutralidad que exige su cargo para convertirse en partisanos. Lo mismo está ocurriendo con la mayoría de los periodistas, incapaces ya de distanciarse del ambiente tóxico, convertidos en propagandistas no ya de una «ideología», esa antigualla, sino de uno de los tantos bandos de camorristas que están devastando el espacio común. 

Hace poco, alguien me leía un tuit –o como se llamen ahora las excrecencias de esa máquina de idiotización mundial– del presiente del Gobierno publicado el pasado 11 de marzo: «Se cumplen 20 años del 11M. El mayor acto terrorista de Europa, la mayor infamia y mentira de un dirigente político: José María Aznar». La repugnancia que uno siente frente a una declaración de esa índole por parte de un presidente en ejercicio es inmediata e instintiva y nada tiene que ver con la opinión que pueda tener acerca de Aznar o de lo que ocurrió durante aquellos aciagos días. El asco proviene de constatar cómo la matanza se ha puesto al servicio de la propaganda institucional, degradándose el actual presidente hasta el mismo punto cero moral que pretendía denunciar en quien ostentaba su cargo hace dos décadas. 

Todo indica que las redes sociales –y en general este nuevo clima histérico, narcisista y pueril que ha generado el orbe virtual– han contribuido de manera penosa a destruir la distancia propia del sentido institucional. Los antiguos griegos, para referirse a lo que había entre los mortales y los dioses, hablaban de to metaxú, que es justamente lo que hace posible que haya hombres. Como vio Aristófanes antes que nadie, si desaparece to metaxú, empieza la comedia. Simone Weil retomó el término en el siglo pasado para definir aquello que hace posible la aspiración al bien y la trascendencia en la ciudad. Sin las mediaciones de la cultura y las instituciones, la vida humana no es posible y la ciudad será destruida. Los puentes sirven tanto para separar como para unir. Cuando Pedro Sánchez publica un tuit de esa naturaleza y cruza el umbral de su presidencia está volando el puente que nos une a todos los españoles y que a su vez nos distancia del signo político que encarna. Si un ciudadano ya no ve a su presidente sino solo al miembro de un partido, él mismo deja de ser ciudadano para convertirse en enemigo.

Cuando interrumpió a Carlos Solchaga, Félix Pons se refirió a «la Presidencia», que era justamente aquello que estaba entre él mismo y el partido al que ambos pertenecían. Su corrección, por tanto, no iba dirigida contra él sino a favor de la institución y del bien común. Por la misma razón, Pons sofocó de inmediato los aplausos de la bancada popular, que intentaban desvirtuar su intervención y convertirla en un escarnio del oponente. Él sabía que no podía consentir ni una ni otra desviación porque sencillamente había sido elegido como custodio de aquello que a la vez los unía y los separaba a todos. No eran, por otra parte, tiempos fáciles para los socialistas. En aquella última legislatura del felipismo, el Gobierno estaba acorralado por la corrupción y la crisis económica. Hubiera venido bien que Pons se hiciera el tonto y diera aire al portavoz de su partido. Pero en lugar de eso, la tercera autoridad del Estado se limitó a cumplir con su deber.

La inmediatez, la grosería y el odio de las redes sociales se han apoderado de la representación política. La mayoría de parlamentarios ya no hablan para la cámara sino solo para su canal de seguidores, que tienen que alimentar cada día con videos ocurrentes que luego los payasos de turno comentan en su propio circo. Quizá más pronto que tarde, los políticos se den cuenta de que un cargo público no puede comportarse como un ciudadano común en el abuso de esta nueva doxa digital. Quien representa al conjunto de la ciudadanía no debería estar constantemente emitiendo opiniones contra una o varias partes de la sociedad. Como dice a menudo Cayetana Álvarez de Toledo, cada día con más razón, hay que hacer la revolución de la seriedad. 

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