THE OBJECTIVE
Ignacio Ruiz-Jarabo

Sánchez anuncia su 'solución final'

«El final de la opereta ha puesto de manifiesto lo que muchos ya creíamos: que Sánchez solo está profundamente enamorado de sí mismo y del poder»

Opinión
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Sánchez anuncia su ‘solución final’

Ilustración de Alejandra Svriz

Aquellos que creyeron -creen- en la veracidad de lo que exponía Sánchez en su infausta «carta a la ciudadanía» deberían aconsejarle que visitara a un especialista en solucionar problemas de equilibrio emocional. Así lo necesitaría de ser cierto lo que nos comunicaba en su misiva pues junto a una notoria irresponsabilidad, quien así actúa revela que necesitaría el apoyo de un experto para superar la crisis existencial que él mismo anuncia. Que ese dirigente político declare públicamente su profundo amor a la que es su mujer ahondaría en evidenciar que estaría pasando por una seria crisis de ansiedad, crisis que le habría llevado a exteriorizar urbi et orbi sentimientos que una persona en estado psicológico normal solo manifiesta en la intimidad de su alcoba o en círculos muy próximos.

Lo acontecido en los días que siguieron a la carta y muy especialmente la comunicación que nos brindó Sánchez el pasado lunes puede tranquilizar a los españoles sobre el estado anímico de Sánchez. El desarrollo y el final de su opereta han demostrado que ni pasa por una crisis emocional ni tiene un problema de ansiedad. Sencillamente se ha puesto de manifiesto para todos lo que muchos ya creíamos: que Sánchez solo está profundamente enamorado de sí mismo y del poder. De modo que la realidad es considerablemente más peligrosa que la ficción ideada por Sánchez y ejecutada por él y por una reducida camarilla que baila a las órdenes de su «puto amo». Ojalá el problema de España consistiera en tener un presidente de Gobierno tocado psicológicamente de manera transitoria. Bien tratado, ese problema podría tener solución y de no encontrarse, siempre cabría su sustitución. Pero no, el mal que aqueja a Sánchez es más profundo y lamentablemente no tiene remedio.

Razones tienen sus allegados más próximos, familiares y amigos, para preocuparse por el problema que tiene Sánchez pues una persona enamorada de sí mismo y de algo tan pasajero como es el poder está condenada a la infelicidad, algo fácilmente apreciable en él si se observan con detenimiento sus actos y sus actitudes, unos y otras demostrativos de la inquietud que inunda el espíritu de Sánchez. Pero motivos más profundos y muy serios tenemos los españoles por el enorme daño que, debido a su problema, puede ocasionar -y ha ocasionado ya- a nuestra democracia y a nuestras libertades. 

Dice la literatura romántica que el amor es ciego y yo me atrevo a profundizar en semejante afirmación manifestando que cuando es profundo la ceguera adquiere mayor profundidad. Y, en efecto, todo en Sánchez viene explicado por la profundidad con la que se quiere a sí mismo y con la que anhela mantener el poder para autosatisfacer el amor que se profesa a sí mismo.

Por ese ansia de continuar en el poder no ha dudado en convertir a la economía española en una especie de caja mete saca en la que se introduce el fruto del expolio realizado a los supuestos ricos para luego extraer el fruto del expolio y repartirlo entre los supuestos pobres. Digo supuestos pues ni es cierto que los autónomos, los pequeños empresarios y los trabajadores con sueldo medio sean ricos, ni tampoco lo es que todos los beneficiarios de los múltiples repartos que realiza Sánchez sean pobres. También por asegurar su permanencia en el poder ha metido mano Sánchez a diversas instituciones que podrían dificultar su autosatisfacción: Tribunal Constitucional, Fiscalía General del Estado, Tribunal de Cuentas, Instituto Nacional de Estadística, CIS…

«Le molestan los jueces independientes y los medios de comunicación libres y ha decidido acabar con ellos»

Pero aún le quedaban -le quedan- dos áreas rebeldes con su proyecto autocrático que, como todos sabemos, son los jueces y los medios de comunicación no comprados. Y hete aquí que finalmente Sánchez ha decidido ir a por ellos y así se lo escuchamos el lunes. Primero en la declaración en la que emulando a Joe Rígoli nos comunicó que «Yo sigo» y después en la genuflexa ¿entrevista? que le hicieron en RTVE, Sánchez anunció que se propone dar comienzo a la solución final con la que exterminar a los díscolos con su poder. Le molestan los jueces independientes y los medios de comunicación libres y ha decidido acabar con ellos.

Para buscar su objetivo no le va a faltar ningún Goebels que a toda prisa se apreste a cumplir sus deseos y órdenes propagandísticos. Tampoco le faltarán ángeles exterminadores como ha quedado claro con el manifiesto de los periodistas que encabezó Silvia Intxaurrondo. Y tampoco las cuadrillas de sus camisas rojas que, con el brazo arriba y el puño cerrado, estén dispuestas a reeditar la noche de los cuchillos largos arengados por cualquier descerebrada deslenguada y saltimbanqui. Y con semejantes armas Sánchez ha decidido implementar su particular solución final. Serán la historia y los historiadores los que cuenten y juzguen los perversos métodos que se dispone a aplicar y que ejecutarán entusiasmadamente aquellos que le consideran su «puto amo». Una y otros levantarán acta del resultado final de su lucha, computarán las víctimas que ha provocado e intentarán que la humanidad no vuelva a consentir semejante liberticidio. Así hicieron y hacen con otros ejemplos históricos. 

Pero con independencia del papel que corresponde a los historiadores, ante la amenaza que nos ha sido anunciada todos los que amamos la libertad debemos levantarnos aquí y ahora contra las pretensiones de este nuevo liberticida. La histórica frase de Martin Niemöller sobrevuela como una profecía sobre nuestras cabezas de manera que si no nos rebelamos cuando van a por los demás, ahora jueces y periodistas, cuando vayan a por nosotros ya será tarde. 

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