The Objective
Paula Quinteros

El lugar del dolor

«Cuando alcanza el límite de lo aceptable para todos, lo hace tarde y mal. Entonces sí hay atención. Resulta difícil no ver ahí una forma de desajuste»

Opinión
El lugar del dolor

Escena de 'Al azar de Baltasar' (Robert Bresson, 1966).

No todas las vidas transcurren igual. Algunas lo hacen con dolor. A veces es visible. Otras se disimulan con una disciplina casi estética. Hay quien consigue incluso que pase por carácter.

El dolor introduce decisiones: decidir cuándo hablar de él, decidir cómo actuar. Son decisiones corrientes. Rara vez se formulan así. Quizá porque hacerlo obligaría a reconocer su frecuencia, o su mera existencia, incluso en quienes parecen más estoicos.

Hay enfermedades que apenas generan conversación. Su gravedad no es menor; su número sí. Esa proporción las vuelve discretas también en el espacio público. No producen titulares ni debates prolongados. Tampoco urgencia. La investigación avanza más despacio. La inversión es menor. La innovación llega con retraso. Falta relato. Quedan pacientes dispersos, organizando su vida con los medios disponibles, a menudo con una capacidad de adaptación que no han elegido.

Aparece entonces una forma jodida de soledad: la de la escasa relevancia.

En ese contexto, las decisiones se vuelven sobrias. No hay soluciones completas. La frustración adopta una forma silenciosa. Consiste en comprobar que incluso en sistemas muy desarrollados, la elección se da entre alternativas imperfectas. Nada especialmente escandaloso. Nada especialmente satisfactorio. La cuestión es aceptar lo suficiente. Lo suficiente, bien entendido, tiene algo de virtud.

Epicuro formuló una ética exigente a la que uno vuelve cuando te pinchan el alma: el placer entendido como límite, como ausencia de dolor y de perturbación. Aponía y ataraxia. Esa forma de orden exige una condición previa: la retirada del dolor. Cuando persiste, la vida se organiza de otro modo, a espaldas del mundo. Se impone una lógica de administración minuciosa. La estabilidad deja paso a intervalos. Se aprende a reconocerlos con cierta precisión. La felicidad aparece finalmente como una reducción. Un momento en el que cede lo suficiente. No siempre conviene exagerar ese momento. Tampoco ignorarlo.

Algo parecido ocurre en la conversación pública. Suele desviarse hacia asuntos menores. Se construyen identidades de hierro sobre matices de cartulina y se plantean conflictos que apenas rozan aquello que, en la práctica, determina la vida de las personas. Se discute con energía. Esa energía se consume en relatos que simplifican más de lo que explican. Ordenan el mundo en categorías manejables, pero rara vez lo comprenden. Son útiles para posicionarse. Menos para pensar.

«La comprensión completa del sufrimiento ajeno queda fuera de alcance. Basta con reconocer su existencia»

Buena parte de esa conversación gira en torno a promesas de perfección que apenas resisten el contacto con lo real. Se discuten modelos ideales mientras lo común —la enfermedad, el dolor, la pérdida— queda fuera de foco. Incomoda. Se formulan con precisión los límites de lo que no debería hacerse, pero rara vez se explica cómo afrontar lo que ya está ocurriendo. Se dibujan horizontes deseables que apenas encuentran traducción en la práctica.

Hay una paradoja —que suele insultar al afectado— en ese desplazamiento: cuanto más se eleva el lenguaje, más se aleja de lo que debería importar. Cuando el dolor alcanza el límite de lo aceptable para todos, lo hace tarde y lo hace mal. Entonces sí hay atención. Titulares, posiciones, declaraciones. Una intensidad que no estuvo antes. Resulta difícil no ver ahí una forma de desajuste.

Mientras tanto, experiencias como el dolor o la enfermedad operan con una lógica más simple y más igualadora. No necesitan explicación. Se imponen. Cada uno organiza su vida como puede. Con disciplina, con resignación o con una combinación de ambas. A veces con una eficacia que sorprende incluso a quien la vive.

La comprensión completa del sufrimiento ajeno queda fuera de alcance. Basta con reconocer su existencia. Ese reconocimiento, aunque limitado, introduce una forma discreta de respeto. En ese punto, muchas diferencias pierden importancia sin necesidad de ser discutidas. Puede ser que hasta esto esté hoy en peligro.

Para quienes conviven con ese tipo de límites —de forma más o menos continua—, todo lo anterior resulta menos abstracto. El dolor sitúa. Reconocerlo en otros exige menos soberbia de la que estamos dispuestos a admitir.

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