The Objective
Jorge Mestre

Sánchez insulta a sus votantes

«El verdadero problema del presidente no es lo que piensa de sus adversarios. Es lo poco que parece pensar de la inteligencia de quienes todavía le votan»

Opinión
Sánchez insulta a sus votantes

Ilustración de Alejandra Svriz.

Hay un momento en el que la mentira deja de ser una estrategia política para convertirse en un insulto. No porque el adversario deje de creerla, algo que forma parte del juego democrático, sino porque quien la pronuncia presupone que los suyos han perdido el juicio, la memoria y hasta el sentido común. Es el instante en que el gobernante ya no intenta convencerte de que tiene razón; intenta convencerte de que tus propios ojos te están engañando. Como los trileros de feria que, después de esconder la bolita delante de tus narices, terminaban haciéndote creer que el torpe eras tú. Pedro Sánchez ha llegado exactamente a ese punto.

El problema es que la realidad tiene una pésima educación. No pide permiso para entrar, no atiende a ruedas de prensa y, sobre todo, no milita en el PSOE. Por mucho que Sánchez aparezca para explicarnos que todos los escándalos de corrupción que le rodean responden a una gigantesca conspiración de jueces, periodistas, hombres que fuman puros, la ultraderecha y oscuros poderes fácticos, hay un detalle obstinado que se empeña en estropearle el relato: la memoria de los ciudadanos.

Porque los españoles recuerdan perfectamente quién convirtió a José Luis Ábalos en su mano derecha, quién elevó a Santos Cerdán al sanctasanctórum del partido y quién depositó durante años en ambos una confianza política absoluta. Al paso que vamos, cualquier día nos dirá que conoció a Ábalos en la cola del supermercado y que a Cerdán se lo presentaron una tarde en un ascensor averiado.

Lo verdaderamente extraordinario no es que Sánchez intente sobrevivir políticamente. Eso es de manual. Lo extraordinario es el método elegido: pedir a sus propios votantes que desconecten el cerebro antes de escucharle. Que olviden quién nombró a quién, quién ascendió a quién y quién sostuvo durante años a quienes hoy aparecen descritos como simples ovejas descarriadas. Es como ese tahúr de mus que, después de repartir las cartas marcadas durante toda la partida, pretende convencer a la mesa de que los cuatro ases han entrado solos en su mano por obra del Espíritu Santo. No pide credibilidad; exige credulidad.

Y el fenómeno no termina ahí. También debemos aceptar que un hombre puede compartir desayunos, viajes, campañas electorales y decisiones políticas con sus colaboradores más estrechos sin enterarse absolutamente de nada. Que la convivencia cotidiana con su mujer no permite conocer ni intuir aspectos relevantes de su actividad profesional cuando estos terminan ocupando el debate público.

Que la cercanía familiar con su hermano transcurre en una especie de compartimentos estancos donde nunca se habla de trabajo. Y que todo cuanto rodea a quienes han formado parte de su círculo más próximo pertenece siempre a una dimensión desconocida para él.

La política española ha descubierto una nueva ley de la física: cuanto más cerca está alguien de Pedro Sánchez, menos sabe Pedro Sánchez de él. Una especie de agujero negro donde desaparecen las responsabilidades, los recuerdos y hasta el sentido común.

«La política española ha descubierto una nueva ley de la física: cuanto más cerca está alguien de Sánchez, menos sabe Sánchez de él»

Lo inquietante es que esta forma de hacer política no busca rebatir a la oposición. Busca infantilizar al propio electorado. Porque el mensaje de fondo siempre es el mismo: «No hagas caso de lo que ves. No relaciones unos hechos con otros. No extraigas conclusiones. Ya pienso yo por ti». Es la vieja tentación de quienes terminan confundiendo el liderazgo con la infalibilidad. Los hechos dejan de importar; lo único relevante es la versión oficial. Las investigaciones pasan a ser conspiraciones. Las críticas se convierten en campañas. Y cualquier asunto incómodo acaba presentado como una operación organizada por enemigos del régimen.

Pero la democracia funciona exactamente al revés. Exige ciudadanos capaces de pensar por sí mismos, incluso cuando eso incomoda a quienes gobiernan. Exige confiar en el criterio de los votantes, no tratarlos como menores de edad a los que hay que proteger de la información para que no lleguen a conclusiones indeseadas. Porque un ciudadano puede equivocarse, pero tiene derecho a hacerlo con los datos delante, no con los ojos vendados por el relato de quien ocupa el poder.

Los ciudadanos pueden perdonar un error. Incluso una contradicción. Lo que difícilmente perdonan es que alguien les trate como si fueran incapaces de distinguir una explicación de una excusa. Porque una cosa es pedir confianza y otra muy distinta pedir fe. Al final, el verdadero problema de Sánchez no es lo que piensa de sus adversarios. Es lo poco que parece pensar de la inteligencia de quienes todavía le votan.

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