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'Sucession': la familia como abismo

"Ninguna serie reciente ha sabido reflejar los anhelos y deseos más turbios instalados en nuestras entrañas como Succession, una versión moderna, espídica y mediática de Hamlet"

Foto: HBO

Es cierto que ecos de Shakespeare revolotean por las mesas lujosas donde se disponen los platos más suculentos que saborean los protagonistas de Succession, la serie de HBO que está conquistando a crítica y público por su feroz retrato de la familia como un pavoroso abismo. Pero todavía hay una referencia más atávica que se puede registrar en esta serie: la figura del padre que desde el psicoanálisis freudiano se presenta como asesinada. Dicho de otro modo, la muerte del padre. ¿De qué otro modo podemos nombrar la escena final de esta segunda temporada si no es con una simbólica pero definitiva muerte del padre?

Moisés y la religion monoteista es el último gran texto freudiano e incide en la muerte de un padre que se relaciona con la verdad inconsciente y con cierta satisfacción pulsional; algo que Lacan llevó mucho más lejos al afirmar que en el asesinato del padre se registraba cierto goce por parte del hijo. Y, ¿con qué otro calificativo podemos describir la cara de Kendall al final de esta temporada si no es con el de absoluto goce?

Succession es una tragedia moderna y corrosiva que bien podría haber firmado un cineasta como Rainer Werner Fassbinder si hubiera llegado hasta nuestros días. No es casualidad que el director alemán —muy proclive también a filmar padres ausentes, padres heridos y padres débiles— tuviera como colosal proyecto antes de su muerte por sobredosis en 1982 filmar una adaptación de Moisés y la religión monoteísta de Freud.

En una entrevista concedida muy poco antes de su muerte afirmó que debería ser una serie de televisión: “Quería hacer una serie para la televisión en base a ese libro. La televisión es fantástica para trabajar asuntos psicoanalíticos. Eso de las noticias, los programas de deportes y los juegos televisivos son cosas secundarias de la televisión. Quiero decir que a la televisión sólo se la aprovecha de veras cuando se filman cosas que intervienen directamente en la situación de los espectadores, o sea cuando uno se dirige de manera directa a la familia que está delante de la pantalla. Suena idiota si digo que quiero popularizar a Freud, pero lo que quiero es acercarlo a aquellos que no tienen dinero para ir al psicoanalista, quiero que la televisión asuma una función psicoanalítica”.

¿No les parece que esta afirmación de Fassbinder es anticipatoria y tremendamente lúcida del momento actual que viven las series como vertebradoras de nuestro imaginario? Algo similar afirmaba ya en 2011 Jorge Carrión en su libro Teleshakespeare: “Si nadie como Shakespeare supo retratar al hombre y a la mujer de su tiempo, nada como estas nuevas series de televisión retrata la evolución de nuestras sociedades, nuestros deseos, nuestras inquietudes”.

Creo que ninguna otra serie reciente ha sabido reflejar los anhelos y deseos más turbios instalados en nuestras entrañas como Succession, una versión moderna, espídica y mediática de Hamlet, con un Brian Cox colosal que tiene como hermano a Ewan, la oveja negra de la familia —una suerte de Claudio shakesperiano—, el encargado de pronunciar una de las frases más certeras de una serie repleta de sentencias brillantes: “Toda esta familia es un nido de serpientes”.

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