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Tal como somos

"Amar –y amor significa también amistad y admiración– equivale a aceptar la debilidad del otro, a mirarnos tal como somos"

Foto: Guy Kopelowicz | AP

Para algunos historiadores, el conservadurismo americano empezó a ceder al oportunismo y la demagogia a mediados de los años cincuenta del pasado siglo, coincidiendo con la caza de brujas que impuso el macartismo. Para otros, esta deriva se retrasaría hasta la década siguiente, cuando la sociedad comenzó a descomponerse como efecto de la guerra de Vietnam, los conflictos raciales, el Mayo del 68 y la acumulación de problemas económicos que acabaron estallando en 1973. No fue en todo caso una dolencia exclusiva de la derecha, dado que la izquierda llega extenuada en los países anglosajones a la década de los ochenta y que, en la Europa continental, esta crisis ideológica surge ya con fuerza tras la caída del muro de Berlín. Se ha hablado bastante del éxito de la posguerra –y el historiador Tony Judt dedicó un largo estudio a esta cuestión–, pero no tanto de su debilitamiento con el paso de las décadas.

Al drama que supuso la Segunda Guerra Mundial le sucedió la incertidumbre de la Guerra Fría y de la reconstrucción del continente. América y la URSS pugnaban por el dominio mundial, contenidos, sin embargo, por ese peligroso equilibrio que acarreaba la disuasión nuclear. Por supuesto, las diferencias ideológicas regían sobre casi cualquier punto en cuestión. Pero un plus de responsabilidad parecía revestir a la clase dirigente. Trabajadores y empresarios compartían cierto sentido de la justicia salarial, que atenuaba las diferencias sociales. Las estrellas del cine y del deporte mostraban una mayor humildad, lejos de los fastos previos al crack del 29. No cabe duda de que los votantes manifestaban sus preferencias, pero la mayoría respetaba por igual a los candidatos republicanos que a los demócratas. Luego la guerra cultural, el enfrentamiento entre identidades y el exhibicionismo público fueron vaciando el depósito de la confianza social. El relevo generacional ofrecía figuras públicas y dirigentes empresariales cada vez más alejados de lo que se espera de un líder adulto y, en su inmadurez, fueron asumiendo discursos y políticas cada vez más divisivas. Hoy, las redes sociales han exacerbado todavía más esta tendencia. Las polis inteligentes, al igual que las familias, saben que todos somos imperfectos. Y por tanto apelan a la responsabilidad. Las polis enfermas, en cambio, reivindican un moralismo fatuo y adolescente que exige algo tan inhumano como una perfección rígida y abstracta. Humanizarse supone decir adiós a los histrionismos verbales y a esta histeria que se quiere confundir con la pureza. Como nos enseñó Simone Weil, amar –y amor significa también amistad y admiración– equivale a aceptar la debilidad del otro, a mirarnos tal como somos.

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