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Carlos Mayoral, reinvidicando la Generación del '98

Foto: Círculo de Tiza

Si tienen twitter, Carlos Mayoral no les será desconocido. Aunque el nombre no les sea familiar, su apodo tuitero lo reconocerán de inmediato: La voz de Larra. Tras este apodo, indicador claro de las debilidades de su dueño, se esconde Carlos Mayoral, un lector voraz de clásicos y un amante empedernido de la literatura y el pensamiento de la Generación del ’98. Colaborador de medios como The Objective, Mayoral acaba de publicar Empiezo a creer que todo es mentira, un recorrido a través de los clásicos que ha influido en su formación. De Cervantes hasta Borges o Ana María Matute, Mayoral rinde homenaje a los escritores cuyos textos, a pesar del tiempo transcurrido, siguen interpelándole, demostrando aquello que decía Calvino: un clásico es un libro que nunca deja de leerse.

¿Cómo nace la idea de escribir un libro como Empiezo a creer que todo es mentira?

Es muy difícil decir en qué momento surge la idea de este libro, pues creo que la idea ha ido fraguándose dentro de mí a lo largo de los años, pero sí puedo decir que el libro tiene que ver con el trato bastante injusto que se da a los clásicos. Yo, que ahora estoy más en contacto con el mundo cultural, me doy cuenta de que, si bien te encuentras con personas muy cultas, no son pocas las veces en las que, al aludir a dioses de la literatura hispánica, te das cuenta de que gente muy culta no sólo los desconoce, sino que no tiene el más mínimo interés en acercarse a ella. Este rechazo me provoca mucha antipatía.

¿Has encontrado alguna explicación para ello?

Creo que la clave está, principalmente, en la educación y en cómo nos han inculcado el amor por los clásicos durante los años de estudio. Es evidente que el sistema educativo nos ha conducido muy mal hacia los clásicos. Y, precisamente por esto, ante esta situación, a mí me gustaría ser un poco justiciero y devolver a los clásicos el lugar que merecen y, sobre todo, inscribirles en un plano contemporáneo, demostrando así que los clásicos no son anacrónicos. Unamuno es tan actual o más que cualquier escritor contemporáneo y podemos irnos aún más atrás: en el barroco te encuentras autores literariamente perfectamente actuales. Con Empiezo a creer que todo es mentira quería demostrar la contemporaneidad a los clásicos, porque estoy convencido de que los clásicos pueden ser tan actuales como Murakami o James Rhodes. En definitiva, a través de mi libro quería dar a los clásicos un halo de modernidad que no siempre se les reconoce.

Decía Calvino que un clásico es un libro que nunca se deje de leer, pero ¿Qué es un clásico para Carlos Mayoral?

Un clásico es un discurso atemporal, un discurso que sirve hoy como servirá mañana y como servía ayer. Para un clásico, el tiempo no es lo importante, por ello es tan clásico y tan contemporáneo un autor greco-latino como lo es Borges. No hay que sorprenderse ante la posibilidad de considerar actuales algunos textos greco-latinos, en concreto los diálogos de Platón. El clásico, por tanto, es un discurso que escapa del tiempo y que sirve como respuesta a preguntas que son siempre son las mismas. Lo decía precisamente el otro día Juan Cruz: las preguntas están ya toda hechas. Y un clásico es una respuesta a estas preguntas

¿Las preguntas, como los temas literarios -el amor, la muerte, el tiempo…- son siempre las mismas?

Totalmente. A mí el tiempo me obsesiona muchísimo y lo utilizo, incluso, en los pequeños textos: dejo pasar tiempo en el momento de escribirlos para que entre el principio y el final se establezca una perspectiva temporal. Las preguntas que nos planteamos son siempre las mismas, de la misma manera que el amor y la muerte son los grandes temas de siempre de la literatura.  Esta dualidad, eros y tanatos, está presente desde el mundo latino hasta ahora.

Carlos Mayoral, reinvidicando la Generación del '98

Portada del libro de Mayoral editado por Círculo de Tiza.

Estamos hablando de clásicos, pero si hay una literatura que ocupa gran parte de tu atención es la literatura de la Generación del ’98.

Sí, es así, porque los autores de la Generación del ’98 cumplen perfectamente con ese requisito propio de los clásicos: son grandes contestadores de preguntas que siempre están ahí. Hace poco leía Castilla de Azorín y creo que es el mejor libro de cuentos que he leído jamás, mejor incluso a cualquier libro de relatos de los autores hispanoamericanos, que son unos maestros del género breve. Nunca he leído un libro de cuentos como Castilla de Azorín y su libro es la clara demostración de que los clásicos, porque Azorín es un clásico, están denostados.

Muy contundente en tus palabras

Es así, si ahora pones un libro de Azorín sobre la mesa la gente se desmaya cuando Azorín es un autor ligero, sencillo y moderno en el sentido amplio de la palabra. Asimismo, Castilla es la prueba de la majestuosidad del ’98, una generación que trató de contestar a grandes preguntas a través del cuento, de la poesía, de la sátira, piensa en Valle-Inclán, y del ensayo a través de autores como Unamuno o Ortega y Gasset. Por ello, cuando contraponen a la generación del ’98 la del ’14 o la del ’27, digo que ninguna de estas dos se acerca a la primera, porque los autores del ’98 consiguieron proponer una obra y un pensamiento incomparablemente amplio. Y este es el motivo por el cual siempre que puedo aludo a los autores de la generación del ’98.

Dejando de lado Antonio Machado, puede que lo que sucede es que haya autores y obras del ’98 que hayan envejecido mal. Pienso, por ejemplo, Jacinto Benavente e, incluso, el libro La deshumanización del arte de Ortega y Gasset

No estoy muy de acuerdo, yo tengo la sensación de que lo que ha envejecido mal es lo que siguió al’98 y que desafortunadamente acabó comiéndoselo. En este sentido, creo lo que ha envejecido mal es el surrealismo. El Lorca surrealista, que en su momento se impuso en parte a la poesía ’98 y arrinconó a Juan Ramón Jiménez, ha envejecido bastante mal, es decir, el Lorca de Poeta en Nueva York ha envejecido bastante más que el Lorca de los Sonetos del amor Oscuro o de Romancero Gitano. Son las vanguardias las que están envejeciendo, no el ’98. Basta leer a Ángel González, José Hierro o a Luis García Montero para darse cuenta que tras su poesía está Antonio Machado. Y lo mismo sucede con Unamuno y con Ortega, que siguen siendo autores esenciales en la actualidad y muy vigentes: Unamuno influye muchísimo en Ortega y el pensamiento y la filosofía de hoy no la podemos pensar sin Ortega.


Personalmente, diría que Ortega quedó sepultado, puede que no del todo, pero si en gran parte, por Heidegger y que la filosofía de la segunda mitad del XX estuvo más influenciada por la Escuela de Frankfurt, el neo-marxismo o el pensamiento francés a partir de los sesenta.

Una cosa no quita la otra. Fíjate que hay mucho Heidegger en Ortega y mucho Ortega en Heidegger, están interconectados, por mucho que sean rivales. Hay una frase que dice que Ortega y Gasset enseñó a pensar en castellano. Independientemente de que se esté de acuerdo con sus ideas o no e independientemente de que el último Ortega, ya apagado por la dictadura, sea infumable, creo que la manera que tiene de entender el conocimiento y de transmitirlo fue fundamental para los filósofos que le siguieron, empezando por Julián Marías, Marina y demás. Hay que decir que Ortega era un excepcional prosista que sabía transmitir sus reflexiones de forma excepcional.  Todos los filósofos españoles de la segunda mitad del siglo XX y los contemporáneos beben de Ortega. Y, dicho esto, vuelvo a lo de antes: no existiría Ortega sin Unamuno, que están en todo. En fin, para volver a tu pregunta, no creo que ni Ortega ni Unamuno ni tampoco los otros componentes de la Generación del ’98 sean autores que hayan envejecido mal.

Tengo bastantes dudas de que se pueda hablar de filósofos españoles tras la segunda mitad del XX. En todo caso hablaría de profesores o historiadores de filosofía. Y destacaría como última gran filósofa a María Zambrano, la única que con su “razón poética” creó un sistema de pensamiento.

Pues para contestar a tu observación, vuelvo a recurrir a Unamuno, que decía: en España, la razón y la ciencia, que son los dos grandes ejes de la filosofía, no han funcionado, sin embargo, siempre hubo una puerta trasera para llegar a la filosofía y esta puerta es la mística. Cuando Unamuno habla de mística no debemos pensar solamente en la mística religiosa de San Juan de la Cruz, sino en la creación artística en general. Para Unamuno, la mística no tenía que ver con la razón, pero sí con el arte y con la literatura, las dos expresiones que permitían llegar al conocimiento. España carece, por tanto, de una tradición filosófica si pensamos la filosofía como el arte de la razón, pero sí encontramos mucha filosofía en grandes textos literarios e, incluso, periodísticos. No hay que olvidar que tanto Unamuno como Ortega escriben en periódicos.

En este sentido, a quien reivindicaría es el Antonio Machado prosista.

Claro, el Mairena es filosofía pura, pero planteada narrativamente. Parece que la cultura hispánica no puede separarse de la narración para pensar y creo que no es algo a desdeñar. Cuando Ortega le espetaba a Unamuno que en España hubiéramos sido incapaces de inventar la luz, Unamuno le contestaba: sí, pero la luz luce aquí como allá donde se inventó. Ojalá El Quijote luzca en otros lugares igual que aquí.

 

 

Volviendo a tu libro, hay que decir que tiene un gran poso autobiográfico, ante todo porque es a través de un supuesto yo autobiográfico que te acercas a los autores.

Sí, porque el libro es una radiografía de un lector. Esa primera persona, que no sé si mira a la literatura con mis mismas pupilas, lo que hace es radiografiar sus lecturas y refleja la importancia que han tenido esos autores y esos textos en su vida. Es a partir de la experiencia lectora que yo escribo los textos sobre los autores allí reunidos y, precisamente por ello, por partir de la experiencia lectora, los textos tienen tonos distintos. Por ejemplo, soy bastante lírico en el texto que dedico a buscar un verbo para hablar del asesinato de Lorca; necesitaba forzosamente un tono lírico y solemne, todo lo contrario de lo que necesitaba para escribir sobre Nada de Carmen Laforet. En este texto, utilizo un tono más jocoso. El tono de la escritura es el tono de mi lectura, es decir, el tono que me exige la lectura de esos textos.

En el capítulo dedicado a Lorca, cuestionas el uso de término “asesinato”, “muerte” o “ejecución” para referirte a su asesinato, alegando que su obra pervive. Sin embargo, ¿No es algo peligroso cuestionar dichos términos? Si bien es cierto que su obra pervive, Lorca sigue siendo víctima de una ejecución.

En este capítulo hay una crítica soterrada a ciertos planteamientos que no comparto. Me ha ocurrido, en más de una ocasión, de escribir sobre la obra de autores como Lorca, Miguel Hernández o Machado y de encontrarme con lectores que me han reprochado por no hablar de lo que fue de ellos. Me pasó recientemente en el aniversario de Lorca: escribí sobre su obra y un lector me señaló que no podíamos olvidar que había sido asesinado por unos fascistas. Está bien, pero si hablamos de su obra hablamos de su obra y no de su vida. Su obra está muy por encima de todo esto. Por tanto, el capítulo que le dedicó a Lorca nace de la constatación de que de tanto buscar el verbo con el cual describir cómo murió Lorca perdemos lo que realmente importa, su obra y su legado. De ahí que me pregunte hasta qué punto podemos decir que Lorca fue asesinado, hasta qué punto su muerte agrandó su figura y hasta qué punto Lorca sigue vivo en cuanto su legado perdura.

Puede que no diga nada de su obra, pero el uso del verbo importa, porque cuenta o deja de contar lo que pasó. Si hay libros de texto que no dicen que Lorca fue ejecutado es porque no les interesa contar la historia de este país tal y como fue.

Indudablemente. Es una vergüenza lo que se está haciendo con la educación en este país. He leído que en un libro de texto decía: “Antonio Machado se fue de España y murió en Francia”. La historia tiene que conocerse y a partir de ella reflexionar, pero lo que no podemos hacer es que la historia se imponga al arte, porque entonces estaríamos siendo injustos, ante todo, con los escritores y creadores. No me cabe la menor duda de que Lorca no quiere ser recordado por esa escena -lo voy a decir, aunque suene mal- tan humillante que vivió poco antes de ser fusilado: Lorca fue golpeado por un fusil al grito de ‘maricón’. Estoy seguro de que él no querría ser recordado por esto, sino por su arte, por su Romancero Gitano, por su Poeta en Nueva York…. Dicho esto, estoy de acuerdo contigo: la historia debe conocerse, debe saberse qué paso realmente, eso sí, siempre y cuando la historia no se anteponga al arte.

A propósito de no anteponer la historia al arte, tu aproximación a los textos literarios es bastante biográfica. ¿La vida de los escritores, para ti, es muy importante?

Sí, mucho. En la facultad de filología, ha habido una línea de estudio que proponía pasar por alto la biografía e ir directamente a la obra. Sin embargo, yo creo que las biografías de los autores completan la lectura de sus obras. Indudablemente alguien puede acercarse hoy día a El Quijote, la mayor obra que jamás se haya escrito, sin necesidad de saber quién era Cervantes ni en qué contexto histórico fue escrito. Sin embargo, si conoces la vida de Cervantes, tu lectura de El Quijote se completa, porque, al final, la vida del escritor siempre está presente en la obra, nos guste o no. Yo he escrito un par de libros y puedo decir que cuando escribo me dejo influir por mis vivencias y por mi contexto. Por tanto, hay un punto en el que la biografía del autor y su obra se tocan.

La crítica estructuralista y post-estructuralista te advertiría que la escritura convierte al yo en otro, es decir, que el “yo” narrativo es un “yo” ficcional. ¿Con una lectura biografista no corres el riesgo de leer la obra de un autor solo en base a su vida?

Probablemente, pero es hay que tener en cuenta que la relación entre la vida del autor, la obra y el lector es muy personal y subjetiva. Y esto lo digo pensando en mi propia experiencia personal. Yo leí El Quijote antes de entrar en filología y lo volví a leer después y esas dos lecturas fueron distintas; la segunda vez, El Quijote adquirió para mí una dimensión que no tenía antes. Siempre digo que las lecturas deben llegar en su momento apropiado y con cada lectura nos relacionamos de forma diferente, dependiendo de cuándo la leemos y en qué circunstancias. Tú eres amante total de Vila-Matas, a quien yo leí muy mal. Ahora es un escritor a quien hoy adoro, sin embargo, si me hubieras preguntado por él hace algunos años no te hubiera dicho lo mismo, porque mi relación con su obra era pésima. La capacidad intelectual que te lleva, con el tiempo, a comprender ciertos autores se completa con las biografías. Aunque, tienes razón, hay que saber dónde empieza la obra y dónde se acaba y, por esto, es importante conocer el punto en el que se tocan.

Tú que has reivindicado la figura de Javier Marías y de Vargas Llosa, ¿cómo interfieren sus opiniones en esa relación, a la que apelas, entre lector, obra y escritor?

Todas las personas que están, de una manera u otra, expuestas al público tiene que tener presente esta interferencia. De todas maneras, basta leer dos o tres párrafos de Javier Marías para darte cuenta de que estás delante de un narrador diferente, que estás ante alguien que eleva el arte de la escritura. Y esto está ahí y me da igual lo que luego escriba en otra parte, me es indiferente lo que opine o no. Ahora bien, es normal que las columnas puedan interferir en la relación que instaure un lector con sus obras y, por tanto, la relación que pueda instaurar el lector que por primera vez a Corazón tan blanco de Marías o a La ciudad y los perros de Vargas Llosa estará sin duda marcada por los artículos y las opiniones de los dos autores.

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