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¿Hacia dónde camina el Brasil de Lula tras el intento de golpe?

El presidente sale fortalecido social y políticamente tras la invasión de las instituciones democráticas en Brasilia por los partidarios de Bolsonaro

¿Hacia dónde camina el Brasil de Lula tras el intento de golpe?

Ilustración de Erich Gordon.

El día 1 Lula tomó posesión como nuevo presidente del gigante latinomericano en una ceremonia histórica. Histórica porque era el único hombre que conseguía llegar a la presidencia tres veces e histórica porque, unos días antes, Jair Bolsonaro, había cogido un avión de la Fuerza Aérea Brasileña y se había instalado en Florida, negándose al rito tradicional de pasar la banda presidencial al nuevo jefe del Ejecutivo. Pero Lula estaba bien acompañado, primero de su esposa, la primera dama Janja, que pretende marcar un papel muy diferente a la de sus antecesoras, erigiéndose como una mujer fuerte, activa, símbolo del feminismo del Gobierno Lula 3. Después su vicepresidente, Geraldo Alckmin, que también presente superar la tradición de vicepresidentes decorativos. 

A pesar de enemigo histórico de Lula, es depositario de la confianza de este, ha sido el nombre encargado de organizar la transición del gobierno y será nuevo ministro de Industria y Comercio y quien dialogará con empresarios, industriales y público más conservador.  Además, Lula estaba rodeado de otros 36 ministros que llevarán la gestión de Brasil a sus espaldas. El primero y más importante, Fernando Haddad, ministro de Economía, al que le cae sobre los hombros la complejísima misión de conjugar inversión pública y control del déficit en un país con sus cofres arrasados. Haddad es un moderado, el típico perfil socialdemócrata, un hombre muy inteligente, dispuesto a negociar. Una nueva regla fiscal y la reforma tributaria son sus prioridades. Junto a Haddad hay otros dos nombres del PT que forman el triunvirato de los ministros de primera línea, el exgobernador de Bahia, Rui Costa, que será ministro de la Casa Civil, cuyo papel es, en esencia, la coordinación de las políticas públicas con los demás ministerios y Alexandre Padilha, ministro de Relaciones Institucionales, que se encargará de la interlocución con el Congreso. 

Ambos, políticos de gran experiencia y capacidad, experimentados negociadores, personas sensatas que devuelven al Gobierno la capacidad de diálogo que había perdido con Bolsonaro y que acompañarán a Lula de cerca. Destaca, también la nueva ministra de Medio Ambiente, Marina Silva, que se encargará de devolver a Brasil la agenda medioambiental porque Lula tiene claro que la diplomacia verde recolocará a Brasil en el centro de las atenciones internacionales. No ha sido fácil acomodar tantas carteras porque Lula tenía que repartir cargos entre su propio partido, entre los políticos y partidos que le han apoyado durante la campaña y entre los que ahora garantizarán su gobernabilidad, pero, en general el saldo del puzzle ministerial es positivo: nombres moderados, con experiencia política, competencia y diversidad. 

«El lamentable episodio le da a Lula la oportunidad hacer rodar las cabezas de algunos políticos y comandantes golpistas»

Pero una semana después de la posesión, las alarmas se encendieron. El día 8 de enero, un grupo de unos 5.000 bolsonaristas radicales invadía los palacios de la Presidencia, el Congreso Nacional y el Tribunal Supremo en Brasilia ante la inacción y complacencia de la Policía Militar del Distrito Federal. Ya tenía Brasil su Capitolio tropical. El saldo, una destrucción patrimonial escandalosa y un golpe frustrado. La reacción de Lula, su Ejecutivo, los jefes de los tres poderes, el Tribunal Supremo y los 27 gobernadores de los estados no se hizo esperar. Fue unánime y rotunda. Todos han cerrado filas con la democracia. Los radicales han sido detenidos, se enfrentan a penas de cárcel y el lamentable episodio le da a Lula la oportunidad de depurar responsabilidades y hacer rodar las cabezas de algunos políticos y comandantes bolsonaristas golpistas que hasta ahora había tenido que aguantar.  

El tiro salió por la culata.  Según una encuesta realizada la misma noche del día 8, el 90% de la población brasileña condenaba el asalto. Lula saldrá fortalecido social y políticamente y junto a él, el gestor de la crisis, Flavio Dino, el ministro de Justicia y Seguridad Pública, que, con una respuesta rápida, contundente y un discurso muy bien estructurado, se posiciona como uno de los protagonistas del Ejecutivo. Mucho peor lo tiene José Mucio, el conservador y apagado ministro de Defensa, que tendrá que explicar la inacción de las tropas encargadas de proteger el Palacio Presidencial. Y es que no será fácil sanear unas Fuerzas Armadas muy poderosas, nunca democratizadas ni responsabilizadas después de la dictadura militar brasileña y que han pasado por un proceso de intensa politización y radicalización con Bolsonaro. Por cierto, Bolsonaro, sigue en Florida y se enfrenta a 58 procesos judiciales en Brasil. Diputados demócratas ya han pedido su extradición. 

El futuro del exmandatario es incierto y con él el futuro de un bolsonarismo 2.0 a la espera de un nuevo líder. Mis ojos están puestos en el gobernador de São Paulo, Tarcisio de Freitas, un bolsonarista moderado e inteligente que se ha dado cuenta que, si  el legado quiere sobrevivir, hay que desradicalizar y amoldarse a la democracia.  

Esther Solano es profesora de Relaciones Internacionales en la Universidade Federal de São Paulo y  colaboradora del Observatorio de Política, Economía y Seguridad en Iberoamérica (OSEPI) de la Universidad Francisco de Vitoria.
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