The Objective
Las dos orillas

Polarización: cuando la política deja de discutir y empieza a dividir

La democracia, por definición, necesita conflicto, desacuerdo, tensión. Sin eso, lo que queda es silencio y autoritarismo

En este episodio de Las dos orillas, la conversación se mete de lleno en uno de los temas más repetidos —y peor entendidos— del debate público actual: la polarización. No como consigna fácil, sino como fenómeno complejo, donde se cruzan democracia, discurso, tecnología y poder.

La primera idea que ordena toda la discusión es clave: no toda confrontación es polarización. La democracia, por definición, necesita conflicto, desacuerdo, tensión. Sin eso, lo que queda no es consenso, sino silencio, y el silencio suele ser síntoma de autoritarismo. El problema empieza cuando ese conflicto deja de ser político y se vuelve existencial: cuando el adversario pasa a ser enemigo, cuando deja de ser alguien con quien discutir para convertirse en alguien a eliminar, simbólica o literalmente.

Julio Borges lo plantea con claridad: durante años se creyó que la democracia era el punto de llegada, una especie de «tierra prometida» tras la caída del Muro de Berlín. Pero lo que vino después fue otra cosa: la pérdida de un centro político compartido. Ya no hay un ‘nosotros’ básico sobre el cual discutir, sino identidades enfrentadas que se necesitan mutuamente para existir. Y en ese juego, la democracia queda en el medio, cada vez más debilitada.

Desde España, Manuel Burón introduce un matiz interesante: la polarización no siempre es un problema, puede ser incluso una condición de la democracia. El Parlamento británico, el debate público intenso, la confrontación de ideas, todo eso forma parte de una democracia viva. Pero lo que ha cambiado en los últimos años es el plano donde se juega la política: ya no es tanto sobre hechos o propuestas, sino sobre relatos. Los discursos no describen la realidad, la construyen. Y ahí es donde empieza el problema: cuando los políticos no solo discuten, sino que crean bandos artificiales para sostener esa confrontación.

Luz Escobar baja esa discusión a tierra desde la experiencia cubana, y ahí la diferencia se vuelve evidente. En Cuba no hay polarización porque no hay dos lados: hay un aparato estatal contra una ciudadanía fragmentada. Y cuando alguien intenta romper ese esquema, aparece la deshumanización. No es solo desacuerdo, es anulación: «gusano», «mercenario», «enemigo». Es el punto extremo de la polarización, donde ya no se discuten ideas porque uno de los lados deja de ser considerado persona.

El episodio también abre otra veta interesante: el riesgo contrario. No solo el exceso de polarización, sino su ausencia aparente. Cuando la política se vuelve indistinguible, cuando la ciudadanía siente que «todos son iguales», aparece el terreno fértil para liderazgos que prometen ruptura total. Chávez en Venezuela, Bukele en El Salvador, distintos casos donde la falta de diferencias percibidas terminó generando un salto hacia opciones más radicales. La polarización, en ese sentido, también puede ser síntoma de algo previo: agotamiento, frustración, desconexión.

A medida que avanza la conversación, aparece otro actor clave: la tecnología. Las redes sociales, los algoritmos, la segmentación extrema del mensaje político. Ya no se habla a una sociedad, sino a microgrupos emocionales. Y ahí la política deja de buscar consenso o incluso persuasión racional: busca reacción. Como dice Borges, se trata de encontrar «el hígado» de cada persona, el punto donde la emoción desplaza completamente al argumento.

En ese contexto, la idea del «centro político» aparece como una solución necesaria pero incómoda. Nadie quiere ser del centro. Se percibe como tibio, sin fuerza, sin identidad. Pero el episodio insiste en algo distinto: el centro no es un promedio entre extremos, es la capacidad de construir acuerdos mínimos. Una democracia donde no se puede acordar nada —ni siquiera lo básico— deja de ser funcional. Y sin ese suelo común, todo se vuelve disputa permanente.

El cierre deja una sensación ambivalente. Por un lado, la polarización es inevitable en sociedades abiertas, incluso necesaria hasta cierto punto. Por otro, su versión actual —alimentada por discursos estratégicos, tecnología y debilidad institucional— se ha vuelto un riesgo real. El desafío no es eliminar el conflicto, sino devolverle sentido: pasar del grito al argumento, de la identidad cerrada a la discusión abierta.

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