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Contraluz

Florida y el riesgo de una victoria pírrica en Cuba

Forzar la caída del régimen por razones electorales tendrá efectos negativos para Trump como una crisis migratoria

Florida y el riesgo de una victoria pírrica en Cuba

Ilustración de Alejandra Svriz.

Históricamente, la política exterior de Estados Unidos hacia Cuba ha adolecido de una fricción estructural profunda: el choque sistémico entre los imperativos de seguridad nacional y los cálculos electorales domésticos. Las recientes maniobras de la Administración de Donald Trump, orientadas a consolidar el apoyo en el Estado clave de Florida de cara a las elecciones de noviembre, evidencian que la cuestión cubana sigue siendo, en su esencia, un problema de política interna estadounidense más que un desafío geopolítico externo.

El consenso histórico de la comunidad de inteligencia y del establishment diplomático en Washington ha sido claro durante décadas: el escenario óptimo para los intereses estadounidenses no es el colapso abrupto del sistema cubano, sino una transición gradual y controlada. Esta premisa se fundamenta en una realidad incontestable: ante la ausencia de una alternativa de poder interna estructurada, un cambio de régimen forzado o un colapso institucional en la isla generaría un vacío de poder, inestabilidad regional y, lo más crítico para Washington, una crisis migratoria de proporciones inmanejables. Por tanto, el objetivo estratégico real de Estados Unidos siempre ha sido forzar una «victoria táctica» que propicie concesiones y genere un clima de confianza para un cambio paulatino.

Sin embargo, la racionalidad estratégica de Washington se encuentra secuestrada por su propia creación política. Durante décadas, con el objetivo de asegurar el control electoral de Florida, diversas administraciones alimentaron a un sector de la diáspora en Miami con expectativas maximalistas de un cambio de régimen inminente y total.

El resultado es la consolidación de un actor político interno, un monstruo electoral, cuyas demandas de ruptura total son diametralmente opuestas a los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos. La Administración Trump se encuentra hoy atrapada en este laberinto de su propia hechura: necesita proyectar dureza para satisfacer a una base electoral que exige la asfixia total de La Habana, mientras intenta forzar una victoria táctica moderada que no desestabilice el Caribe ni provoque una oleada de refugiados.

En su urgencia por capitalizar un éxito antes de noviembre que opaque reveses en otras latitudes, la Casa Blanca transita por un campo minado. Al proyectar los resultados de esta estrategia, se vislumbran escenarios que apuntan a un desenlace contraproducente para la propia administración Trump:

«Para Miami, cualquier pacto que no implique la caída del régimen será interpretado como una claudicación»

En el primer escenario, si Trump logra su anhelada victoria táctica forzando al Gobierno cubano a ciertas concesiones económicas o liberaciones a cambio de relajar presiones, el establishment de seguridad respirará aliviado. Sin embargo, para la maquinaria política de Miami, cualquier pacto que no implique la caída del régimen será interpretado como una claudicación. En este escenario, la victoria táctica anula el beneficio electoral, alienando a la base que el presidente intentaba movilizar.

Por el contrario, en el segundo escenario, si para complacer a las élites electorales de Florida Trump decide empujar la presión hasta el punto de ruptura, y el sistema cubano colapsa o se desestabiliza gravemente a pocos meses de las elecciones, el resultado será una crisis migratoria masiva en las costas de Florida. Este escenario destruiría la narrativa de control fronterizo del presidente y alienaría al votante moderado estadounidense.

La obsesión por utilizar a Cuba como un instrumento de política interna ha llevado a Washington a un callejón sin salida. Si Donald Trump persigue esta victoria táctica en La Habana con la mirada puesta exclusivamente en las urnas de noviembre, es altamente probable que el resultado se vuelva en su contra. Atrapado entre las exigencias de un electorado radicalizado y la ineludible realidad de su seguridad nacional, cualquier «éxito» forzado en Cuba tiene todas las características de una victoria pírrica: un triunfo táctico cuyo costo político y estratégico terminará siendo devastador para sus propios intereses.

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