The Objective
Las dos orillas

Colombia después de Petro: miedo, violencia y el futuro de América Latina

Iván Cepeda aparece como un heredero más disciplinado, menos impulsivo y posiblemente más ideológico

En este nuevo episodio de Las dos orillas, la conversación se centra en una de las elecciones más importantes que ha vivido Colombia en décadas. No solo porque marcará el final del gobierno de Gustavo Petro, sino porque puede redefinir el rumbo político de toda América Latina. La discusión atraviesa seguridad, violencia, polarización, narcotráfico, populismo y agotamiento institucional. Y, sobre todo, una pregunta de fondo: ¿qué viene después del petrismo?

Desde el inicio queda claro que Colombia está entrando en una etapa distinta. Douglas Castro plantea que estas elecciones no son simplemente una disputa entre izquierda y derecha, sino un plebiscito sobre el modelo político que ha dominado el país en los últimos años. Iván Cepeda aparece como el heredero de Petro, aunque con un estilo mucho más disciplinado, menos impulsivo y posiblemente más ideológico. Del otro lado, Paloma Valencia representa el retorno explícito del uribismo, mientras Abelardo de la Espriella encarna esa nueva derecha latinoamericana antisistema, mediática y disruptiva que intenta presentarse como outsider aunque esté profundamente conectada con las élites tradicionales.

Uno de los puntos más fuertes del episodio es cómo Colombia termina funcionando como un espejo regional. Manuel Burón recuerda que el país lleva décadas atrapado por el problema de la violencia, las guerrillas y el narcotráfico. Desde Uribe hasta Petro, pasando por Santos, Colombia ha oscilado entre modelos de mano dura y procesos de negociación que nunca terminan de resolver el conflicto. Y ahí aparece el gran fracaso que atraviesa toda la conversación: la llamada «paz total».

Julio Borges plantea que el gran problema del petrismo es que prometió pacificar el país y terminó coincidiendo con el regreso de escenas que muchos colombianos creían superadas: masacres, atentados, expansión territorial del ELN y crecimiento del poder criminal. La violencia vuelve a instalarse como tema central de la política colombiana, y eso cambia completamente el clima electoral.

El episodio insiste varias veces en un punto particularmente delicado: el ELN ya no puede entenderse solamente como una guerrilla colombiana. Según explican, hoy funciona prácticamente como una estructura binacional, profundamente conectada con Venezuela y fortalecida por economías ilegales que atraviesan toda la región. Y ahí la discusión deja de ser únicamente colombiana para transformarse en un problema continental.

Luz Escobar introduce otra dimensión interesante: el papel de Cuba en todo este entramado. Recuerda que el régimen cubano ha sido presentado durante años como mediador de los procesos de paz colombianos, mientras evita cualquier tipo de diálogo interno con su propia disidencia. La paradoja, dice, es brutal: se le reconoce como facilitador democrático en el exterior a un sistema que niega libertades básicas dentro de la isla.

A medida que avanza la conversación, aparece una idea inquietante: Colombia está entrando en una lógica política cada vez más dominada por el miedo. La izquierda moviliza el temor al regreso del uribismo, del paramilitarismo y de los falsos positivos. La derecha, en cambio, alerta sobre el avance del autoritarismo, el narcotráfico y el colapso de la seguridad. Ambos bloques terminan construyendo campañas basadas más en el rechazo al adversario que en propuestas de futuro.

El análisis sobre Gustavo Petro es particularmente duro. Los participantes coinciden en que su gestión ha sido caótica, errática y profundamente desgastante institucionalmente. Pero también reconocen algo importante: el petrismo conserva una base social mucho más sólida de lo que muchos analistas fuera de Colombia creen. Ahí surge una de las grandes advertencias del episodio: subestimar el arraigo político y cultural del proyecto de Petro puede ser un error enorme.

En ese sentido, Iván Cepeda aparece como una figura particularmente relevante. Mientras Petro genera escándalos constantes y polariza de forma visceral, Cepeda proyecta una imagen más estructurada, ideológica y silenciosa. Julio Borges incluso lo describe como un dirigente «mucho más peligroso» precisamente porque no genera el ruido permanente que caracteriza a Petro.

También hay espacio para discutir el agotamiento del sistema político colombiano. La aparición de figuras como Abelardo de la Espriella refleja un fenómeno regional: el crecimiento de candidaturas personalistas, mediáticas y construidas desde el rechazo a la política tradicional. Pero el episodio deja dudas sobre la profundidad real de esos liderazgos y sobre su capacidad para gobernar más allá del impacto comunicacional inicial.

El cierre deja una sensación clara: lo que ocurra en Colombia no quedará encerrado dentro de sus fronteras. Si gana el petrismo, América Latina verá consolidarse un nuevo ciclo progresista más ideológico y posiblemente más radicalizado. Si gana la derecha, el continente confirmará el avance de modelos centrados en seguridad, orden y reacción frente al agotamiento de las izquierdas latinoamericanas.

Pero quizás la frase que resume mejor todo el episodio es una que atraviesa la conversación de principio a fin: Colombia ya no está discutiendo solamente quién gobierna, sino qué tipo de país quiere ser después del miedo.

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